educación

Cada país que ha crecido sostenidamente encontró su camino. Entre ellos hay Estados grandes y pequeños. Impuestos altos y bajos. Economías con estrategias productivas distintas. Territorios ricos en recursos naturales y otros casi sin ellos.

Sabemos qué importa: estabilidad macroeconómica, apertura al mundo, competencia, facilidad para emprender, instituciones que funcionan. Los países las combinan de maneras distintas, y ninguna basta por sí sola para sostener décadas de crecimiento. Pero si hoy debemos elegir una prioridad, la respuesta es educación. Potencia todas las anteriores, y además, el empleo, la innovación y la movilidad social.

Sobre todo, educación temprana y de calidad. Temprana, porque aprender es acumulativo y cada capacidad facilita la siguiente. Y de calidad, porque ahora importa más que nunca.

De la prueba PISA ya se dijo lo peor: seis de cada diez estudiantes sin competencias básicas en matemáticas. Se comentó menos que en ciencias rendimos por debajo de lo que nuestro gasto permitiría. El desafío es mejorar cuánto aprendemos, y también qué.

Desde Sócrates hasta hace una generación, educar consistió en transmitir conocimiento. La información era escasa. Aprender significaba acceder a ella, comprenderla y recordarla.

Hoy ocurre lo contrario. La información sobra. Un teléfono entrega en segundos más que la mayor biblioteca. La inteligencia artificial va más lejos, con respuestas sofisticadas, instantáneas y plausibles sobre casi cualquier tema.

Y sin embargo, eso hace al profesor más importante. Su valor ya no está en transmitir información, sino en enseñar qué hacer con ella: razonar, contrastar fuentes, distinguir evidencia de opinión. Distinguir al sabio del gurú, al médico del antivacunas, al científico del terraplanista. Cuando las respuestas son infinitas, lo escaso es la pregunta correcta, la atención, la confianza y saber qué vale la pena resolver.

Imaginemos a Sócrates de regreso. En un hospital encontraría un mundo irreconocible. Resonadores, antibióticos, cirugía robótica. Luego entraría a una sala de clases. Allí se sentiría en casa. Un profesor adelante. Estudiantes escuchando. Gran parte del aprendizaje dedicada a recibir y recordar información.

Justamente lo que dejó de ser escaso.

El conocimiento sigue siendo la base. La tarea es construir sobre ella criterio y capacidad de seguir aprendiendo. Eso exige nuevos currículos, otras formas de enseñar, integrar la IA al aula. Otro dato de PISA lo confirma: quienes usan la IA para aprender rinden más; quienes la usan para las tareas, menos. Es la calidad que hoy importa, y vale más cuanto antes llega.

Chile apostó por el otro extremo del ciclo educativo: la gratuidad universitaria.

Su fin es correcto. Nadie con talento debiera dejar de estudiar por falta de recursos. Pero ese fin no exige gratuidad; basta financiamiento contingente al ingreso. El diseño de 2005 tuvo serios defectos. Uno bien hecho cobra según lo que cada persona gana y protege ante trayectorias adversas.

La gratuidad incluye la educación técnico-profesional, pero los estudios de su primera cohorte muestran que desplazó beneficiarios hacia la universidad y hasta redujo su probabilidad de graduarse. Para muchos, una buena formación técnica ofrecería mejores perspectivas laborales. Para Chile, capacidades productivas indispensables.

Y hay algo más grave. Cada peso para quien ya llegó a la educación superior compite con quienes recién comienzan. A la edad de entrar a la universidad, buena parte de las diferencias de oportunidades ya está hecha.

Por eso la gratuidad en la educación superior puede ser una de las peores políticas públicas de las últimas décadas. El presupuesto 2026 le destina unos $2,6 billones, más del doble de todo el presupuesto destinado a jardines infantiles. Persiste por una razón: sus beneficiarios votan y se organizan; los niños de tres años, no. Y eso, sin contar el daño al financiamiento universitario y a la investigación, que merece una columna aparte.

El país necesita crecer más. Crecer exige aprender mejor y, en tiempos de inteligencia artificial, aprender siempre. Pero para aprender siempre, hay que empezar bien.

Lamentablemente, partimos por el final.

Participa en la conversación

1 Comment

Deja un comentario
Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.