15 DE JULIO DE 2020 / VALPARAISO Una mujer usando mascarilla en la Feria de Avenida Argentina, durante un nuevo dia con Cuarentena Total debido a la Pandemia del Covid-19 FOTO: SANTIAGO MORALES / AGENCIAUNO

Si hiciéramos el ejercicio de volver al 17 de octubre de 2019, concluiríamos sin mayores contratiempos que en Chile la sensatez se encuentra en cuarentena. Daré algunos ejemplos, todos políticamente incorrectos. Descalificar a Boric, teniendo un PCR negativo, como irresponsable por haber ido a un debate con síntomas de resfrío o gripe común, es de orates. ¿Por qué? Simplemente porque invalida el PCR. ¿Se imagina cómo viviríamos si ni siquiera el dichoso examen fuese prueba contundente para conservar mínimos espacios de libertad? Pero es que no se trata sólo del examen, sino, además, de una persona vacunada. La sensatez puesta en cuarentena ha dado paso a una psicosis que, en su extremo, imposibilita seguir viviendo con algo de normalidad.

¿Cómo vamos a viajar al extranjero, ir a un matrimonio o hacer cualquier actividad sin ser sospechosos de estar contagiando aún con PCR negativo y vacunación completa? Si usted no me cree, vea lo que pasó con las mascarillas. Un día le hicieron sendo escándalo al presidente Piñera por tomarse una foto sin ella, estando en una playa solitaria y, hoy Chile ostenta el título de ser el único país del mundo con una gran mayoría de personas vacunadas y “enmascarilladas” haciendo deporte al aire libre y caminando en espacios abiertos. Incluso a los niños, que prácticamente no contagian ni se contagian, todos vacunados les ponen mascarillas y se los ve subiendo cerros o andando en bicicleta mientras se intoxican con su propio dióxido de carbono. Sabemos por la ciencia que la falta de oxigenación genera daños cerebrales. ¿Cómo es que ningún médico se anima a hablar de esto?

El nivel de cuarentena en que se encuentra nuestra sensatez ha llegado al punto de que la gente cree, como quien cree en los duendes, en que toda persona no vacunada lo va a contagiar. Naturalmente, ello implica que, por definición, un no vacunado está enfermo. A estos absurdos agreguemos la falta de información por parte del Gobierno respecto a los contratos que hizo con las empresas farmacéuticas y sobre los enfermos y muertos <con> y <de> Covid, <con> y <sin> vacuna. Ni mencionar las pesadillas kafkianas en el aeropuerto y la posterior persecución de los viajeros por parte del Minsal, mientras miles de inmigrantes entran ilegales por los pasos fronterizos. A ello sume la supeditación de nuestras libertades a un pase de movilidad que puede servir como instrumento de control total. Nadie dice nada. Y, lo que es peor, al único que le llama la atención y cuestiona la asfixia de las libertades individuales, es a Flor Motuda, nuestro Asurancetúrix local (el bardo, poeta y cantante que todos hacen callar en el cómic Asterix y Obelix). Ni Aldous Huxley imaginó un mundo tan escalofriantemente feliz. Los ejemplos que he expuesto dan cuenta de un cuadro más o menos claro del deterioro de nuestro inconsciente colectivo.  ¿Cuál es su origen y sus efectos?

Nuestro deterioro mental tiene a la base la cultura de la cancelación que ha derogado del mundo común la reflexión y el juicio propios, el coraje, la libertad de expresión y la facultad interrogativa. Baste decir que todavía hay gente que no se entera de que YouTube, Facebook e Instagram, por mencionar algunas de las plataformas con mayor uso, cancelan las cuentas de quienes cuestionan las medidas sanitarias de los gobiernos siguiendo las directrices de la OMS. ¡Ni qué decir si usted comenta de alguien cercano que se haya sentido mal! Sólo por eso, el castigo es el exilio de las redes sociales. Son muy pocos los medios que van quedando con posibilidades de llamar a reflexión o de dar un espacio a distintas perspectivas. Los médicos, científicos y personas con ciertos niveles de duda razonables se encuentran atrapados en la espiral del silencio bajo los latigazos del miedo a perder sus trabajos, sus amigos o su reputación si dicen lo que piensan.

En cuanto a las consecuencias de la degradación de nuestro inconsciente colectivo, da la impresión de que fueran como un cáncer que se está ramificando a todo quehacer institucional provocando una estela de absurdos capaz de desquiciar a cualquiera. Por ejemplo, que hoy el Minsal tenga más poder que las Fuerzas Armadas y de Orden es un hecho. El panóptico médico no permite que nadie escape al proceso de normalización a través de las vacunas y el pase de movilidad, al punto de que un carabinero que viaja dentro del país debe dar explicaciones a los funcionarios de la salud respecto a los motivos del viaje. Un Minsal más poderoso que carabineros, una Convención Constituyente que opera fuera de la legalidad, cuyos miembros forman una nueva aristocracia de “intocables” y una justicia que deja en libertad a hombres armados con arsenal de guerra y permite que resabios de la Primera Línea mantengan el centro de Santiago bajo el estado de zona de sacrificio, nos indica cómo la sensatez en cuarentena se extiende a todos los ámbitos de la vida común.

Así las cosas, ya no tiene mucho sentido que se hable de un cambio de régimen, puesto que el sueño de la extrema izquierda de reemplazar a las FFAA en su rol de depositarios del poder coercitivo por civiles avanza sin restricciones. Nadie sabe si es mera casualidad o parte de una política globalista de control total de la población. Lo que sí sabemos es que, mientras los cantones suizos preparan un referéndum para revocar la ley Covid que impone el pase sanitario y permite se asfixien las libertades civiles, en Chile, el tema simplemente no se discute. 

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