Hola. Soy Chile y tengo una adicción a los retiros de fondos de las AFP.
La verdad, no sabría bien decir cuándo comenzó. Algunos doctores me han dicho que fue con el primer retiro aprobado en el Congreso, pero creo que se equivocan; aquello fue, efectivamente, el primer síntoma axiomático, pero creo que subterráneamente el germen se venía desarrollando desde antes. ¿Desde cuándo? No lo sé con claridad, pero recuerdo que el abogado Atria empezó a provocar reacciones en mi organismo cuando se puso a presentar recursos de protección para que algunos jubilados pudieran sacar anticipadamente sus platas ahorradas. No lo consiguió… pero logró instalar el bichito.
¿Por qué me gustan tanto los retiros? Porque nada produce tanto placer como toparse con platita contante y sonante, de un día para otro. Piense que usted se pone una chaqueta, después de varias semanas, y se encuentra un billete de 10 lucas que había olvidado ahí. Yo, como soy un país, no uso chaquetas, pero la sensación es la misma; da lo mismo si esa plata hará falta más adelante. Los ciudadanos, que son algo así como mis glóbulos rojos, tienen un marcado sesgo hacia el presente. Y los retiros de fondos son una droga químicamente diseñada para provocar placer instantáneo. Ante eso, la responsabilidad por el futuro pasa a un incómodo segundo plano.
Desde que se hizo palmaria mi adicción, los que me gobiernan han estado en contra de los famosos retiros. Son como la insufrible conciencia en mi corteza cerebral. Y curiosamente, quienes hoy están a cargo de hacer ese juicio reflexivo, antes eran los guaripolas de estos estupefacientes. Francamente, no lo entiendo. Hace unos meses me decían que consumiera más y más de estos narcóticos, y ahora me dicen que no me hacen bien, que ya he consumido demasiado. ¿Será que ahora recién se preocupan de mi salud?
Da lo mismo, en todo caso. Ya soy adicto, y no voy a parar porque el administrador de turno me lo ordene. Mis venas me lo piden, y no les asusta ni el fantasma de la inflación, ni el daño que puede provocar en las futuras pensiones. Hay necesidades y punto. Aunque, por cierto, ese es un argumento engañoso… ¿es posible pensar en algún momento, en el pasado o en el futuro, en que no hayan necesidades? No tiene mucho sentido. Pero filo, la gracia de tener una adicción es que no me tengo que preocupar por la integridad de mis argumentos.
Eso sí, hay algo que me intranquiliza, y no me deja dormir por las noches. Y no es el reciente rechazo del quinto retiro… sé bien que vendrá un sexto, y después un séptimo. Sólo es cosa de esperar un poco, ver cómo va la inflación, el dólar, qué pasa con la Convención, o por último, esperar la Navidad. No. Lo realmente dramático es saber qué va a pasar una vez que se acaban los fondos de las AFP. Porque este no es un saco sin fondo. Ya sea porque se nacionalicen los fondos, o porque se terminen vía retiros, llegará un momento en que no voy a poder acudir a este narcótico. Y eso es realmente terrible. Ya estoy hecho un adicto, y no quiero pensar en el síndrome de abstinencia que se vendrá ahí.
¿Qué pasará entonces? ¿Tendré que pedirle a los gobernantes de turno un bono en cada período estival? Prefiero no pensar en eso. No aún. Y para pasar la ansiedad, nada mejor que una pequeña dosis de mi droga. Una no más. Lo juro. Por favor.
*Roberto Munita es abogado.
