Argentina atraviesa un momento singular en su historia política y económica. Ante circunstancias sumamente complejas, bajo el liderazgo de Javier Milei, el país está emprendiendo una reforma institucional, económica y política sin precedentes, fundamentada en una intensa batalla cultural librada por el Presidente en los últimos años, que lo condujo a una victoria electoral inimaginable para la mayoría hace apenas un año.
Una vez en el poder, sorprendió en el ámbito político por su rápida adaptación al ejercicio del gobierno. Se ciñó el traje presidencial con naturalidad. Durante su campaña -sin partido político ni financiamiento- y en los primeros meses de mandato, demostró una habilidad extraordinaria para ocupar espacios estratégicos, manejar la agenda pública y sostener un discurso claro y coherente con el ideario liberal clásico, en un país profundamente corporativista y populista. Supo leer la realidad y adaptarse con notable celeridad. Su capacidad para posicionarse incluso desplazó a referentes tradicionales, consolidando su liderazgo en todo el espectro político situado a la derecha del centro.
Uno de sus logros más inmediatos y tangibles fue la erradicación de los piquetes que durante años habían paralizado el país. Puso fin a décadas de caos en las calles, devolviendo a los ciudadanos su derecho fundamental a la libre circulación, al tiempo que desmanteló el sistema clientelista que sustentaba a los punteros políticos. Estas redes de intermediación corrupta desviaban una proporción significativa del gasto social destinado a los más desfavorecidos, perpetuando la dependencia y el subdesarrollo en lugar de aliviarlos.
Más allá de estos logros, Milei se erigió en un símbolo de ruptura cultural. Es el primer líder hispanohablante en décadas que desafía frontalmente la hegemonía del discurso políticamente correcto. Su condena al movimiento woke y al ambientalismo radical, que identifica como una amenaza al progreso humano, ha llevado el debate cultural al núcleo del problema. Occidente no se edificó sobre la victimización ni el resentimiento, sino sobre la responsabilidad individual, la creación de riqueza y el respeto por la libertad. Al señalar que los ataques al uso de la energía -motor del progreso- constituyen una trampa que condena al estancamiento y la pobreza, Milei revaloriza los principios que forjaron la modernidad.
Este triunfo cultural no es insignificante: las ideas son el cimiento que legitima las políticas y las instituciones. Si estas se construyen sobre narrativas débiles o dogmáticas, pierden su propósito y se desmoronan. El progreso depende de un marco cultural sólido que promueva estabilidad, innovación y confianza en el capital. Su victoria contra el colectivismo cultural es estratégica y moralmente necesaria: sin transformar las ideas subyacentes en la sociedad, el cambio político sería superficial.
Y es precisamente este punto el que se refleja en el extraordinario reportaje que The Economist presenta en su portada esta semana, no sólo en relación con la figura de Javier Milei, sino especialmente sobre la necesidad de tomarse en serio las ideas liberales que el presidente argentino promueve para todo el mundo.
Su figura no sólo adquiere relevancia por su intento -y hasta ahora logro- de estabilizar y reactivar macroeconómicamente a Argentina, sino porque es uno de los principales, si no el principal, difusor de las ideas libertarias en todo el planeta. El hecho de que un autodeclarado minarquista en camino hacia el anarcocapitalismo esté aplicando un programa económico inspirado en principios libertarios, y que este esté dando frutos, ha llevado a numerosos gobiernos, intelectuales y medios de comunicación a interesarse y seguir de cerca los principios del liberalismo. Y la prueba es precisamente la portada del mencionado semanario inglés socialdemócrata, cuyo título reza: “Declaración de Javier Milei: mi desprecio por el estado es infinito”.
Pareciera que no somos conscientes de la trascendencia de la coyuntura histórica que vivimos. Esto no significa que la historia haya girado definitivamente hacia el liberalismo en términos de políticas públicas, ni mucho menos. Pero hace un par de años hubiera sido impensable que cualquier publicación seria del establishment político-económico llevara en su portada una frase que alentara abiertamente el desprecio y la desconfianza estructural y radical hacia el Estado. Veremos si se completa el camino que lleve a que una ideología que defendían con mucha convicción, pero sólo un puñado de individuos aislados, acabe convirtiéndose en mainstream. Pero la sola normalización política y social que un grupo creciente de la población, de los intelectuales y de los políticos hace de una enmienda a la totalidad del Estado desplaza la ventana de Overton mucho más cerca del pensamiento liberal de lo que estaba hasta hace poco.
El reportaje detrás de esta contundente portada en contra del estatismo no ridiculiza la figura de Milei ni sus radicales ideas libertarias; al contrario, comienza a tomar seriamente la figura de Milei y, sobre todo, los principios libertarios que inspiran su programa económico. Atención a su texto:
“Javier Milei lleva un año como presidente de la Argentina. Hizo campaña blandiendo una motosierra, pero su programa económico es serio y representan una de las dosis de medicina de libre mercado más contundente desde el Thatcherismo. Conlleva riesgos, especialmente debido a la historia de inestabilidad de la Argentina y a la personalidad explosiva de Javier Milei, pero las lecciones que pueden extraerse también son igualmente impactantes. La izquierda detesta a Milei y la derecha trumpista lo abraza. Pero en realidad Javier Milei no pertenece a ninguno de estos grupos. Ha demostrado que la continua expansión del estado no es inevitable”.
Este reconocimiento es absolutamente crucial. Durante muchas décadas se nos ha vendido la idea de que el único curso que podía seguir la historia es el de un Estado inexorablemente creciente. Y lo que está diciendo The Economist es que el Presidente argentino demuestra que ese no tiene por qué ser el único rumbo posible de la historia. Que el Estado también puede retroceder, y que, por tanto, los liberales tenemos una oportunidad política…
“Milei cree en libre comercio y no en el proteccionismo, en la disciplina fiscal y no en el endeudamiento imprudente, y en lugar de alimentar fantasías populares apuesta por decir verdades públicas por duras que éstas sean. Argentina ha estado sumido en problemas durante décadas con estado clientelizar, políticos que mentían y un Banco Central que emitía para tapar agujeros fiscales. Para disimular la inflación, los gobiernos recurrieron a controles de precios, múltiples tipos de cambio y controles de capital… Milei fue elegido con mandato para dar vuelta este declive. Su motosierra ha revertido el gasto público en un tercio en términos reales, ha reducido a la mitad el número de ministerios (en realidad se pasó de 18 a 8 ministerios) y ha logrado superávit presupuestario. Está ejecutando una destrucción masiva de regulaciones para liberar mercados, desde el alquiler de viviendas hasta las aerolíneas. Los resultados están siendo alentadores: la inflación ha caído desde el 13% al 3% mensual, la percepción de los inversores sobre el riesgo de impago se ha reducido a la mitad (a más de la mitad: de 2400 a 800 bps) y una economía golpeada comienza a mostrar signos de recuperación. Lo fascinante es la filosofía detrás de estas cifras… De tradición liberal es un creyente acérrimo en los mercados abiertos y la libertad individual, tiene un fervor cuasi religioso por la libertad económica, un odio por el socialismo y, como nos dijo en una entrevista esta semana, un infinito desprecio hacia el estado. En lugar de política industrial y aranceles promueve el comercio con empresas extranjeras incluidas las chinas, es un republicano de estado pequeño que admira a Margaret Thatcher, su popularidad está aumentando y en este punto de su mandato es más popular en la Argentina que sus predecesores recientes lo fueron en el suyo”.
Es decir, que es posible ganar elecciones, gobernar y ser muy popular con principios liberales, al menos si se dan ciertas condiciones objetivas para que ese fuego prenda en la sociedad.
“No nos equivoquemos. El experimento de Milei todavía podría salir mal. La austeridad ha producido un aumento de la pobreza que saltó al 53% en el primer trimestre del 2024 desde el 40% de un año antes. Milei podría tener dificultades para gobernar si la resistencia crece y la oposición peronista se organiza mejor. La confianza de los inversores será puesta a prueba si finalmente elimina los controles de capitales y mueve un peso sobrevaluado a un tipo de cambio de régimen flotante. Una caída de la moneda podría generar nerviosismo y hacer que la inflación vuelva a aumentar… Pero el primer año del gobierno de Milei deja lecciones para el resto del mundo… Quizás la mayor lección de Javier Milei sea acerca de su valentía y coherencia porque, gusten o no, las políticas de Milei están alineadas entre sí lo que amplifica su impacto… Al ganar batallas políticas para lograr reformas legislativas difíciles pero necesarias ha demostrado que los votantes si bien han estado acostumbrados a las banalidades de la política son personas a las que se les puede mostrar verdades aunque sean duras… Puede que no salve a la Argentina pero su intento de confrontar de manera coherente y sistemática una de las encarnaciones más extremas de lo que ahora es un problema casi universal merece ser observado de cerca en todo el mundo”.
Que The Economist haga un alegato tan claro y contundente en favor de tomar en serio las ideas liberales -no necesariamente de abrazarlas, sino de volver a pensarlas y de introducirlas en el debate público- es, sin duda, una victoria cultural que muy pocos podíamos imaginar que se produciría en 2024.
Que después de tantos años de retrocesos continuados de la libertad en todos los aspectos de la vida cotidiana y de los espacios de la sociedad civil, fagocitados por un Estado exponencialmente creciente, entre en el debate público mainstream la idea de que el Estado no es irreversible y de que incluso puede ser muy positivo reducirlo de manera radical, es algo que no se esperaba. Y se ha producido casi exclusivamente por la batalla cultural, por la guerra de las ideas que ha librado durante años Milei -de manera exitosa dentro de Argentina- y que ahora está comenzando a librar, también muy exitosamente, fuera del país. El reportaje de The Economist es una de las pruebas más palpables. Ojalá que la discusión y diseminación de ideas liberales siga avanzando al ritmo que lo ha hecho en los últimos años, y que el ejemplo reformista, incluso revolucionario, de Argentina se reproduzca en otras sociedades de nuestro socialdemócrata planeta.

Excelente