Hace unos días, un amigo me contaba que de joven había sufrido una lesión que terminó con su prometedora carrera futbolística. Era un dolor y una frustración que lo habían acompañado por 20 años, hasta que nació su hijo. Solo entonces, me dijo, pudo cerrar esa herida.
No es la primera vez que escucho historias similares. Varios amigos me han confesado que sus vidas cambiaron radicalmente con el nacimiento de sus hijos. No es igual con el matrimonio —que también los transforma—, sino de un modo más profundo e irreversible. Participar de la creación de un nuevo ser remueve las fibras más profundas de la persona.
¿Por qué impacta así? Creo que hay al menos dos razones.
La primera tiene que ver con el amor: el instante en que un varón ve a su hijo nacer algo en él se reordena sin que lo haya planificado. Es una experiencia de intimidad imposible de encontrar en otro momento: procrear es un acontecimiento que te involucra entero, que te interpela desde adentro.
La segunda razón es más específica e incómoda de enunciar. Hay algo que solo los varones pueden hacer: ser padres. Pueden discutirse muchas diferencias entre hombres y mujeres, es posible borrar o relativizar categorías de género o sexo con mayor o menor éxito; pero es difícil —por no decir imposible— negar que la figura del padre es exclusivamente masculina. Las mujeres son madres y los varones son padres. Hay algo en esa realidad que no se disuelve por decreto ni por discurso. Muchas mujeres que crían solas a los hijos se sienten en la necesidad de decir que son “mamá y papá” al mismo tiempo ante la realidad de una ausencia que les es muy difícil de cubrir. La paternidad es una de las únicas relaciones en las que el varón es insustituible.
Hay un concepto que circula en la cultura popular: la masculinidad frágil. Se la usa, generalmente, para señalar a aquellos varones que no toleran la ambigüedad en cuestiones de género, que se incomodan si alguien cuestiona sus preferencias o sus roles. El varón que solo ve fútbol, que no usa el color rosado, que insiste en ser él quien arregla cosas en la casa: ese sería el caso paradigmático de la masculinidad frágil, el que necesita afirmarse constantemente ante el estereotipo.
Pero quiero proponer un reencuadre del término. Si hay algo que hace verdaderamente frágil la masculinidad, no es que prefiera el fútbol a la gimnasia artística, sino que huya de la paternidad. Las cifras de natalidad nos presentan una realidad desoladora frente a la cual el clima cultural no facilita el salto hacia la paternidad y la maternidad: 0.99 hijos por mujer. Chile atraviesa una crisis en las familias –como muchos otros países– que puede redundar en un serio problema demográfico.
Hoy la huida a la paternidad no es la excepción a la regla. Hay un miedo al cambio radical que esa experiencia implica, a esa responsabilidad que no se puede delegar, al amor incondicional. No hace falta romantizar la paternidad ni ignorar sus dificultades reales –que son muchas– para advertir que algo se pierde cuando una sociedad entera le teme a tener hijos. La pérdida no es solo demográfica ni estadística. También se pierde una experiencia humana que impacta en la cualidad y la calidad misma de nuestra comunidad.
Por supuesto que necesitamos políticas públicas que colaboren en la modificación de las condiciones sociales y materiales para hacer posibles las familias. Pero sobre todo necesitamos hombres y mujeres que se animen a dar el paso. No por cumplir un mandato cultural, sino porque el riesgo de amar en la medida que los hijos exigen es también la posibilidad de una vida más plena. Y eso, en un mundo que tiende a administrar los afectos con calculadora en mano, no es poca cosa. A propósito del festejo del día del padre, es necesario honrar a todos los padres que se han lanzado a la aventura del amor incondicional y sostienen con esfuerzo a sus familias.

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