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Credit: @CasaRosada

La anécdota fue narrada por el mismo Obama, en el programa The Tonight Show de Jimmy Fallon, mientras aún era Presidente: Obama contó que él era un tipo bastante tecnológico antes de convertirse en Presidente, que ostentaba tener una Blackberry cuando pocos tenían una… pero fueron pasando los años, y ya en la Casa Blanca se dio cuenta que nadie seguía usando Blackberry. Entonces logró que sus asesores le entregaran un Smartphone de última generación, pero le advirtieron que, por razones de seguridad, este teléfono no podía tomar fotos, ni enviar textos, y no tenía internet ni acceso a twitter… o sea, ¡era básicamente un iPhone de juguete!

La anécdota sirve para tomar conciencia del tremendo quilombo en el que se ha metido el Presidente de Argentina, Javier Milei. La historia, a esta altura, es archiconocida: Milei publicó en X la noticia de una criptomoneda, apenas 5 minutos después de creada, invitando a invertir en ella. Obviamente, considerando que es una celebridad de las redes sociales, con casi 4 millones de seguidores en X, su difusión provocó un alza de precio abrumante y una recaudación de 4 mil millones de dólares, tras lo cual, los fundadores retiraron su inversión (operación conocida como “rug pull”), con el consiguiente desplome de la moneda. Se estima que más de 40 mil personas perdieron cuantiosos ahorros, en cosa de horas.

Las preguntas que subyacen, entonces, son varias: ¿debe tener un Presidente acceso libre para tuitear lo que sea? ¿Hay algún problema ético, comercial, político, en que un Jefe de Estado divulgue información sobre un negocio que potencialmente puede convertirse en una estafa? Algunos han defendido al Presidente argentino diciendo que cometió un “error de buena fe”, pero incluso si ese fuera el caso, ¿es tolerable que la autoridad máxima de un país esté en condiciones de cometer un error de buena fe, que puede acarrear no sólo un desastre económico, sino también una pérdida de confianza en la institucionalidad pública?  Probablemente son pocos los presidentes tan precavidos como Obama (es cosa de ver cuánto y cómo tuitea hoy Trump), pero lo cierto es que casos como el de Milei son una alerta para que nos tomemos en serio las repercusiones que puede tener un simple posteo, por parte de una autoridad.

En esto no hay que perderse: lo que le pasó al Mandatario trasandino le podría haber pasado a cualquier influencer con millones de seguidores. Pero en el caso de Milei, él tiene un rol y un compromiso distinto. Y no es único en el mundo. Todos quienes tengan a su cargo administraciones de Estado, o sean autoridades públicas, deben entenderlo así: la gente muchas veces deposita su confianza en los dirigentes políticos -especialmente cuando han votado por ellos- y, por tanto, lo que está en juego es mucho más que el rol de autoridad: es la certeza en la fe pública.

En definitiva, lo que ha ocurrido con Milei es una advertencia ineludible: las redes sociales no son un juego, y el celular no puede ser un juguete, cuando se está al mando de un país. Un tuit no es sólo un mensaje; puede ser una señal de mercado, una afrenta diplomática (ejemplos hay por montones) o, en este caso, un golpe a la confianza pública. La anécdota de Obama ilustra la prudencia de un equipo que entiende los riesgos, mientras que el episodio de Milei nos recuerda lo que pasa cuando esa prudencia se pierde. No se trata de censura ni de limitar la libertad de expresión, sino de asumir que la investidura presidencial conlleva responsabilidades que van mucho más allá de los 280 caracteres.

Director de Administración Pública UNAB

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