“Muchachos, la contienda es desigual”. Así arengó Arturo Prat a sus oficiales al momento de enfrentar al Huáscar en el Combate Naval de Iquique. Esta semana conmemoramos un año más de esa hazaña, en un momento, donde la contienda también es desigual. Esta vez el enemigo no un país vecino, si no que grupos criminales que operan con recursos ilimitados, flexibilidad absoluta y no responden a ninguna nacionalidad, sino que, a puros intereses económicos.
En esa contienda, asume un nuevo Ministro de Seguridad Pública, mandatado a combatir a un enemigo muchas veces silencioso cuyas señales aparecen cuando ya es tarde. Y, al igual que Prat, debe liderar un equipo que sepa cumplir con su deber.
La misión no es fácil pues, no sólo se espera que presente su estrategia y planes operativos, si no que, logre levantar la confianza de los ciudadanos que pusieron en el entonces candidato José Antonio Kast, todas sus esperanzas.
Dicen que la política es el arte de gobernar y, como todo arte debe, al menos contar con dos aspectos claros y complementarios: La técnica, que es la que marca la diferencia y permite construir una excelente obra de arte y, la sensibilidad, que es la que logra que cualquiera, sin importar sus conocimientos pueda sentir algo a enfrentarse a esa obra de arte.
No hay una más importante que la otra, la primera no puede funcionar sin la segunda y viceversa. Entonces, si la política es el arte de gobernar, quienes lideren, desde el ámbito político, debiese contar con un relato, una épica, que acompañe a la técnica y, que desde el ciudadano más lego hasta la más instruida nutra esa esperanza y logre que esas personas lo sigan y perciban esa técnica.
Sin una épica será difícil darle un sentido a una de las principales urgencias del país: La seguridad. ¿Por qué? Porque los chilenos sienten miedo y no necesitan que se lo recuerden. Los chilenos necesitan que, ese artista político, construya, desde la esperanza, su plan. Uno, que demuestre el conocimiento técnico y el compromiso de los equipos por una sola cosa, porque las personas caminen tranquilas por la calle y puedan volver a soñar.
El chileno es resiliente y se levanta después de cada catástrofe. Es parte de su ADN, también lo es la solidaridad y la esperanza. Desde ahí es donde hay que construir el relato. Por eso la seguridad es una urgencia. No para terminar con el miedo, sino que para hacer volar esa esperanza y empuje que tiene cada una de las personas que viven en esta larga y angosta franja de tierra.
Los técnicos, esperan conocer la estrategia y sus planes operativos, es decir, el qué se hará y cómo, pero, los ciudadanos de a pie, necesitan ver a un Ministro que empatice con su problema, que entienda que hoy, quienes viven tras las rejas son quienes debe protegerse de los criminales que circulan por las calles y, que, su único objetivo sea recuperar esas mismas calles para que todos ganen libertad.
La misión no es fácil, pero, Chile ha demostrado que no hay imposible. Si los niños pudieron volver a clase en tiempo récord después del terremoto y un país entero se une todos los años por los discapacitados, podrá, inclinar la balanza a su favor y para eso, el nuevo Ministro, rostro de la seguridad, debe estar acompañado de un equipo que reúna a los mejores técnicos y que construya la épica que falta.

Exactamente.