Imagínense, terminada su participación en una visita a una universidad, son retenidas por horas, mientras escuchan gritos y golpes en la puerta. No pueden salir. No hay buena señal celular en el edificio y los dueños de casa no parecen estar llamando a carabineros. Ni a nadie. Ustedes no tienen escolta, solo hay un PDI que estaba ahí también por suerte. En un momento una masa enajenada e irracional logra entrar al auditorio y figuran solas con el PDI antes mencionado sosteniendo una puerta interior para que no entren. Gritan, chillan, insultan, golpean puertas y paredes. En algún momento deciden salir, salir rogando llegar a un auto que los pueda sacar de ese infierno. La mayoría son hombres, pero hay mujeres también, todos son violentos. La masa palpitante insulta, grita que ojalá te agarren y te agredan o quizás más, te lanzan agua, escupitajos, objetos que no sabes bien de dónde sacan, pero te pegan, ¿qué más tendrán? Corres, pero se te acercan, tratan de botarte. Sientes un miedo diferente, el de sentirte una presa frente a una jauría y solo ruegas no tropezar, no caer y si efectivamente te agarran, ¿qué te van a hacer? ¿Podrían matarte si quisieran? Parece que quieren ¿Quién los va a detener? Logras llegar a un auto y salir de ahí, golpeada, humillada y habiendo conocido un temor que no sabias que se podía experimentar en este siglo. Esto vivió la ministra de ciencias Ximena Lincolao esta semana cuando visitó la Universidad Austral de Chile y fue recibida por la crema y nata de la intelectualidad chilena.
Mujeres, ¿qué sintieron? Hombres, tranquilos, esta columna no se puso «feministoide«, no los estoy excluyendo. Para nada, por el contrario, gracias a Dios por los hombres que la ayudaron y que solo por hacerlo también fueron agredidos. Y esto sería igualmente grave y repulsivo si le hubiera pasado a un ministro, por supuesto. El punto que quiero hacer es otro; es biológico, evolutivo incluso. Yo sé que la izquierda no cree en esto, que el género es un constructo social, pero déjenme explicarles algo que hasta hace 5 minutos todos entendíamos; hasta la más plantada de nosotras es más pequeña y tiene menos fuerza (física) que un hombre. Esta es una verdad, histórica incluso, que hace que vivir al alero de una civilización que lo entiende y nos protege (o lo hacía) sea una bendición que el feminismo nos ha llamado a desestimar. Pero es una bendición. Sí, sí, ya sé, yo también soy nieta, hija, sobrina de mujeres de gran fortaleza intelectual, espiritual y moral incluso, pero no se engañen, si un hombre nos quiere pegar, ahí quedamos. Pa’que decir una turba. Las mujeres estamos seguras y podemos vivir nuestras vidas en paz cuando hay hombres buenos dispuestos a garantizar que los malos no nos toquen. Son verdades incomodas, pero si no me creen, pregúntense, hombres y mujeres que sintieron al ver como agredían a la ministra. Si como yo, comprenden estas verdades fundamentales, incluso antes de lo político que vamos a analizar, debe haberles pasado algo como en la guata, algo parecido a la rabia, la impotencia por lo injusto y abusivo de todo.
Si están esperando las alertas feministas, tomen asiento, porque van a esperar un rato largo. Pero cómo es posible, uno pensaría que, si nos ponemos a jugar al bingo de la interseccionalidad, a la ministra le iría estupendo; es mujer, es de origen mapuche. O sea, ustedes quizás son muy jóvenes para saber esto, pero hubo una época en que la Dra. Elisa Loncon era la última coca cola del desierto y nadie podía atreverse a criticarla ni con el pétalo de una rosa a riesgo de ser acusado de racista y misógino. La buena doctora se pegaba sus viajes por el mundo, de civil sosi, regia, fotografiándose con su copita de ¿bordeaux? Je ne sais pas, frente al Sena, siendo elevada a los altares globales del progresismo por existir, disfrutando de su más que merecido sabático… ¿se imaginan algo así le hubiera pasado a ella? Todavía estarían quemando Chile. Pero uno intuye que eso nunca hubiera podido pasar y por ahí va la cosa. O sea, yo no quiero que le pase a nadie, pero pa’empezar todos lo hubiéramos condenado. No fue lo que ocurrió esta semana.
Y es que Ximena Lincolao es la víctima incorrecta; es mujer, sí pero no anda de víctima por el mundo, es más, es seca, pero the real seca, es de esas personas inspiradoras que se hizo completamente a sí misma. En EE.UU. ni más ni menos, pero no usando su calidad de mapuche, si no su calidad de brillante. Es hija de la educación publica chilena, pero no en calidad de parasito. O sea, lo ha hecho todo mal. Te diría más, su sola existencia es una afrenta para la izquierda. Es testimonio vivo del mérito y del rechazo a la victimización. Y pa’ más, acepta servir a la patria trabajando para un gobierno de derecha; Yanacona, traidora, el colmo y así se lo hicieron saber.
La condena, no fue transversal. ¿Es esto una legítima, pacífica manifestación que solo se descontroló un poquito? ¿Es la indignación un intento del gobierno por suprimir la “legitima protesta” frente al recorte de derechos sociales?
Primero, la violencia política lleva demasiado tiempo enquistada en Chile y en particular ha anidado en nuestras decadentes universidades. Hace poco se cumplieron 35 años del asesinato de Jaime Guzmán y se me apareció muy claro que ese es el exacto momento desde el cual llevamos tolerando esto. Nuestro propio presidente fue agredido al visitar universidades. Ahora el mismo día en que asumió, atacaron a Víctor Espinosa, economista de la campaña de Kaiser. Y sí, la prensa tradicional rápidamente salió a aclararnos que igual le han tirado su escupito o dos a la señora Bachelet y al señor Boric, a Jadue, etc. Pero todos entendemos que esta balanza está cargada a la derecha. Porque las turbas de militantes de izquierda atacan para acá y porque a la hora de condenar los ataques, los únicos que abrazan los adversativos son justamente personas de izquierda. “Sí, terrible, pero…”, “uy, atroz, sin embargo…”, ¿qué viene después? Todo lo que conocemos del octubrismo; las legitimas demandas, la desigualdad, el paraíso perdido y ahora, la perdida de los derechos sociales. La cosa con los adversativos es que todo lo que se dice antes de ellos queda anulado.
Segundo, espero de todo corazón que todos los intelectuales, los académicos, los profetas, los analistas que estaban con la tonterita de que la izquierda había madurado y aprendido sus lecciones, nos ahorren un par de libros. En serio, basta. Nadie cambió, nadie aprendió un carajo.
En ese mismo sentido, ¿le vamos a poner el cascabel a las universidades? ¿En qué están? Hablando en inclusivo y haciendo seminarios ultra progre por lo que he visto en las redes sociales. El nivel de vergüenza que me da…no, no. Lo mismo que los colegios emblemáticos, otrora, faros intelectuales de la nación, donde asistía nuestra mejor gente a participar de un proceso de mejoramiento intelectual, hoy convertidos en wáter público. En semillero de una izquierda subversiva, violenta y victimizada que por cuatro años estuvo anestesiada y hoy en menos de un mes, abandona su hibernación para doblegar, la voluntad democrática de Chile ¿En serio alguien puede creer que se están formando buenos profesionales en esas aulas, o que es en beneficio de Chile mandar a esas bazofias a estudiar al extranjero? Un día les cuento cuantos amigos (ex) y conocidos (también ex) tenía yo beneficiarios de becas Chile que estuvieron carreteando de primera línea en 2019 en esa bacanal que fue octubrepalooza. Es un problema endémico en Chile, solo revisen lo que El Líbero documentó respecto del rector de la UACH. Les va a quedar clarísimo de donde viene su postura tan de laissez faire. El rector, pues. Qué queda para el resto.
Tercero, lo que me molesta más, es que todo esto sucede a vista y paciencia de todos, o sea, el gobierno presenta proyectos para hacerse cargo de esta violencia y quienes se oponen; el PC y el FA. Clarito, no hay que pensar, es hora de empezar a creerles. Porque están tanteando el agua, nadie llega y se sumerge. No es que estemos traumados, lo van a intentar de nuevo, lo van a intentar siempre porque así ven la política y el mundo. Pero ya poh, nosotros tenemos que estar mas vivitos y pedirle al gobierno que se ponga una vez rojo escarlata. Y apoyarlos.
No he podido dejar de pensar en qué hubiera pasado si esos infelices agarran a la ministra. Hablo por mí, pero si le creemos a Cadem, no ando nada tan sola; yo quiero consecuencias, pero de verdad, quiero expulsiones, quiero cárcel, quiero sanciones para la Universidad, quiero que esta gente no reciba nunca más en sus vidas un beneficio del estado. O sea, de qué becas me están hablando, no, no, ni subsidios, ni pase escolar, nada, ¿se quedan sin ser profesionales? ¡Qué penita! Debieron pensarlo antes de comportarse como barbaros. Decidieron no ser parte de una sociedad civilizada, pasan cosas. Como dijo Rhett Butler en Lo que el Viento se llevó; “Francamente, querida, me importa un bledo”. Basta de además financiar a esta minoría, ultra minoría violenta que la izquierda ha usado como carne de cañón para torcer la voluntad de la mayoría.
Quiero sanciones para los tontos útiles ilustrados, sí, pero también quiero que políticamente tengamos claro quién es quién. Que todos los que usaron adversativos estos días para referirse a lo que le pasó a la ministra queden expuestos. Porque hoy en chile, la vida secreta del adversativo ya no es tan secreta, todos sabemos lo que ocultan esos “peros”.
