La alegría constituye el anhelo más profundo del corazón humano y es el fundamento que inspira todas las elecciones que escogemos en la vida, aunque no siempre sabemos conscientemente el significado genuino de la alegría y cómo permanecer alegres en circunstancias adversas, que suelen contradecir nuestros proyectos y a poner a prueba nuestra capacidad de resistencia. 

Hoy vivimos en una cultura que ha transformado la búsqueda de la felicidad en una verdadera profesión. En efecto, el auge de los entrenadores de la felicidad, los llamados coach, la proliferación de diversas técnicas de meditación para aumentar la sensación de bienestar en las personas, son algunos ejemplos de cómo la felicidad la concebimos como una meta que debe ser imperiosamente conseguida en todos los ámbitos de la vida.

Paradójicamente, esta mentalidad de buscar la felicidad como objetivo no ha logrado contrarrestar el hecho de que existan cada vez más personas con un sentimiento de vacío existencial, situación que ha aumentado considerablemente en adolescentes y jóvenes. En el caso de Chile, este sentimiento de sinsentido se manifiesta no sólo de modo individual, sino de forma colectiva en la que grupos anónimos, sin nombre ni rostro, se unen a través de la violencia para exigir derechos, que no son necesariamente carencias o necesidades, sino más bien expresión y signo de una profunda frustración ante una vida vana e insustancial. 

¿Qué peligro conlleva para Chile el que se deje conducir por una sociedad que sólo quiere consumir bienestar a costa de un permanente nivel anormal de estrés y de insatisfacción?

La consecuencia más grave a la que puede conducir a Chile una sociedad permanentemente ansiosa e insatisfecha es la pérdida generalizada de la alegría del corazón de sus propios ciudadanos. Dicha pérdida significa para Chile un debilitamiento hondo en sus raíces más fundamentales. Pues, vivir sin alegría nos conduce naturalmente a un estado de tristeza que socava nuestro ser, nos impide desplegar esa intimidad que somos por estar a merced de un miedo paralizante, que asfixia nuestra manera de pensar y de obrar. 

¿De qué modo podemos construir comunidades basadas en la confianza, en la amistad, en la ayuda mutua, si nos hemos dejado arrastrar por un miedo amplificado que estrecha nuestra mirada de la realidad, reduce al mínimo nuestras potencias creativas y nos deja indefensos para enfrentar males que atentan contra nuestra democracia? Es prácticamente imposible ya que, como dice, sabiamente, el filósofo Baruch Spinoza, la tristeza y toda pasión triste, como el miedo, en especial un miedo excesivo reduce nuestro conatus, es decir, esa fuerza interna que llevamos todos para conservar y preservar nuestro ser y hacer crecer nuestras posibilidades al máximo.

Mientras que la alegría, que no es una mera emoción, sino un modo interior de ser y estar en el mundo, amplifica ese ser que somos, dilata nuestro corazón, permite que nuestro campo de interés se alargue y nos libera de miedos obsesivos que nos impide buscar soluciones creativas para problemas recurrentes, ya sea en el orden educativo, político y económico. Al contrario de lo que habitualmente pensamos, la alegría no depende de que las cosas resulten tal como deseamos o planificamos, sino de una actitud interior que nos posibilita afrontar las dificultades de la vida desde una mirada amplia y libre y nos facilita actuar con audacia sin que las preocupaciones nos ahoguen.

Por esa razón, las personas alegres conservan un corazón jovial, ágil, se encuentran disponibles para el amor, el juego, la creatividad y su interior se inclina habitualmente a la maravilla de existir. 

Más de algunos de ustedes habrá reconocido que el mensaje central de la película La vida es bella, reside en la grandeza de ese padre por querer transformar un espacio espeluznante, como lo es un campo de concentración, en un entorno cálido para que el hijo pueda todavía jugar y recrear su imaginación. Pues bien, la alegría de ese padre no sólo ensancha su propio interior, sino que también posibilita que un espacio estrecho triste y angustiante se convierta para el hijo en uno amplio, abierto al gozo y a la esperanza. 

¡Cuánto lejos llegaríamos como país si nuestro sistema educativo, tuviera como prioridad educar el interior de las personas, formar con entusiasmo la inteligencia, la voluntad y afectos de aquéllas no sólo para alcanzar el éxito laboral y económico, sino fundamentalmente para orientarlas hacia la alegría de vivir! 

En verdad, no es posible encaminar a Chile a su progreso a partir de una educación que se dedica a fortalecer las competencias técnicas y profesionales de las personas, sin que, a su vez, se dedique con la misma seriedad al cultivo de las virtudes propiamente humanas, tan necesitadas en nuestros tiempos, pero también incomprendidas en su significado genuino.

Hoy en día se reemplaza el concepto de virtudes humanas por “habilidades blandas” con el fin de oponerlas a las “habilidades duras” destinadas para ejecutar de modo eficiente un trabajo. A mi juicio, esta oposición entre habilidades blandas y duras estimula la falsa creencia de que las primeras no requieren de un aprendizaje constante, mientras que las segundas requieren una preparación ardua y “dura” que exige toda nuestra atención. 

Sin embargo, reflexione, atentamente, a esta interrogante: ¿Considera una persona carente de liderazgo y con poca preparación en la escuela de la vida, quien aprende a tolerar la frustración y a obtener una lección positiva a partir de ésta, no sucumbe a la tristeza por temporadas largas, sino con audacia se anima con entusiasmo a buscar soluciones que abren el campo visual a situaciones que tienden a ser juzgadas por los demás como problemas cerrados y sin salidas? Una vez, que conteste en su interior dicha pregunta, sólo dedíquese a proyectar con su imaginación, cómo sería Chile si fuera una tierra donde abundaran mujeres y hombres con capacidad de celebrar la vida en cualquier circunstancia y de otorgar un nuevo suelo a quienes han perdido sus puntos cardinales. Seguro que hasta nuestro sistema inmunológico se fortalecería al máximo.

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