Credit: Flickr de Thomas Rodenbücher

Comienza a incubarse en las corrientes de izquierda a nivel mundial una línea de acción inédita para estos tiempos. A su cabeza está Sahra Wagenknecht, una antigua eurodiputada alemana y actual integrante del Bundestag por Renania del Norte. Por de pronto, esa comunidad epidérmica de palabras que tan fuerte impregna a aquellas corrientes ya se está resquebrajando. Pese a ello, aún es prematuro saber si tal fragmentación irá más allá de lo retórico. En todo caso, sí encierra dos aspectos de sumo interés.

Por un lado, Wagenknecht está hilvanando una agenda doméstica enteramente nueva. Lejos de lo que ella denomina el mainstream seudo-liberal. Eso se traduce en una fuerte crítica, tanto a la cultura de la cancelación -tan propia de las izquierdas actuales- como a esa obsesión con las cuestiones identitarias. Wagenknecht se ha pronunciado en abierta disconformidad con el abandono por parte de las izquierdas de aquellas demandas sociales y económicas tradicionales, reemplazándolas por lo que llama trivialidades woke. Critica el olvido de las clases trabajadoras y el excesivo entusiasmo con demandas de sectores medios; todas volátiles y anodinas, a su entender. Menciona también el fanatismo ecologista como materia a superar. De paso, otros fuertes dardos los dirige al lenguaje inclusivo. Wagenknecht está modulando un discurso claramente a contrapelo de todo cuanto se ha escuchado en las últimas décadas en esta materia. Pareciera que su pulsión es poner de nuevo de moda aquel arte de ser pueblo.

Por otro lado, en cuestiones europeas, exterioriza posturas con claras reverberaciones geopolíticas. Sus movimientos sugieren aspiraciones y deseos de influir hacia el exterior. Aquello, no sería raro. El peso específico de Alemania es reconocido. Numerosas son las corrientes de pensamiento político promovidas desde tierras teutonas. Ideas demócratas-cristianas, liberales, ecologistas y, desde luego, las marxistas. Nada es descartable a priori.

Podría decirse entonces, que, en términos generales, se aprecia con Wagenknecht un fenómeno político sugerente. Incluso para América Latina, donde las ideas de izquierda han devenido en un extraño populismo mesiánico, woke y con toques caudillistas.

Viendo en detalle las cuestiones externas, los planteamientos de Wagenknecht resultan muy provocadores para las actuales circunstancias. Promueve, por ejemplo, cambios radicales en la relación de Alemania con Rusia. Con insistencia se pronuncia en dar marcha atrás a las sanciones y restablecer las conexiones gasíferas (dados los costos que tiene un precipitado abandono de las energías fósiles), así como suspender el suministro de armas a Ucrania. Alemania, en su opinión, no debe seguir los lineamientos OTAN, sino propios.

Uno de los temas que mayor novedad e impacto ha suscitado es su negativa a romantizar la política migratoria. Fuertes son sus críticas a las puertas abiertas de Merkel y Scholz. Ha venido insistiendo en la necesidad de proteger los puestos de trabajo de alemanes, generando así un clima inédito para una agrupación de izquierda. Hasta ahora, el electorado anti-migración es un nicho creciente de la Alternativa para Alemania (AfD). Por eso, un verdadero estruendo mediático generó la entusiasta invitación de los líderes de la AfD a Wagenknecht a intercambiar puntos de vista.

Y como si todo esto fuera poco, acaba de romper con su partido tradicional, Die Linke (La Izquierda). Una ruptura con trazos novedosos. No fue una simple escisión como las tradicionales de las izquierdas de todo el mundo; casi por regla relacionadas con disputas hiper-ideologizadas. La de Wagenknecht es una fractura profunda.

No ha sido parca a la hora de decir que abandona un amasijo de ideas obsoletas. Y claro, Die Linke fue un partido donde aterrizaron comunistas nostálgicos, socialdemócratas devenidos en inconformistas, tercermundistas tardíos y contestatarios irrecuperables. Una especie de horda sacada de la película Brancaleone. Evidentemente, inútil para los desafíos del mundo de hoy.

Wagenknecht es una líder poco dada a la simple contemplación social o a cuestiones testimoniales. Como tal, comprendió que, con ese revoltijo arcaico, era imposible actuar en el escenario europeo de esta época.

Hasta sus propios excompañeros de Die Linke saben que, en los debates televisivos y parlamentarios, Wagenknecht es una polemista filosa y ruda. Extraordinariamente controversial. No sólo por lo que dice (y cómo lo dice). También por su trayectoria y sus actitudes mediáticas. Nunca ha sido ministra ni ha dirigido un partido, pero irradia un carisma enigmático que no deja indiferente. Es como si estuviese nimbada por una mano indiscernible. 

Lo interesante es que, al igual que Angela Merkel y el ex Presidente Joachim Gauck, ella proviene de la antigua RDA.

Sin embargo, a diferencia de ambos, sus años en la Alemania de Honecker se correspondieron con su infancia y juventud. En consecuencia, no tuvo experiencia política. Hoy tiene 54 años de edad.

La verdad es que la vida de Wagenknecht muestra demasiadas sinuosidades. En la RDA, por ejemplo, le fue negado el ingreso a la universidad por no ser militante comunista. Reportajes biográficos dan cuenta de una adolescencia rebelde. Aparentemente recurría a huelgas de hambre para negarse a cumplir con ciertos rituales ideológicos para niños y jóvenes. Extrañamente, ingresó al aún gobernante Partido Socialista Unificado en los últimos meses de existencia de la Alemania oriental, cuando el régimen ya se encontraba completamente debilitado.

Ella misma ha admitido que, por su origen, nunca calzó con la vida típica de aquel régimen. Fue hija de un amor fugaz entre una alemana oriental y un iraní que vivía en Berlín occidental y visitaba esporádicamente la parte oriental de la ciudad, aparentemente como simple turista. Su padre desapareció, sin dejar rastro. Por ello, confiesa, jamás se pudo ajustar con plenitud a las pautas de sociabilización en el régimen de Honecker. Tras la reunificación estudió filosofía. Se ha destacado que su tesis doctoral sobre Hegel mereció elogios. En tanto, su provocativo libro “Los Moralistas” (Die Selbstgerechten, Campus, 2021) ha tenido fuerte impacto.

No hay espacios para la duda. Wagenknecht está empezando a remover aquellos pantanos en que estaban sumidas las corrientes izquierdistas desde el desplome de la URSS. Por ello, parece pertinente ver su propuesta como un desafío nuevo para todo el arco político en cualquier país.

Y, desde luego, es posible (aunque no necesariamente probable), que se transforme en un nuevo factor de la política alemana, tal cual ocurrió en Francia con Macron, quien migró desde uno de los partidos establecidos para generar un “centrismo radical”.

Por de pronto, Wagenknecht ha llevado a la izquierda a una nueva encrucijada.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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