Lanzamiento del libro Diego Portales y la tradición política portaliana, en la USS. Credit: USS

La tesis del autor de Diego Portales y la tradición política portaliana (Gonzalo Arenas Hödar. Universidad San Sebastián, Centro de Estudios Bicentenario, Santiago, 2023) es que la estabilidad o excepcionalidad chilena provienen principalmente de “la temprana concreción en Chile de una tradición de tipo republicano, que se plasmó en lo que hemos denominado Tradición Política Portaliana” (p. 337).

A partir de la definición de tradición de Alasdair MacIntyre, entendida como “un argumento que se extiende a través del tiempo”, y de Mario Góngora, como “el acervo de narraciones, de ideas, de sentimientos, de actitudes, cargadas de valor, que reposan en un consenso colectivo y que determinan creencias, pensamientos, sensibilidades, de un pueblo o de una cultura entera”, el autor define la Tradición Política Portaliana -así, con mayúscula- “como el conjunto de ideas, sentimientos y prácticas que se extienden, por un grupo determinado, como las más adecuadas al alma nacional para mantener y conservar el orden y la estabilidad de la república, requisito básico y garantía de toda posibilidad de progreso de la nación y al que se suele volver la mirada en los periodos de crisis institucional” (p. 338).

Arenas escapa del consabido dilema de “mito o realidad” en torno a Portales -uno de los personajes, si no el personaje más controvertido de la historia política chilena- y ubica su obra y su legado como “lugar de memoria” (p. 335), dando lugar a una tradición política que “es mucho más que el hombre que la encarnó” (p. 348).

Puede decirse que el autor, que intenta “un análisis sin falsas idealizaciones” (p. 29), cumple ampliamente con su cometido, pasando revista a las principales referencias a Portales tanto en la abundante historiografía chilena como entre los principales actores políticos, ya se trate de seguidores o de detractores, en los siglos XIX y XX.

La vida de Portales, que transcurrió entre el comercio y la política, entre la vida pública y privada, fue el intento por establecer un orden político, un “estado en forma” -siguiendo el concepto de Spengler, recogido entre nosotros por Alberto Edwards-, que superase la “anarquía” de 1823 a 1830 y que constituyese una excepción frente al desolador panorama de América del Sur en la primera mitad del siglo XIX; lo anterior, hasta su asesinato en 1837.

Lo que nace a partir de esa fecha es una “memoria colectiva” y una tradición política -entendida como “construcción interpretativa” (p. 85)- que se irá forjando y enriqueciendo a lo largo del siglo XIX y, muy especialmente, desde comienzos del siglo XX a partir de las interpretaciones de Alberto Edwards y Francisco Antonio Encina. Será la “escuela conservadora” (Jaime Eyzaguirre, Mario Góngora, y Gonzalo Vial, y otros) la que logrará el mayor desarrollo de la Tradición Política Portaliana, aunque, paradójicamente, es nada menos que uno de los más afamados exponentes del liberalismo del siglo XIX, Benjamín Vicuña Mackenna, quien clavará la pica en Flandes al referirse a Portales como “genio” y “coloso de la historia” (p. 90).

Tras la disolución del peluconismo en la década de 1850, ambos bandos, el del Partido Nacional o “montt-varismo” y el Partido Conservador reclamarán para sí ser los legítimos herederos del orden portaliano. Incluso los más liberales entre los liberales, como los presidentes Domingo Santa María y José Manuel Balmaceda, no escatimarán elogios a Portales.

Con José Victorino Lastarria se inicia la arremetida contra Portales, en una larga sucesión de autores, historiadores y políticos, hasta desembocar, hacia fines de la dictadura de Pinochet (1973-1990) y en la primera década tras la recuperación de la democracia, en lo que Arenas denomina el “revisionismo histórico” en torno a Portales, incluyendo a Sergio Villalobos, Cristián Gazmuri, Sofía Correa, Alfredo Jocelyn-Holt y Gabriel Salazar, entre otros.

Es interesante constatar, como señala el autor, que las ansias de reforma, desde el cambio de siglo y el debate sobre el centenario, en medio de la “cuestión social” y la irrupción de las clases medias y un incipiente proletariado industrial, como reacción al predominio oligárquico bajo la llamada “República Parlamentaria” (1891-1920), se vuelcan una vez más hacia el orden portaliano, entendido este último en términos de un “ejecutivo fuerte” que sea capaz de restaurar el “principio de autoridad”, hasta desembocar en el presidencialismo -pura cepa portaliana- de la Constitución de 1925.

Los caudillos (Alessandri e Ibáñez) de los años 20 y 30 y el “reformismo mesocrático” (Cristián Gazmuri) de las décadas que siguieron bajo la vigencia de la nueva Constitución, estarán salpicados de acordes portalianos, incluyendo el nacismo, el populismo ibañista, el nacionalismo en sus distintas tonalidades (desde González Von Marées hasta Joaquín Larraín García Moreno y Sergio Onofre Jarpa), alguna que otra referencia entre liberales y conservadores -aunque la derecha tradicional cederá el espacio en forma creciente a la derecha económica- y las mas variadas expresiones contenidas en la revista Lircay (Radomiro Tomic y Mario Góngora), la Juventud Conservadora (Eduardo Frei e Ignacio Palma), la revista Estanquero (Jorge Prat Echaurren) y Portada (Gonzalo Vial), entre otras, como para reafirmar una Tradición Política Portaliana que coexiste con otras tradiciones, pero que encuentra una notable continuidad en los siglos XIX y XX.

Y es así como llegamos al capítulo IX (pp. 291-335), que tal vez sea el más débil de todos, no tanto por las carencias del autor, sino por el intento -vano, artificial, contradictorio- de la dictadura de Pinochet y sus intelectuales orgánicos y no tan orgánicos, en medio de declaraciones y recursos simbólicos (desde la impresión de billetes hasta el edificio Diego Portales) de reclamar para sí el legado de Portales.

Y es que la dictadura de Pinochet -el autor, ex diputado de la UDI entre 2006 y 2014, habla de “gobierno militar”- es tal vez la negación más flagrante de esa Tradición Política Portaliana, que el autor bien refiere a “la primera y más permanente tradición política de tipo republicano en la historia de Chile” (p. 17) (el subrayado es mío). Si hay algo de lo que careció la dictadura de Pinochet es de ese “republicanismo” que, una y otra vez -y en eso tiene razón- Arenas atribuye a esa misma tradición política. Se podrán discutir muchas cosas de Portales, pero no su arremetida contra el caudillismo y el militarismo, y su postura en favor del gobierno civil y la subordinación a él de las FFAA, entre otros aspectos de una concepción republicana asociada a esa tradición política.

Gonzalo Arenas no puede ocultar su propia incomodidad ante tal oxímoron, al afirmar que “caracterizar el gobierno militar simplemente como portaliano, resulta una conclusión estrecha” (p. 291), junto con resaltar “el uso y abuso de la figura de Diego Portales por parte del régimen militar” (p. 335). Tal vez fuera el propio Maro Góngora -quien apoyó inicialmente al régimen militar, especialmente a la Declaración de Principios de 1974- el que mejor marcara esa abierta tensión o contradicción en su clásico “Ensayo histórico sobre la nación de Estado en Chile en los siglos XIX y XX” (1981), marcando su distanciamiento definitivo del régimen militar (Góngora se reconoce él mismo, en diversos escritos, en esa tradición portaliana).

Diríase que Arenas no sólo logra sortear su evidente incomodidad al tratar el periodo en cuestión, desde el punto de vista de la concepción republicana que correctamente asocia a la Tradición Política Portaliana, sino que logra plasmar en las 359 páginas de este interesante libro, lo que tal vez sea uno de los tratamientos más sistemáticos y profundos del legado portaliano, enriquecido por el constante devenir de la historia (política e intelectual) hasta el punto que, a no dudarlo, pasará a constituirse en un clásico sobre la materia.

Ignacio Walker – Académico de la PUC-Valparaíso

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