AMLO
Credit: Cuenta X de @lopezobrador_

Hace algunos días, cuando la nueva Presidenta mexicana llevaba tan sólo una semana en el cargo, apareció degollado el también recién electo alcalde de Chilpancingo. Esta ciudad, si bien es relativamente pequeña, con menos de 200 mil habitantes, tiene rango elevado. Es capital del estado de Guerrero.

¿Se trata de un hecho sorprendente? Para nada.

El ahora ex Mandatario -una figura resplandeciente del populismo clientelar latinoamericano- deja el cargo con una cifra pavorosa de muertos. 200 mil asesinados durante sus seis años de gobierno. En otras palabras, casi 40 mil personas por año. O bien, cien diarias. Es, sin dudas, un momento de inflexión. Una cifra sencillamente incompatible con una democracia sana.

¿Cuántos asesinados por el crimen organizado soporta una democracia? Parece pertinente preguntarse.

Por de pronto, México ha quedado convertido, como sugiere Alberto Vergara en su “Repúblicas Defraudadas” en una criminocracia. Una noción clara, que no necesita preciosismos verbales para ser comprensible.

Puesto en el contexto histórico del país, el número refleja una gestión desastrosa. El de AMLO fue el sexenio más sangriento que tenga memoria México. Además, puesto en un marco más bien político, la cifra representa el colapso del gran lema de López Obrador, “Abrazos y no Balazos”. Algo que repitió como si fuera varita mágica.

El slogan suena a broma de mal gusto. En la práctica fue sólo una vil mezcla de veleidades populistas, ingenuidades al por mayor y un toque utopía. El problema es que en otras partes de América Latina también se hacen ejercicios retóricos semejantes. Como si se viviese enredado en una nube, donde la monserga es que el problema radica en “las causas estructurales de la violencia”.

Conviene señalar, de paso, que un ajuste al alza de estas pavorosas cifras no debe descartarse a priori. Los cien muertos diarios corresponden sólo a un balance preliminar y a la naturaleza oficial de los datos. La verdad es que no estamos en presencia de estadísticas entregadas por un cantón suizo. En una criminocracia, el número real de víctimas suele ser mayor al públicamente admitido.

Lo interesante es que, más allá de las espantosas cifras, hay un aspecto político sugerente en todo esto. Los admiradores de AMLO irán atenuando su entusiasmo y, muy probablemente, disminuyendo. No es necesario ser adivino, por ejemplo, con ese activo grupo de políticos y artistas latinoamericanos auto-considerados estrellas rutilantes del progresismo y que se hace denominar Grupo de Puebla. Destacan por su excepcional olfato. Detectan de inmediato cuando alguno de ellos cae en desgracia.

Estos últimos meses se les ve tomando prudente distancia del ex Presidente argentino Alberto Fernández y del ex Mandatario boliviano Evo Morales. Encuentran “dolorosas” sus conductas que han derivado en gravísimas acusaciones judiciales en su contra. Hasta antes de eso, ambos líderes encandilaban con su resplandor. Ahora, lo más probable es que AMLO, con su ominoso legado en materia de seguridad, se convierta también en un acompañante incómodo. Además, vaya a saber Dios qué asunto desagradable se descubrirá en los próximos meses y años.  

Como nota al margen, la mayoría de los personajes de aquel grupo apoyó con entusiasmo los desvaríos anti-españoles de AMLO, pero seguramente ignoran que el nombre dado a su grupo proviene de la ciudad que recibe su denominación por Francisco Juan de la Puebla, el cura que seleccionaba misioneros católicos para la Nueva España. Dado el deterioro de sus principales figuras quizás el grupo concentre energías ahora en buscar una denominación algo más neutra.

En tanto, el decapitado alcalde mexicano tenía apenas 43 años de edad y, según los datos periodísticos a mano, era una figura emergente en la política del país. Las características de su asesinato (fecha y modus operandi) configuran un desafío gigante a la nueva Mandataria.

Por ejemplo, al haber sido dejada su cabeza sobre el toldo de su vehículo y el cuerpo sentado a un costado de el del chofer, hablan de un deseo de los autores de ser percibidos principalmente como terroristas. Es decir, no quisieron sólo ultimar a este político, sino escenificar un acto terrorista. Cumplieron para ello con las definiciones medulares de terrorismo formuladas por especialistas y documentos ONU, en orden a amedrentar e intranquilizar a la población civil. En los días previos, el secretario municipal había caído en manos de sicarios mientras paseaba tranquilamente por el centro de la ciudad. Una criminocracia en todo su esplendor.

Adrián López Ortiz, director del influyente periódico de Sinaloa, El Noroeste, fue entrevistado hace pocos días por la revista Letras Libres, a propósito de este reguero de violencia que deja AMLO. Hizo un análisis descarnado de lo ocurrido en el tenebroso estado de Sinaloa.

La entrevista es una larga crítica a ese oscilante actuar entre el buenismo, el deambular errático, la impotencia y la corrupción del aparato público. Su narración de la cotidianeidad es desgarradora. Habla de una sociedad, como la sinaloense, luchando por seguir una vida normal, llevando a sus hijos a los colegios, con fábricas funcionando, con comercio abierto y manteniendo una esperanza, aunque sea en un lugar del infinito. López Ortiz describe también un aparato estatal carcomido por la toxicidad.

Subraya la necesidad de parar a tiempo las guerras entre las bandas. En aquel caso, entre los Chapitos y la Mayiza. Comenta que, si ello no ocurre, se instalan inéditas y estériles discusiones jurídicas, que hacen imposible las soluciones políticas. Hoy, la fiscalía, los políticos y los abogados, especialmente en los diez estados con mayor presencia criminal, discuten algo tan bizantino cómo determinar si la captura de un importante jefe narco, conocido como Ismael “El Mayo” Zambada, fue posible por una felonía intra-criminal, susceptible o no de ser calificada de “traición a la patria”.

La enrevesada discusión dice que la caída de Zambada se debió a informaciones “traicioneras” entregadas por el hijo del Chapo Guzmán (exsocio de Zambada en el cartel de Sinaloa y quien cumple cadena perpetua en EE.UU.). El Chapito habría incurrido en delito al entregar información clave para privar a alguien de su libertad en territorio nacional (mexicano) y entregarlo a autoridades de otro país.

¿No son propias del realismo mágico estas aberrantes disquisiciones?

A sólo días de haber entregado el mando, es claro que AMLO entregó un gobierno fallido en cuanto a seguridad. Los desafíos para Claudia Sheinbaum son gigantescos. Deberá demostrar seriedad y que no todo está en fase de descomposición definitiva. Las abominables cifras heredadas de las políticas populistas y clientelares de López Obrador sólo permiten hablar de una criminocracia.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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1 Comment

  1. Creo que al menos una parte de su élite están enfermos de la cabeza o son narcos y funcionales a ellos, no se explica de otro modo. En cuanto a terminar las guerras entre las bandas….ummmm, no sé, quizás sea bueno sé maten entre humanoides, no es mala idea….

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