Pocas dudas caben. En el escenario internacional se está produciendo un tránsito desde la actual versión del multilateralismo, formada tras el fin de la Segunda Guerra, hacia la Realpolitik. Es decir, hacia donde predomina una cruda lógica transaccional. 

El panorama se advierte convulso y desafiante, especialmente para países intermedios, como Chile, que han hecho de esta herramienta la opción básica de su conducta exterior y su escudo retórico. Existe miedo a caer en un limbo geopolítico. 

Mucha falta por debatir acerca de los motivos de esta transformación. Preliminarmente, se divisan dos. 

Por un lado, la creencia que el enfoque globalizador basado en el derecho internacional irradiaba una superioridad tanto moral como política. Como resultado, los multilateralistas anteponían las generalidades y el lenguaje alambicado. Prefirió siempre la ambigüedad. Y cuando las cosas se ponían difíciles, recurrían al “síndrome del avestruz” (la conocida metáfora usada en sicología para describir la pulsión que inhibe la capacidad de afrontar una situación adversa y preferir enterrar la cabeza en la arena). 

Por otro lado, las actitudes divisivas frente a desvaríos dictatoriales y deformaciones de la democracia terminaron haciendo del multilateralismo clásico una herramienta poco útil. Cuando percibía deformaciones de derecha se mostraba implacable, cuando las percibía de izquierda lo hacía de forma condescendiente y permisiva. 

Así ocurrió frente a la Venezuela bolivariana. Eso explica los lamentos ante la operación “Resolución Absoluta”. Y, pese a las lágrimas por el destino de Maduro, no tienen respuestas convincentes ante la pregunta, ¿qué les impidió frenar las derivas despóticas durante 25 años? 

Ante Chávez y Maduro se actuó con harta cautela. Como si no se quisiera herir susceptibilidades. La benevolencia multilateralista se limitaba a llamamientos verbales, resoluciones, diagnósticos, misiones de buenos oficios, procesos de acercamiento y algunos pronunciamientos altisonantes. Ante tamaña indulgencia, ocurrió lo obvio. Gente fanática llegó a decir cosas increíbles, como describir a esa dictadura -una de las mayores tragedias políticas latinoamericanas de las últimas décadas- como una “democracia distinta”.

También se puede hilar más fino. El no reconocimiento del contundente triunfo de Edmundo González el 28 de julio de 2024 constituyó un gravísimo acto de usurpación, incluyendo, previamente, amenazas y coacciones de todo tipo, tanto a candidatos como a electores. ¿Pudo hacer algo la arquitectura multilateral para contrarrestar una violación tan flagrante de la voluntad democrática?

Para ser fieles a la totalidad del problema, el debate sobre el deber y el cumplimiento del derecho internacional -que tanto invocan los críticos de la operación estadounidense- no se desató el 3 de enero. Partió mucho más atrás. Probablemente a febrero de 1999, cuando se inició el mandato Hugo Chávez.

Después de aquella fatídica fecha, hubo decenas de momentos en que los partidarios del multilateralismo clásico pudieron haber dado pruebas de efectividad. 

Sin embargo, se observó incapacidad manifiesta -quizás por naturaleza o por simple negligencia- para detener el éxodo de casi nueve millones de personas. Tampoco se opuso con firmeza a las masivas arbitrariedades y a la represión callejera practicadas por los “colectivos bolivarianos”, esas bandas de motoristas paramilitares dedicadas a una brutal violencia. Hubo silencio frente a la mutilación de la libertad de prensa. Nadie reaccionó ante el desparpajo con que el régimen bolivariano se mofaba, una y otra vez, de los diálogos de paz auspiciados por terceros países o por organismos internacionales (OEA, Grupo de Lima, ONU). Fue impotente a la hora de promover vías medianamente pacíficas que permitiesen una transición acordada, pactada.

Todo lo señalado ayuda a entender que la benevolencia multilateralista terminó siendo la responsable principal de su propia obsolescencia. Por eso, la extracción de Maduro debe ser vista como lo que es; un prólogo.

El orden multilateral sugería estimar como “sagrado”, por ejemplo, el principio de no intervención. Originalmente fue visto como una manera de garantizar la autodeterminación de los pueblos. Pero la conducta divisiva y el síndrome del avestruz lo fueron debilitando paulatinamente. 

Aquel principio, al igual que desvaríos y deformaciones de diverso tipo, se digerían hasta 1989 en el entendido que el ambiente de Guerra Fría era el marco superior. Sin embargo, al desaparecer, la no intervención perdió su razón de ser. Un presidente uruguayo señaló con pertinencia, “el principio de no intervención no puede funcionar hoy como una coraza para tiranos”. 

Otro importante equívoco importante proviene de esa especie de dictum, surgido en los debates actuales, respecto a lo inaceptable que sería el carácter fungible en que ha caído la soberanía. Se insiste en que sería intangible. La historia de las relaciones internacionales no acompaña tal aserto. Innumerables fueron las ocupaciones militares de parte de las superpotencias durante la Guerra Fría; incluso dentro de la propia Europa. La verdad es que el mundo nunca ha sido una taza de leche y, aunque el concepto de soberanía se había reforzado, siempre hubo algo de big stick.

Por estos días se ha hecho audible otra visión catastrofista. Nos estaríamos acercando al borde de un precipicio. Ello no tiene asidero. Las ideas y visiones de los asuntos internacionales son dinámicos; en constante mutación. Cada cierto tiempo, lo vigente da muestras de deterioro y sobrevienen cambios sustantivos. A eso se asiste ahora, cuando la lógica transaccional absoluta empieza a ocupar el escenario. El momento más parecido a esto fueron las transformaciones ocurridas a fines del siglo 19. Ahí se abrió paso la Realpolitik. Tres siglos antes la había desplegado un gran estadista, Armand Jean du Plessis, más conocido como duque de Richelieu.

En síntesis, el multilateralismo clásico naufragó al confundir equidistancia con pasividad y formalismo legal con inacción. Abusó de las acrobacias verbales. El paso del tiempo y los cambios de contexto hicieron el resto.

El nerviosismo está dado, en consecuencia, por las nostalgias propias de cada época que desaparece; en este caso apoyadas en las certezas que entregaba la noción de multilateralismo consolidada tras la Segunda Guerra. “Fue lindo mientras duró”, como dicen varias canciones populares. 

Mientras se produce el recambio de élites, se percibe miedo a los nuevos latidos del mundo. El desafío es muy interesante.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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