La semana pasada en Chile se inicio “la temporada de protestas”. La Confech y otras organizaciones sociales lograron reunir a 4.500 personas, menos de lo esperado por ellos. Como siempre, lo que supuestamente era una marcha pacífica, terminó en vandalismo, bombas molotov, carabineros heridos y una estudiante apedreada. Hubo detenidos y aún, sin tener el tan necesario registro de vándalos, veremos qué les va a suceder. Está por verse si de una vez por todas en Chile reinará el imperio de la ley.

Hablamos de temporada de protestas porque es la primera de muchas que están por venir. La izquierda antidemocrática no tolera que la derecha gobierne. No soporta perder el poder y necesita de la violencia para no desaparecer. Igual que en los dibujos animados de Warner Brothers, el conejo de la suerte (Bugs Bunny, no confundir con Bad Bunny) la frase “temporada de conejos” buscaba engañar al oponente. Por eso “la temporada de protestas” busca también engañar a la opinión publica victimizándose, buscando deliberadamente ser reprimidos.

Dicen marchar por supuestamente una causa justa, en este caso los recortes y las posibles afectaciones que se causarían por los mismos. Es decir, aún no han sido afectados y ya marchan. Buscan engañar como el Pato Lucas cuando intenta convencer al cazador Elmer Gruñón que es temporada de conejos para que cace a Bugs Bunny. Haga lo que él desea, pero no puede.

No son manifestantes pacíficos, al menos no todos. Puede haberlos, siempre están “los tontos útiles” dispuestos a ser serviles a los “titiriteros” que son los que manejan los hilos y tienen otras intenciones. Había, como siempre, mucho adulto, claramente no estudiante. Estaba Mario Aguilar, presidente del Colegio de Profesores, un activista político de izquierda que no pisa un aula desde hace décadas. Un hombre que lucra del activismo político y dice ser “pacifista”. Fue entrevistado por un canal de televisión en medio de la marcha y sus declaraciones al aire fueron diametralmente opuestas a lo que se veía en las imágenes. Resultó más irónico y contradictorio que los dibujos animados de Looney Tunes. Aguilar aseguraba que la protesta era pacífica, que era indignante que no los dejaran machar por la Alameda, el lugar clásico de toda manifestación y que la represión había sido desmedida. Mientras hablaba se asustó por el ruido de un petardo, haciendo un movimiento “de alguien que esquiva” y luego, en la imagen en segundo plano, se vio pasar a varios encapuchados con bombas molotov en la mano. Claramente “temporada de conejos”, un engaño.

Sabíamos que las marchas y las protestas volverían. Las habían anunciado incluso durante la campaña. No hubo protestas de ningún tipo, incluso en situaciones indignantes, en los cuatro años en que fueron gobierno.

Las Tesis no marcharon frente al escandaloso caso Monsalve. No hubo marchas por el alza de la luz. Tampoco por el robo evidente del caso Fundaciones, donde “se embolsaron” el dinero dispuesto para los más pobres. Nada les indignó, tenían el poder. Ya en campaña calentaron motores, anunciaron molestia social y amenazaron con sacar de la tumba al “octubrismo”.

La semana pasada vimos activistas, estudiantes y lumpen, esos a los que algunos llamaban “jóvenes soñadores”. Personas con rabia que, movidos por distintas frustraciones, están dispuestos a destruir cualquier cosa, verdaderos vándalos. Esto sucede justo tras la Cuenta Pública en la que se anuncia, entre muchas otras cosas, impulsar desde una ley -que requiere aprobación del Congreso- la creación del Registro de Vándalos que busca privar de beneficios sociales, tales como la gratuidad universitaria o la PGU, a quienes cometan delitos e incivilidades en el marco de las “protestas pacíficas”. No criminaliza la protesta sólo busca sancionar a quienes usando la protesta cometan crímenes.

La ley sanciona el vandalizar, romper, quemar, destruir la propiedad pública o privada y en el derecho hay un principio que establece “nullum crimen sine lege” es decir, no hay delito sin ley. Debe estar tipificado para poder ser sancionado. Esta ley, junto a proyectos como prohibir las capuchas y el rostro cubierto, permitirán separar “la paja del trigo”. Con estos instrumentos no se podrá llamar tan fácilmente a “temporada de conejos” para usar la violencia como método de acción política buscando imponer por la fuerza lo que no se ganó en las urnas.

La opinión publica se cansó del “octubrismo”, no quiere protestas violentas, tampoco está llana a las marchas y las encuestas dejan más que claro que el empadronar y sacar del sistema a los vándalos es algo altamente popular. Chile quiere orden, la izquierda radical perdió todo, incluso la popularidad. Elmer entendió que todo era una trampa.   

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3 Comments

  1. Es necesario empadronar y sancionar a los vándalos. No hacerlo es sinónimo de apoyarlos y estar en contra de la opinión de la mayoría de los chilenos.

  2. Totalmente de acuerdo. Ojalá que el hastío popular por la violencia se mantenga. Materia de fe, porque la memoria corta es tradicional de la sociedad chilena.

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