Laura y el lento declive de todo… 

A pesar de la paz y la prosperidad existentes en el mundo, Chile no ha logrado sacar partido de los buenos tiempos globales. Al desviar dinero hacia proyectos populistas, el gobierno ha permitido que se deterioren muchos servicios sociales básicos como el transporte, las pensiones y la protección policial, con resultados fáciles de prever. Muchos chilenos talentosos han emigrado, o lo están considerando seriamente, a pesar de los intentos del gobierno por detenerlos. Laura, una mujer de mediana edad que trabaja como gerente en una empresa donde las cosas van empeorando año a año, reflexiona sobre el impacto de estos cambios en su vida y en su familia. 

Acosada por las preocupaciones 

Lunes, 5:30 am. Otra mañana de invierno, con neblina y en la oscuridad previa al amanecer. Laura, junto a una docena de otros madrugadores, espera el autobús que los llevará al centro de la ciudad. Encuentra que estos largos viajes, dos veces al día, son monótonos e incómodos, pero al menos le dan mucho tiempo para reflexionar sobre su vida y su carrera, temas que la preocupan mucho por estos días… 

A sus cincuenta y algos años, Laura pasa por un período difícil en su familia, con sus dos hijos adultos cada vez más alejados de sus padres y con su esposo, Daniel, lidiando dificultosamente con el desempleo por primera vez en su vida. También en su trabajo, Laura experimenta un alto grado de inestabilidad, como nunca antes. La cadena de grandes almacenes en la que se desempeña como gerente de finanzas está en un estado financiero muy frágil y ella está convencida de que pronto también perderá su trabajo. ¿Y entonces qué? Los servicios sociales y los subsidios al desempleo se han degradado mucho en los últimos años. Sería un desastre. 

Agotada por todas estas preocupaciones, Laura se ha sentido abrumada por una sensación de desesperanza, muy lejana al alegre optimismo que ella siempre irradió en el pasado. Daniel, su marido, solía bromear con ella diciéndole que el optimismo se confundía fácilmente con la ingenuidad. Hace diez años se hubiera reído de estos comentarios como si fueran una broma inofensiva, pero ya no. 

El autobús llega con veinte minutos de retraso, como de costumbre, y está repleto (solo hay espacio para pasajeros de pie), por lo que decide esperar al siguiente. Pasan otros quince minutos y llega un segundo autobús, no tan lleno como el primero. Laura no tiene corazón para una experiencia tan agotadora al comienzo del día, por lo que se convence de que el próximo autobús estará más vacío y deja que este también pase de largo. Afortunadamente, el siguiente autobús está medio vacío y Laura se acomoda en un asiento junto a la ventana, un verdadero lujo para el viaje de 90 minutos al centro. 

Un final inesperado para la brillante promesa del litio chileno 

Sus pensamientos se vuelcan hacia su esposo, sin trabajo desde hace más de tres años. El desempleo ha sido un cáncer intelectual y económico para su marido, pero ella no puede evitar pensar que él, irresponsablemente, se lo buscó. Su puesto académico en la universidad, donde enseñaba en los departamentos de química e ingeniería de minas, era seguro, bien remunerado e incluso prestigioso, a su manera. Pero hace cinco años, Daniel se había dejado seducir por la gran promesa de la industria chilena del litio que, según él, iba a impulsar al país a la cima de la minería mundial. Un milagro no visto desde la revolución salitrera del país en el Siglo 19. Y, por supuesto, impulsaría al propio Daniel a un alto cargo ejecutivo, con un salario enorme… ¿Quién era el ingenuo ahora? pensó, pero se lo guardó para sí misma.

Laura solo vio riesgos en este cambio de trabajo y, cuando comparó la situación de Daniel con la de sus antiguos compañeros de trabajo, apenas pudo contener su frustración. Al igual que sus amigos que trabajaban en la administración pública, todos los excolegas de Daniel disfrutaban no solo de seguridad laboral, sino que también continuaron recibiendo ajustes salariales regulares indexados a la alta inflación del país. Estaban protegidos de la mayoría de los problemas económicos que sufría Chile: sus niveles de deuda pública por las nubes, el desempleo insostenible y la inflación. En algún momento, incluso los empleados estatales verían recortados algunos de sus beneficios, ¿cierto? 

Para Daniel, sin embargo, el final del sueño llegó abruptamente. ¿Quién podría haber anticipado que un científico en Corea del Sur finalmente perfeccionaría la tecnología para producir una batería eficiente, basada en el intercambio de iones de zinc? Con las ventajas del zinc de ser ligero y denso en energía, abundante en muchos lugares del mundo, más barato que el litio y más respetuoso con el medio ambiente, rápidamente se hizo evidente que las baterías a base de zinc serían más baratas de producir y más fáciles de reciclar. Aparentemente de la noche a la mañana, el castillo de naipes que el gobierno chileno había construido sobre el litio se derrumbó. 

Daniel fue ignominiosamente «despedido». Dijo adiós a su sueño de convertirse en uno de los principales responsables de la toma de decisiones en la industria del litio. Con la pérdida de su trabajo, Laura también se despidió de su anhelado acceso a un nivel de ingresos más alto para la familia y a la seguridad que esto les brindaría a todos. 

Entonces, ella quedó como el único sostén económico de la familia. Llevaba casi tres décadas trabajando en la misma empresa, desde que se graduó de ingeniera comercial en una ya extinta universidad privada. Era un trabajo poco emocionante, pero le gustaba de todos modos, y hasta hace poco se sentía segura. Pero ahora, la situación le estaba causando grandes preocupaciones. 

Juventud ociosa 

De repente, el autobús se desvió para evitar a un grupo de ciclistas, con la bocina sonando a todo volumen, sobresaltando a los pasajeros dormidos. Cuasi accidentes como este se estaban convirtiendo en algo cotidiano, ya que grandes pandillas de jóvenes en bicicleta habían comenzado un juego en el que intentaban provocar a los conductores de autobuses invadiendo los carriles exclusivos para transporte público, obligando de esta manera a los autobuses a reducir la velocidad a una velocidad mínima, irrisoria. Supuestamente, su objetivo era demostrar algún tipo de «superioridad moral» al elegir la energía muscular verde sobre los sucios combustibles fósiles. Sin embargo, la mayoría de la gente asumió que su comportamiento tenía más relación con que estos jóvenes, sin trabajo y con mucho tiempo libre, ni siquiera estaban en condiciones de pagar un pasaje de autobús y descargaban su resentimiento y agresión en aquellos que sí podían. Laura sintió lástima por ellos, niños infelices que no encontraban trabajo y que no tenían nada mejor que arriesgarse a desafiar a autobuses de 15 toneladas, a las seis de la mañana. Los accidentes eran una parte inevitable de este juego, pero ¿qué se podía hacer para detenerlos? Aquí, lejos del centro de la ciudad, nunca hubo presencia policial… 

Estos tristes jóvenes le recordaron a sus propios hijos, Danielito y Laurita, ambos con los mismos nombres de sus padres, siguiendo una tradición familiar. A sus veintitantos años, estaban comenzando su vida adulta, pero sin mucha alegría. Laurita, la mayor de las dos, se había graduado hacía tres años de una universidad estatal que, bajo la nueva política chilena de «universidad gratuita para todos», había aumentado su matrícula en más de un 700% en la última década. ¡Qué cambio con respecto a los días universitarios de Laura! En ese entonces, ella había tenido que dar las pruebas de admisión tres veces hasta que, finalmente, su puntaje -no muy sobresaliente- le permitió ingresar a una universidad privada y finalmente graduarse en clases nocturnas como Ingeniera Comercial. 

Gracias a este logro, Laura había sido la primera profesional de su familia y consiguió un trabajo infinitamente mejor que el que podrían haber tenido sus padres, sin ningún título profesional. Pero una generación más tarde, cuando su hija Laurita cumplió 18 años, ingresó a la universidad sin ningún obstáculo de admisión: ella simplemente se registró. Daniel y Laura encontraron en su momento que era un «progreso» importante y ambos creían que esto significaba que el futuro de Laurita ahora estaba garantizado. 

«No seas tan optimista, Laura, ya nadie tiene esa garantía», fue la respuesta de Hugo, uno de los sobrinos de Laura. Hugo se había graduado con honores en bioquímica de la mejor universidad del país, pero solo había encontrado un trabajo de medio tiempo como representante de ventas de una compañía farmacéutica y, además, hacía algo de docencia a tiempo parcial. Pasaron cinco años sin que aparecieran oportunidades más interesantes, por lo que Hugo decidió dejar el país para buscar un futuro mejor en los Estados Unidos. Hace dos semanas, Laura y Daniel habían ido a despedirlo al aeropuerto. La idea era odiosa, pero tenía que preguntarse si posiblemente la emigración también podía ser una solución para su familia. 

Salir del país: ¿una opción? 

Hay tantas razones para salir del país, pensó Laura. Los comentaristas de la televisión dijeron que las personas que se iban de Chile por motivos económicos eran simplemente traidores a la patria. Le debían su futuro a Chile, decían. El argumento era que educar a la gente no es gratis. No era «justo» que el país, que había pagado por su educación durante tantos años, no recibiera nada a cambio. Las personas no solo estaban legalmente, sino moralmente, obligadas a devolver los pagos de impuestos sobre los ingresos que ganaban, precisamente porque el país les había dado una educación. Anoche, en uno de los programas de entrevistas en televisión, Laura siguió una acalorada discusión en la que un representante del gobierno dijo que estaban evaluando la posibilidad de cerrar las fronteras a la emigración y hacer que sea ilegal que cualquier persona menor de 30 años se vaya de forma permanente, a menos que paguen por anticipado todos sus costos de educación. Incluso para viajar al extranjero, los chilenos necesitarían pronto una visa de salida. 

Otro invitado al programa encontró esta idea repulsiva. «¿Cómo es posible que no se les permita irse?» dijo. «Es nuestro deber moral dar a nuestros conciudadanos la oportunidad de tener éxito, y eso significa seguir la oportunidad dondequiera que los lleve. Puede que a Chile no le esté yendo bien en este momento, pero el resto del mundo disfruta de una gran estabilidad económica y crecimiento. Entonces, ¿por qué no dejarlos ir y tener éxito? Tal vez regresen, y si es así, el país finalmente se beneficiará. Les daríamos la bienvenida con los brazos abiertos». La audiencia del estudio abucheó esta idea.

En verdad, al resto del mundo le estaba yendo muy bien en comparación con Chile. Los pactos políticos de 2023 permitieron poner fin a la guerra en Europa del Este y, poco después, Estados Unidos y China negociaron sus respectivas zonas de influencia. Fue una pena lo que le sucedió a Taiwán, pero ese fue simplemente el precio a pagar por la estabilidad global. El resultado no fue solo paz en el mundo sino estabilidad económica para prácticamente todos, comparable al auge que siguió a la caída del Muro de Berlín. ¿No debía Chile permitir que su juventud se aprovechara de esto, aunque tuviera que irse a otro lugar por un tiempo para ganarse la vida? 

Para Laura, esta conversación fue fascinante. Lo que lamentó fue que la transmisión de anoche fuera la última edición de ese programa de entrevistas, a pesar de que era uno de los más populares del país. Como le había explicado Daniel, bajo las disposiciones de la nueva ley de medios era completamente apropiado restringir las opiniones que «desinformaban» a la población. 

Danielito sufre una transformación preocupante 

El autobús dio otro giro brusco, sacando a Laura de sus pensamientos. Por la ventana, vio una vez más una gran caravana de ciclistas que rodeaban el autobús, algunos de ellos burlándose del conductor con gestos vulgares. Pensó en su hijo Danielito, no mucho mayor que estos jóvenes y rezó para que, a pesar de sus problemas actuales, nunca se hundiera tanto.

Danielito tenía una gran ambición: de joven soñaba con estudiar medicina y convertirse en el descubridor de la cura para el cáncer. Como era un estudiante mediocre, su salvación fue la nueva política chilena de ingreso a la universidad, sin exámenes de calificación. Se matriculó en la misma universidad en la que había estudiado su primo Hugo, ingresando a la Facultad de Medicina sin dar ningún examen. El primer paso en el sueño de Danielito parecía hacerse realidad, sintió una abrumadora sensación de gratitud y afinidad con los sabios y generosos líderes del país. 

Una vez dentro, sin embargo, todo fue diferente. Tanto los profesores como los estudiantes sabían que nunca sería posible capacitar a cuatro mil futuros médicos cada año, por lo que la universidad estaba obligada a eliminar a los estudiantes menos calificados en los primeros tres semestres, para alcanzar un objetivo más realista de unos cuatrocientos estudiantes, que era el número adecuado para garantizar una promoción anual de 60 a 80 médicos. Esto significaba que más del noventa por ciento de los nuevos estudiantes de medicina fracasarían en sus estudios. Danielito entró en pánico después de los resultados de sus exámenes de primer año: reprobó todos los ramos. Se prometió a sí mismo y a su familia que trabajaría duro, que tendría éxito en el tercer semestre y que terminaría por un buen camino. ¡Todo estaría bien! 

Pero en el primer semestre del segundo año, falló en esta última oportunidad. Luego comenzó a hacerse evidente una transformación interior, un cambio aterrador desde un joven alegre, pleno de esperanza y cercano a su familia y amigos, a un activista hosco lleno de amargura y resentimiento, culpando al «sistema» por su fracaso. No mucho después, comenzó a seguir la línea de los líderes extremistas, renegados que llamaban a «quemarlo todo», vociferando que Chile necesitaba comenzar de nuevo, desde cero.

A menudo, Danielito no regresaba a casa por la noche y Laura se preocupaba mucho por él, preguntándose dónde estaba y con quién pasaba el tiempo. Apenas unas semanas antes, Laurita le había dicho que Danielito tenía un arma escondida en su habitación. Laura se sorprendió mucho al escuchar esto, pero le prometió a su hija que no confrontaría a Danielito. Esto era algo que su padre debía hacer, pero con la creciente depresión de su esposo, no estaba segura de que él pudiera intervenir productivamente en la pérdida de rumbo emocional y psíquico de Danielito. Sabía que no podía hacerlo sola, no solo por la promesa que le había hecho a Laurita, sino porque hacía tiempo que había perdido la capacidad de comunicarse con su hijo. Las cosas en la vida de Danielito iban mal, muy mal. Cada indicador apuntaba en la dirección equivocada. 

La escena del centro 

El autobús finalmente llegó a su destino y Laura se bajó junto con los otros pasajeros. Su oficina estaba a unas seis cuadras de la parada del bus, una pequeña caminata por las calles del centro de la capital. Santiago había cambiado mucho en estos últimos diez años. La mayoría de las empresas más grandes del país habían tenido aquí sus oficinas centrales, pero el generalizado deterioro urbano y la criminalidad llevaron a muchas de ellas a mudarse fuera del centro de la ciudad. Donde solían estar las grandes y prestigiosas tiendas minoristas y las bulliciosas sucursales bancarias, ahora se vendían baratijas, artículos robados e incluso drogas, todo bajo la atenta mirada de bandas criminales organizadas. A pesar de las constantes declaraciones de las autoridades de que estas actividades no serían aceptadas, las pandillas controlaban todo el sector y, claramente, eran toleradas. 

Además de estos dudosos «negocios», las calles también estaban plagadas de manifestaciones y marchas de protesta contra las autoridades, con encuentros violentos entre los manifestantes y la policía casi todos los días, generalmente por la noche, cuando a ella le tocaba caminar de regreso al autobús para volver a casa. Laura hizo todo lo posible por esquivar las áreas más peligrosas, mientras caminaba con destino a su oficina, pero era difícil evitarlas. Pequeños grupos de fuerzas policiales fuertemente armadas también estaban presentes en las calles la mayoría de los días, lo que la hacía sentir consuelo y miedo, al mismo tiempo.

¿Cuánto tiempo pasará, pensó Laura, antes de que su empleador decida irse también de Santiago, o peor aún, cerrar la empresa? Como gerente de Finanzas, estaba muy consciente de las crecientes dificultades para mantener vivo el negocio. Normalmente vendían una amplia gama de productos importados, provenientes de variados proveedores extranjeros. Cada vez era más difícil obtener las divisas necesarias para pagar las importaciones. Su red de proveedores, que ella hábilmente había desarrollado durante sus primeros años en el cargo, representaba una proporción estable de cerca del 40% de la operación anual de la empresa. Pero ahora se negaban a venderles ante la imposibilidad de recibir a tiempo los pagos por sus productos. Pero ¿qué podía hacer Laura al respecto? Los nuevos administradores del Banco Central eran cada vez más restrictivos en el acceso a las divisas, privilegiando a empresas que tenían una «estrecha relación de trabajo» con el gobierno, ingresándolas primero en la lista y otorgándoles cuotas más grandes. Estaba perdiendo el control del negocio, no por su incompetencia, negligencia o malas decisiones, sino porque el acceso a divisas requería favores políticos que su empresa no podía conseguir. 

Sin embargo, cuando Laura pensaba en la situación más profundamente, no podía entender a qué se debía tanta escasez de divisas. Aparte del litio, que había colapsado, las materias primas que producía el país seguían disfrutando de una fuerte demanda en la economía mundial. Durante la década anterior, Chile se había vinculado cada vez más a las economías de China y EE.UU., y ambos países compraban casi todo lo que Chile podía ofrecer. En teoría, la economía debería estar en auge. Es cierto que los niveles de producción habían sufrido un poco por las nuevas regulaciones que sofocaban la inversión, pero en general, la extracción de materias primas producía un flujo constante de ingresos en moneda extranjera. Quizás tenía razón la gente que argumentaba que todo lo que el país recibía se destinaba a pagar los intereses de la enorme deuda pública que había acumulado el país, como consecuencia de múltiples programas sociales (entonces todos mal administrados) y por las transferencias directas de grandes cantidades de dinero a decenas de grupos de interés privilegiados. Pero ¿era real que los simples pagos de intereses pudieran costar tanto? Eso no puede ser posible, pensó. 

La mayoría de los economistas locales planteaban que gran parte de la economía de Chile pasaba por canales informales para evadir los cada vez más altos impuestos en el país, y que la base impositiva nacional también se veía socavada por niveles demasiado altos de robo y contrabando. El gobierno había anunciado su intención de reformar el sistema de seguridad social, pero no se dieron a conocer los detalles, lo que inquietó a muchas personas, creyendo que significaba que los fondos eran insuficientes para pagar las pensiones y que estas serían recortadas. Subrayando este temor, hubo otro anuncio reciente de que el gobierno tenía la intención de entablar nuevas negociaciones con el FMI, aparentemente para pedir más dinero prestado para asegurarse de que estos beneficios sociales siguieran siendo viables. El anuncio se hizo como si fuera una especie de logro por derecho propio. Pero Laura, como profesional de finanzas, sabía que «arreglar» los problemas económicos de Chile de esta manera probablemente solo significaría problemas mayores en el futuro. La situación a corto plazo podría mejorar, pero ¿a qué precio de largo plazo? ¿No hace el FMI siempre la vida más difícil para la gente de un país? 

¡Derechos del consumidor! 

Laura llegó a su oficina 30 minutos antes de la hora de apertura de las tiendas, pero ya se habían formado las habituales colas de espera de los clientes. Habían descubierto hace aproximadamente un año que, para evitar conflictos, era una buena idea separar a los clientes en dos filas. La primera línea era para aquellos que eran clientes reales, personas que venían a comprar algo, que necesitaban ser atendidos por vendedores en la tienda. Sin embargo, era triste ver cómo cada día más de la mitad de estos clientes, aunque llegaban de madrugada, seguían sin encontrar los productos que buscaban y se iban con las manos vacías. 

La segunda fila se había trasladado a la entrada trasera del edificio. Esta cola era para las personas que venían a presentar un reclamo para reembolso. Estas quejas no tenían nada que ver con defectos del producto, pues la calidad de la tienda se mantenía tan alta como siempre. Pero las nuevas leyes de «derechos humanos del consumidor» permitieron a cualquier cliente presentar un reclamo por cualquier motivo, incluidos los basados en razones emocionales subjetivas, como cuando un producto le provocaba a alguien recuerdos incómodos, de haber sido maltratado o faltado al respeto. A las empresas se les prohibió usar casi todos los mecanismos para refutar estos reclamos de reembolso.

Se había convertido en una forma de vida para muchas personas el consumo gratis. Iban a una tienda y compraban un producto, lo usaban por un tiempo, encontraban algo «incorrecto», luego presentaban una queja y el vendedor estaba obligado a devolverles su dinero, en efectivo, en persona, sin hacer preguntas. A la tienda de Laura le había funcionado por un tiempo cerrar el sitio web y así hacer más difícil la presentación de reclamos, pero el Departamento de Protección al Consumidor intervino y los obligó a asegurar el acceso a los formularios de reclamo o enfrentar una multa muy alta. Cumplieron una vez más, por supuesto. Nunca deberían haber intentado esto en primer lugar. Era fácil entender por qué valía la pena levantarse y llegar de madrugada, hacer la fila y recibir los reembolsos. 

El sabor de la desesperación… 

Antes de llegar a su escritorio, Laura se sirvió su habitual taza de café matutino. No estaba preparado con granos de café-café, ya que el cambio climático había llevado el precio del café a un nivel que su empresa no estaba dispuesta a pagar. El sucedáneo de cereales tostados tenía casi el mismo sabor que el original (además, su paladar prácticamente había olvidado a qué sabía el café de verdad). Al mirar el informe de los flujos de caja que le entregaron vio que, como había esperado desde hacía varios meses, ahora sí era urgente llamar a los abogados de la empresa para abordar una reestructuración legal de los pasivos. Debía buscar algún esquema de protección legal mientras renegociaba con los acreedores. Necesitaba darle un poco más de tiempo y de aire al negocio para poder seguir operando hasta que “cambiaran los vientos” y las perspectivas del negocio…

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