Llegamos al final del que debió haber sido un debate constitucional, pero terminó transformado en una simple aunque feroz contienda electoral. Una especie de guerra a muerte, en la que todo parece valer y en la que la primera víctima ha sido la verdad. Contienda de la que estuvo ausente el conocimiento cabal y la comprensión del texto que se plebiscitará, pues los partidos oficialistas, seguramente conscientes de que la aprobación del proyecto presentado por el Consejo Constitucional sería interpretada como una nueva derrota para el gobierno, optaron por lanzar cortinas de humo (en verdad cortinas de falsedades) que les permitieron orientar sus críticas hacia cuestiones que no se encontraban en el texto propuesto o hacia consecuencias absurdas de los temas tratados en éste (las más notables quizás sean las toneladas de basura no retirada en los municipios populares, la imposibilidad de obligar a cumplir sus obligaciones a los “papito corazón” o la de no impedir el narcotráfico).
De todo ese mundo de falsedades y distorsiones, las más notables quizás sean las que han permitido a los partidarios del “en contra” manifestarse conformes y hasta cómodos con la Constitución vigente, la misma que en el anterior proceso plebiscitario era el principal blanco de sus ataques. Lo que llama la atención no es que, siguiendo el dictum keynesiano, alguien cambie de opinión cuando cambian las situaciones, sino que lo haga una corriente política completa y que ese cambio haya sido para asumir exactamente la posición contraria a la que sostenían hace sólo un año atrás. Un espectacular viraje en U, en circunstancias que lo único que cambió es la posibilidad de perder una votación. Esos son modales que, con facilidad, podrían confundirse con otras actitudes antes que con el cambio honesto de opinión.
Presionado por la necesidad de justificar lo que no puede sino prestarse para dudas, un personero de tanta alcurnia como el presidente del Partido Comunista -y el Partido Comunista al completo- se ha atrevido a negar lo que había sido hasta ayer la frase favorita de sus militantes: aquella de “la Constitución de cuatro generales”. En su lugar han recordado lo que sistemáticamente habían olvidado e incluso negado: que la Constitución de 1980 fue objeto de importantes reformas en 2005 y ahora lleva la firma del Presidente Lagos. ¿Era verdad hace un año que se trataba de la “Constitución de los cuatro generales” o es verdad ahora que es la Constitución de Lagos? Cualquiera que sea la respuesta lo único cierto es que en una de esas dos oportunidades el presidente del PC faltó a la verdad y que en las dos oportunidades lo hizo con la misma cara de… sinceridad.
En el caso de los militantes del Socialismo Democrático quizás no se trate de faltar a la verdad, aunque es posible que su caso sea más dramático. Y es que, como han declarado algunos de sus personeros más destacados, ellos nunca hablaron de la “Constitución de los cuatro generales” o de la “Constitución de Pinochet” y eran perfectamente conscientes de que a la Constitución de 1980 se le habían hecho importantes reformas durante el gobierno del Presidente Lagos. Por ello hoy pueden declarar que se sienten cómodos con ella, que no hay necesidad de cambiarla, que ha sido eficaz durante las últimas décadas.
Lo dramático de su caso es que, durante buena parte del año pasado, no sólo debieron soportar las diatribas en contra de esa Constitución de parte de sus aliados, sino que, además, y con una disciplina casi militar y en todo caso digna de una mejor causa, se plegaron a las orientaciones provenientes de quienes denostaban una Constitución de la que con justicia ellos podían considerarse autores. Durante todo ese largo período no se escuchó voz alguna proveniente del Socialismo Democrático que defendiera “la Constitución de Lagos” y tampoco se escuchó a alguno de ellos afirmando la conveniencia de mantenerla como Constitución vigente: entonces estaban por el cambio, por el “Apruebo”.
¿Qué sintieron en ese momento? Sólo ellos pueden saberlo, pero no se puede dejar de sentir “incomodidad ajena” al contemplar la comodidad que ellos dicen sentir hoy día con esa Constitución a la que dieron la espalda hace sólo unos meses atrás.
En fin, hay quienes piensan que así es la política. Peor para ellos. Al resto no nos queda más que conservar las esperanzas de que, pasado este período de extravío, podamos concentrar las energías de nuestra nación en volver a convertir la política en un momento de encuentro, de debate de las diferencias para identificar lo que nos es común, en lugar de escenario para la exaltación de las diferencias, la división y, lamentablemente, la mentira.
Después de todo, como escribió Albert Camus en Moral y Política, “mientras haya un ser que acepte la verdad por lo que es y tal como es, habrá lugar para la esperanza”.

Así es. Son increibles los cambios, el año pasado eran soberbios, altaneros, se sabían de memoria los textos y eran desafiante. Hoy, no matan una mosca, cinicos, no conocen el texto, no están interiorizado ni interesado….miserables