La cosa era compartir no más, lo que fuera, como fuera. Poco importaba que se tratara de videos mostrando a la policía de Barcelona enfrentando manifestantes a charchazo limpio. Confrontados con su falta de rigor, de apego a la verdad y daltonismo, porque el uniforme de esa policía es bien distinto del verde de nuestros carabineros, la respuesta era siempre esta; “no importa, el punto es el mismo” ¿Cuál era ese punto? Bueno, que las policías, que los uniformados, son siempre malos, abusadores, violadores de derechos humanos, etc. Ese era el marco mental que permitía creerlo todo, inventar un poquito más y compartir material no más, miércale, total, algo queda, el malestar crece, la bola de nieve se vuelve inmanejable. Pero ¿Quiénes compartían 24/7 este material? Mis compañeros de colegio, de universidad, de la vida, por esos horribles y formativos días de 2019.
Ya, pero, por qué los estoy revictimizando de esta manera, se preguntarán. Voy pa’allá, paciencia con esta columna. Corte a 2026, una imagen, un niñito, de unos 7 años. Todo en sepia, evoca un poco algo de Carlitos Dickens, pero latinoamericano. Zapatitos gastados, ropa descolorida, un ineludible hoyo en la polera. Uñas sucias, la carita teñida de tierra, dos centímetros de mocos entre la nariz y el labio inferior, los elimina con el dorso de la mano, justo antes de agarrar su tacita de leche Purita fortificada en su tazón de la Junaeb. Por la puerta entra una figura alta, delgada, de traje y corbata, es JAK, viéndose mucho más alemán que de costumbre. Con sus enormes y gélidas manos, a tirones le quita la taza al niñito, mientras su carita de pena y hambre nos rompe el corazón. A todos, menos a JAK, porque no tiene corazón, ¿ven pa’donde voy? Ustedes puede que piensen que no es posible que alguien crea una cosa así, pero el problema es el marco mental que da la cultura en la que vivimos. No quiero decir batalla cultural, no lo voy a decir, esta vez sí que no… ¡Pero eso es! El marco de lo que creemos posible como sociedad, está justamente mediado por la cultura que nos rodea, en absolutamente todo; medios de comunicación, artes en general, hasta el más primitivo reality show, todo. ¿Por qué una generación completa estuvo dispuesta a creer las peores cosas de Carabineros en 2019? ¿Por qué cuando si quiera se insinúa la revisión de un programa social tenemos chillidos histéricos como si fuera un exorcismo?
Bueno, eso es lo que ha pasado desde la filtración de un oficio del Ministerio de Hacienda. Y en esta distopia parece que tenemos que pasar completamente por alto este detallito de la filtración (¡desratización ahora, ya!). Pero bueno, la cosa es que todo se ha enredado entre discusiones por el verbo empleado “descontinuar” para referirse a los servicios de Junaeb. Y claro, a cualquier ser humano normal, se le tiene que haber ocurrido una cosa; que existe un contexto, un marco en el cual se iba a dar una cosa así, y no es que los niños se fueran a quedar sin alimentos. Pero no, porque no podemos ser normales ni tener cosas bonitas, aparentemente. El fin de semana pasado casi me agarro a combos con unos amigos por esto. Ellos, autodefinidos como de “derecha” (lo que sea que eso signifique hoy en día), que votaron por Matthei en primera y Kast en segunda, alegando como cierta la imagen que les pinté antes y yo con apenas media copa de chardonnay encima, sin mucha paciencia a estas alturas, me tuve que saber detonar, porque daban por hecho, por cierta esa información.
Desde entonces tuve un alcachofazo cósmico; tenemos un problema y no chico, uno de definiciones, como que hay algo que se perdió en la traducción; entre lo que queremos, necesitamos y votamos y el marco mental, cultural que nos sustenta hace como 36 años. Ideas fijas, vacas sagradas, asentadas en la cultura. Ideología hecha norma y hace rato que en Chile la norma le gana a la lógica y el sentido común, o dicho más claramente: ¿Queremos que nuestros niños de hogares más precarios reciban sus alimentos en los colegios? Yo creo que sí, sí queremos. Ya, pero ¿cómo queremos que sea ese servicio? Porque si nos van a cobrar una millonada por alimentos charchas que los van a hacer más gorditos, menos sanos, cuando y si es que les llegan, entonces, no poh. Obvio que no. Habrá que reformularlo, habrá que preguntarse en qué se gasta la plata, cómo se licitan los programas, pero que a priori existan programas intocables, no me parece.
Porque ¿y si podemos hacer funcionar mejor estos programas por menos, no sería eso ideal? A mí me parece de toda lógica, pero parece que no, que, por hacer un punto político, hay que salir a sumarse al llanterío. Y por supuesto que habrá excepciones y recomendaciones que los ministros que más conocen su cartera no seguirán, eso es lógico. También me parece de toda lógica que quienes recibieron un mandato de la mayoría de los chilenos puedan configurar sus equipos de la mejor manera que estimen conveniente para sacar adelante las tareas propias de sus ministerios y/o servicios. Y me cuesta creer que alguien no comprenda que hay intereses y motivaciones políticas en todas partes donde el Estado tiene sus garritas, “ay no, pero en los hospitales no”, ¡JA, JA, JA! Me río toda la vida. Es ingenuidad, menos calle que una pantufla, o nos quieren hacer comulgar con una rueda de carreta pa’variar. Podrida estoy del fuego amigo, de Rendición…perdón, Renovación Nacional. Si no les gusta así, pa’la otra ganen, en serio, basta.
Sobre todo, porque al frente, la oposición, perdida, irrelevante, no muy astuta y democrática sólo cuando ganan, tampoco es tan gil como para no aprovechar oportunidades. Su gran problema es que no logran aceptar que un gobierno pueda existir sin sus ideas. Y bueno, llevamos como 36 años haciendo las cosas más o menos como les gustaría que fueran, ¿Y? Reformas tributarias, educacionales mediante, Chile logró con todo éxito estar peor, no mejor. Parece que tampoco este mensaje está llegando claro; Chile eligió democráticamente otra cosa, otro camino y ellos tienen demasiado cerca el fracaso estruendoso de Gabriel Boric como para venir a cacarear apocalipsis sólo porque se gobierna con otras ideas.
Estos días he llegado a la conclusión de que más que un problema comunicacional, el problema del gobierno es que, si quiere, como parece querer, sumergirse de verdad en nuestros problemas, la barrera que enfrenta no es si alguien tiene mejor o peor hablamiento, es algo más profundo, es darse en todo lo que es nariz con ideas pétreas instaladas ahí por progresías de lado y lado los últimos 36 años. Entonces no es sólo explicar cosas con una pizarrita, es explicar cosas que a los ministros capaz les parecen evidentes, pero no lo son. Y con ejemplos cotidianos, con consecuencias, es dar una pelea por las ideas y no solo por los cálculos.
Esta pitonisa piensa que, tras décadas de hegemonía cultural de la izquierda, nadie puede pensar que un megáfono y tres pizarritas van a penetrar tan fácil en la costra ideológica que envuelve a Chile. El problema del gobierno no es comunicacional como lo estamos entendiendo hasta ahora, es de idioma, o de dialecto, si quieren. Es que algo definitivamente se les está perdiendo en la traducción.
