Estados Unidos muestra públicamente avances hacia una negociación, pero enfrenta un dilema de cierre: cómo poner término a un conflicto tácticamente exitoso sin haber resuelto la amenaza de fondo e incluso fortaleciendo las condiciones estratégicas para su continuidad y bajo presiones cruzadas de sus aliados regionales con intereses no convergentes.
En esta fase del conflicto en Medio Oriente, donde comienzan a configurarse escenarios de cierre, los aliados del Golfo no están promoviendo un término inmediato del conflicto, sino un cierre que imponga restricciones verificables y modifique el comportamiento estratégico de Irán, evitando al mismo tiempo una escalada terrestre. Su preferencia es completar la degradación de las capacidades misilísticas iraníes antes de cerrar la guerra, sin terminar necesariamente en una guerra de “attrition” (de largo aliento)
La preocupación central es que una resolución apresurada, tras una ofensiva incompleta, no termine de debilitar estructuralmente al régimen, dejándolo más cohesionado, endurecido y con capacidad de reconstitución.
En ese escenario, este podría emerger como una amenaza estratégica de largo plazo, no resuelta, con incentivos para seguir atacando a sus vecinos, su infraestructura energética y el estrecho de Ormuz.
El riesgo, además, es de dejar un precedente: un cierre sin costos tangibles validaría la coerción energética y la presión regional como instrumentos eficaces de negociación futura. Esto explica por qué, aun siendo los más expuestos a la represalia iraní, los Estados del Golfo prefieren asumir riesgos militares y económicos de corto plazo antes que consolidar una amenaza estructural permanente o caer en una guerra de desgaste sin resultado decisivo.
Lo anterior, considerando que los Estados del Golfo enfrentarán siempre una restricción estructural: son “prisioneros de la geografía”. No pueden eliminar de raíz la amenaza iraní y deben gestionar una coexistencia de largo plazo, por lo que su estrategia se basa en un delicado equilibrio entre escalada y contención, buscando reconfigurar el equilibrio de disuasión en términos más favorables.
El análisis de la presión saudí debe conectarse además con una divergencia creciente entre las estrategias de Israel y Estados Unidos.
Israel se perfila como el principal ganador estratégico de este conflicto y muestra menor urgencia por cerrarlo en un escenario en el que Irán, además de quedar con sus capacidades ofensivas y defensivas neutralizadas, mute al caos de un “Estado fallido”… si este fuere resultado “natural” del éxito en su iniciativa militar.
De hecho, Israel está aprovechando una oportunidad histórica única en décadas, para neutralizar en profundidad la amenaza militar convencional iraní (no nuclear) y la de Hezbollah y también habilitando a Estados Unidos para reflotar el marco de los Acuerdos de Abraham, que permitirían la normalización de las relaciones con los saudíes como pivote regional. Y haberlo ejecutado además en un rol de “hermano menor” de Estados Unidos, compartiendo costo-efectivamente los activos militares, y sin absorber el 100% del desgaste político internacional.
En este marco, Israel opera con una lógica de ventana estratégica: mientras exista superioridad militar y respaldo de Estados Unidos, el incentivo será prolongar la campaña. Probablemente su cálculo político-militar considera que con algunos meses adicionales podrían ganar años de estabilidad, reduciendo la incertidumbre estratégica y la presión de escalamiento recurrente.
Pareciera que Israel cierra un nuevo microciclo histórico, en el que nuevamente es aplicable la “metáfora del jardinero”… «puede un jardinero convivir con maleza que no puede desraizar? Puede… pero si quiere asegurar la sobrevivencia del jardín, sabe debe ‘cortarla’ cada cierto tiempo…».
Pero la diferencia de este es la profundidad del ajuste: ya no es sólo neutralizar el stock misilístico ofensivo/defensivo, sino limitar profundamente la capacidad de regeneración del adversario.
Arabia Saudita, en cambio, en un escenario de “attrition war” vería comprometidas sus plataformas de defensa. Aunque aún dispone de stock de interceptores (Patriot/otros), estos sistemas serán de difícil acceso futuro desde Estados Unidos. Por otro lado, a diferencia de Israel, ve en un eventual colapso del Estado iraní la generación de un riesgo sistémico, asociado a fragmentación político-social, potencial guerra civil, mantención de milicias, terrorismo emergente y ataques militares menos previsibles contra su infraestructura petrolera.
Estados Unidos, por su parte, aparece en una posición intermedia. Estaría más enfocado en terminar de degradar las capacidades misilísticas de Irán en un corto plazo, y mostrar una “salida victoriosa” del conflicto.
A pesar de haber declarado públicamente al cambio de régimen como uno de los tres objetivos estratégicos al inicio de la guerra, además del tema nuclear y neutralización militar convencional, Washington se ha mostrado escéptico respecto a la viabilidad de forzar un cambio o alinear a un régimen a través de una intervención militar.
A diferencia de casos como Venezuela, el ‘día después’ en Irán se presentó significativamente más complejo. El poder no residía sólo en un líder, sino en una comunidad: el Bayt, una estructura de control político ideologizada reportando directamente al Ayatollah y que funcionaba como un Estado dentro del Estado, garantizando continuidad de gobierno y disminuyendo significativamente la eficacia de una estrategia solo basada en eliminar liderazgos.
De hecho, para las posiciones claves existía un plan de sucesión de hasta tres reemplazos. Por eso, decapitar a la cúpula o una intención de “nation-building” no desmantelaba el régimen.
Estados Unidos ha capitalizado sobre la experiencia de sus “fiascos históricos”, aún frescos en su memoria geopolítica (ej. Irak y Libia). El punto central no cubierto por Estados Unidos en estas experiencias era evitar vacíos de poder. Cuando una autoridad pierde el control a raíz de una guerra, y ninguna otra la reemplaza, el resultado suele ser fragmentación territorial, proliferación de milicias y caos político-social, que puede derivar rápidamente en guerra irregular asimétrica o incluso en guerra civil.
Esta restricción de no más intervenciones con “boots-on-the-ground” ya está explícita en la nueva estrategia de defensa (U.S. National Security Strategy, Dec 2025). Pero las posturas estratégicas anteriores sólo se contextualizan en el nuevo escenario bélico, con Irán habiendo abierto un segundo escenario de guerra. Incapaz de contener el dominio aéreo, ha adicionado a la profundidad del conflicto vertical una agresión regional horizontal, atacando el “talón de Aquiles” de los exportadores de crudo.
Complementando la ofensiva de drones y misiles (ahora muy bien dosificados), ha generado presión ofensiva y disuasiva sobre el estrecho de Ormuz, afectando los mercados energéticos globales a través de la desestabilización de sus cadenas de suministro y elevando el costo político interno y externo de la guerra para Estados Unidos. Esto le permitiría Irán mejorar su “leverage” en una eventual negociación de término de hostilidades.
El frente económico refuerza la complejidad del dilema para Arabia Saudita y sus aliados de la región, ya que dependen críticamente del flujo energético a través del estrecho de Ormuz y no han podido reemplazarlo completamente mediante rutas alternativas, en parte por limitaciones logísticas y por constituir asimismo targets para los drones iraníes. Lo anterior nos termina moviendo al dilema estratégico para Estados Unidos. El terminar la guerra ahora eliminaría de raíz sus opciones militares (de existir) para completar la neutralización militar convencional, y minimizar o eliminar las capacidades de Irán para continuar con su desarrollo nuclear, dejándolo solo como opción dentro del menú de una negociación posterior. Numerosas fuentes de inteligencia convergen al indicar que este aún mantiene un volumen sustantivo de uranio enriquecido protegido a profundidades no alcanzables por un nuevo bombardeo aéreo, repartido geográficamente e inaccesible sin una ocupación militar presencial.
Es importante considerar en el análisis que Estados Unidos, al no lograr su objetivo de neutralizar el proyecto nuclear de Irán, enfrentará en el futuro, a diferencia del periodo de pre-guerra, el hecho de que el desarrollo de una capacidad nuclear ofensiva en Irán puede llegar a constituir ahora el eje central de sus capacidades disuasivas futuras, frente al “riesgo existencial” percibido de aniquilación de su régimen.
Esto considerando la vulnerabilidad recién demostrada en una guerra convencional con Estados Unidos e Israel, y la proyección de escenarios futuros de conflicto en los que tampoco dispondrían de aliados con compromiso militar directo (estilo artículo 5 de la OTAN). China y Rusia no intervendrán en un conflicto armado directo con Estados Unidos… por Irán.
Una intención estratégica de escalamiento y éxito en obtener artefactos nucleares puede ser además facilitada por un nuevo gobierno teocrático, mucho más radical que el anterior. Esto podría asociarse con un cambio en algunas aparentes “auto restricciones militares teológicas” del gobierno anterior.
Para el nuevo gobierno, estas se podrían traducir en mostrar menos escrúpulos al no alinear sus conductas a las interpretaciones oficiales chiitas del Corán asociadas a una “conducta santa” en conflictos militares.
Durante el gobierno anterior, se difundió en los medios la existencia de ciertas “restricciones ético-religiosas” en la cúpula gobernante para completar un desarrollo nuclear ofensivo. De hecho, existen interpretaciones chiitas del islam que lo habrían calificado como “pecado” y que probablemente tuvieron que convivir con los intereses geopolíticos del régimen.
Es interesante hacer un doble click sobre esto: en la tradición y doctrina jurídica chiita se encuentra el siguiente texto:
“…el Imam Sadiq transmite del Imam Ali que… el Profeta prohibió esparcir venenos masivos durante la guerra…”. (Ali Taqizadeh, The..Al-Islam)
Por extensión, en una “versión agiornada”, el Ayatollah Ali Khamenei reconoció en su sitio y en algunas apariciones públicas la prohibición religiosa de fabricación, almacenamiento y uso de armas modernas de destrucción masiva.
No puede descartarse que estas restricciones hayan sido instrumentales o reinterpretadas en función de objetivos geopolíticos y de que hayan faltado a la verdad al comunicar sus intenciones pacifistas (compartido por algunos think tanks de defensa), pero es importante destacar que esta restricción militar es consistente con la base de legitimidad religiosa mantenida por el régimen durante décadas.
La interrogante es si ahora ese límite doctrinal, de haber existido, puede sostenerse en un escenario postguerra con un régimen dañado y radicalizado, percibiendo que enfrenta una amenaza existencial permanente.
Por otro lado, más allá del tema nuclear, prolongar la guerra incrementaría el probable riesgo de desgaste político adicional frente a las elecciones “midterm” para Trump. Esto conviviría además con un tema de restricciones crecientes en su “supply chain” militar. De hecho, Estados Unidos ha utilizado un porcentaje elevado de su stock de municiones (misiles defensivos y ofensivos), cuya reposición estratégica completa le llevará años. La “Operación Epic Fury” le está además obligando a desplazar sus assets aéreo-navales desde el frente indo-pacífico de contención china hacia este teatro de operaciones.
En definitiva, Estados Unidos enfrenta una decisión con opciones asociadas a distintos tipos de riesgos estratégicos.
Cerrar ahora reduce la exposición inmediata, pero en alguna medida deja a sus aliados saudíes y sus vecinos militarmente “huérfanos” y más abierta la posibilidad de que la amenaza iraní se reconstituya en el largo plazo bajo una lógica más radical y con mayor potencial nuclear.
Prolongar la guerra permite degradar aún más el potencial disuasivo proyectado para Irán en el largo plazo, pero aumenta la probabilidad de desorden regional, presión energética global, debilitamiento en el balance estratégico frente a China y un deterioro adicional en la base política interna del movimiento MAGA.
Considerando que Irán gana con “solo no perder”, Trump no enfrenta una opción óptima, sino dos escenarios de alto costo estratégico.
El equilibrio —entre profundidad del daño infligido y control de las consecuencias— será el núcleo del dilema durante las próximas semanas. Pero nuevamente, el verdadero problema no es cómo termina esta guerra, sino qué tipo de amenaza emergerá como resultado de ella.
