El domingo 4 de septiembre escribí en estas mismas páginas que, cualquiera fuese el resultado del plebiscito, Chile iba a ser diferente a partir de ese día. Me atreví a recordar “Easter, 1916”, el poema  de Yeats, y predije que todo habría de cambiar y que una “belleza terrible” nacería. 

Ahora puedo escribir que, por fortuna, algo de eso comienza a suceder. El Congreso ha reasumido sus funciones y tal parece que la política vuelve a estar al mando de los asuntos públicos, dejando atrás la hegemonía que por un período quizás demasiado largo ejerció sobre esos parlamentarios lo que terminó por llamarse “la voz de la calle”. Aunque lo más importante, en mi opinión, es lo que comienza a ocurrir con el sistema de partidos. Porque hace dos días se inició la creación del partido de los Amarillos, esto es, el partido que permitirá la agrupación de la gente de centro en nuestro país. Esa gente que quedó huérfana de orientación y domicilio político debido a la polarización que experimentó la sociedad y la política chilena durante los últimos años, cuando pareció que las chilenas y chilenos sólo podíamos reconocernos en los extremos del arco político.

La crisis social y política que vivimos durante los últimos años tuvo su origen en la disolución de la unidad entre la Democracia Cristiana y otros partidos de centro, de una parte, y el Partido Socialista y otros partidos que se reclaman del socialismo democrático, por otra. Un encuentro virtuoso que los llevó a conducir, juntos, la política de cambios “en la medida de lo posible” que permitió el tránsito desde la dictadura a una democracia que fue adquiriendo con el tiempo mayor plenitud y que llevó también a los treinta años de mayor crecimiento económico, de mayor bienestar social y de mayor amplitud cultural que el país ha conocido en toda su historia. 

Esa unidad entre los partidos de centro y de izquierda significó asumir, con inteligencia, nuestra realidad política. Desde hace más de medio siglo las fuerzas políticas conservadoras (la derecha) y las fuerzas políticas que pugnan por el cambio (la izquierda) se han visto moduladas por un centro social y político que ha demandado, y muchas veces impuesto, el cambio al conservadurismo y ha moderado y llevado al realismo a las fuerzas políticas revolucionarias. Nunca ha sido una simple bisagra entre una izquierda y una derecha que, por sí solas, no podrían gobernar o se verían condenadas a gobiernos impotentes -como demostraron los segundos gobiernos de Bachelet y Piñera-, sino que ha mostrado ser el verdadero gestor de la estabilidad, promoviendo siempre políticas progresistas. Es, en suma, un centro reformista.

Nunca ha sido inferior a un 20 por ciento del electorado. En la segunda mitad del siglo pasado forzó a la derecha a apoyar la elección presidencial de Eduardo Frei Montalva y su programa de cambios necesarios, pero moderados en comparación a lo que exigía la izquierda, y no le dio a Salvador Allende la mayoría parlamentaria que le habría permitido llevar a la práctica las transformaciones radicales que a su vez prometía su programa. En 1988 permitió el 56% de las preferencias que, en el plebiscito de ese año, dijo NO al intento de Pinochet de extender su mandato y fue también el que permitió las elecciones de Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz Tagle en primera vuelta en 1989 y 1993 y que se restó en esas mismas primeras vueltas cuando los candidatos de la misma coalición, la Concertación de Partidos por la Democracia, fueron Ricardo Lagos y Michel Bachelet, aunque les entregó su apoyo en segunda vuelta una vez que moderaron sus programas y su lenguaje. Fue también el que dio la espalda a esa misma coalición cuando esta no fue capaz de mantener la coherencia reformadora que había mostrado en sus inicios y permitió la elección de un representante de la derecha que había hecho suyo ese espíritu de moderación. Fue ese mismo centro el que permitió que la votación del ahora presidente Boric se elevara hasta el 55% que obtuvo en la segunda vuelta electoral, desde el 25% que obtuvo en la primera vuelta (la votación de la izquierda “pura”) o desde el 36 o 38% que habría obtenido en la segunda vuelta si sólo lo hubiese apoyado adicionalmente lo que ahora se conoce como “izquierda democrática”. Y lo apoyó porque la alternativa era elegir a un candidato de extrema derecha, totalmente ajeno al comportamiento que la derecha había observado desde la recuperación de la democracia y, también, porque el candidato Boric moderó su lenguaje y su programa al grado de asimilarse a lo que habían sido los programas de la Concertación de Partidos por la Democracia. Y fue finalmente el centro el que llevó la votación del Rechazo desde el 45% que la derecha obtuvo en esa elección presidencial, al 62% que obtuvo esa opción en el reciente plebiscito.

Y, sí, fue ese centro el que dejó de tener partidos que lo representara cuando los otrora partidos de la Concertación de Partidos por la Democracia derivaron hacia una política que ya no se planteaba “lo posible” sino que, a decir de un entonces senador, “lo necesario”. En ese momento no sólo rompieron su unidad, sino que comenzaron una insensata carrera entre ellos tras la meta de mostrarse más izquierdistas que aquellos jóvenes, sabiamente digitados por el Partido Comunista, que los amenazaban desde ese flanco. Así, terminaron arrinconados en la izquierda, lo que sólo sirvió para fortalecer, en el otro extremo del arco, a su contrario, una extrema derecha que hasta hoy mantiene su vigencia y extiende su sombra incluso sobre los sectores más moderados de ese sector político.

Fue el momento de la polarización, aquel en que el centro pareció convertirse en mero espectador de una contienda política en la que las únicas voces que se oían eran las de los extremos. Y habría seguido ocurriendo de no ser porque, ante la inmensidad de lo que estaba por suceder, comenzaron a alzarse otras voces para decir desde una posición de centro progresista que el texto constitucional propuesto debía ser rechazado. Naturalmente fueron denostados desde el otro extremo, acusados de “tontos útiles” y “amarillos”. Terminaron por adoptar el insulto como signo de identidad y su actitud provocó una ola de adhesiones de esa ciudadanía centrista y reformista. Su ejemplo fue seguido luego por otras agrupaciones que terminaron uniéndose en la llamada “Centro izquierda por el Rechazo”.

Ahora “Amarillos” ha decidido transformarse en partido político como única forma de mantener a ese centro progresista en el diálogo político que se inicia. Habría sido deseable que esas otras agrupaciones que también dieron voz al centro durante la campaña por el Rechazo hubiesen sido parte de ese proceso, algo que no ocurrió, pero que podría ocurrir en el futuro. Es de cruzar los dedos porque así suceda, para terminar de devolver a la política chilena la estabilidad perdida.  

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