Sin duda, la Comisión Experta está haciendo bien la pega. No lo digo yo, lo dice un sinnúmero de voces -incluyendo incluso a acérrimos defensores de la actual Constitución, como Arturo Fermandois– que se han dedicado a alabar no sólo el tono de la discusión (indicaciones firmadas por todos los integrantes de una comisión; votaciones aprobadas por unanimidad) sino también los temas sobre los que la Comisión ha empezado a hincar el diente. ¿Un ejemplo? La famosa norma que impediría que partidos con menos del 5% de los votos se integren al Congreso.
Si bien aún no sabemos mucho sobre otros cambios al sistema electoral -amigos expertos y futuros consejeros: este un excelente momento para hacer cirugía mayor al sistema proporcional- la regla del umbral del 5% es desde ya una buena noticia, pues ayudará efectivamente a combatir la excesiva híper-fragmentación que hoy sufre nuestro sistema político, y que nos tiene con más de 20 partidos con representación en el Congreso.
Erróneamente, en los últimos días se ha dicho que sólo seis partidos quedarían dentro de la Cámara (pues, simulando la elección de diputados, sólo el PC, PS, PDG, RN, UDI y Republicanos obtuvieron más del 5%). Eso es no entender la lógica del juego político. Si algo nos han enseñado los viejos maestros de la ingeniería electoral, como Dieter Nohlen, Giovanni Sartori o Juan Linz, entre otros, es que los sistemas electorales tienen un directo efecto en el comportamiento de los partidos; una vez que cambian las reglas, cambiarán también las estrategias de éstos.
¿Qué pasaría entonces, si se aplicase la regla del umbral del 5% en Chile? La respuesta es obvia: muchos partidos se fusionarían. Pasaríamos, así, del paradigma de los partidos repartidos, a los partidos compartidos.
¿Cómo serían estos mega-partidos que resultarían de las fusiones? Con Benjamín Lagos realizamos un informe para el think tank Balotaje Chile, que se encuentra disponible en Instagram y Twitter. Considerando las distancias ideológicas de los 21 partidos que se presentaron a la elección de 2021 y que quedaron bajo el umbral (sí, en la última elección hubo 27 partidos en competencia), creemos que las fuerzas políticas se podrían estructurar en unos 7 mega-partidos, de los cuales 4 de ellos entrarían fácilmente al Congreso: “Apruebo Dignidad” (FREVS y PEV); “Frente Amplio” (CS, RD y Comunes); la “Concertación” (DC, PPD, PR y PL); y el “Centro liberal” (CU, Ciudadanos, Evópoli y el PRI).
Como contrapartida, los restantes tres mega-partidos quedarían fuera: la llamada “Izquierda progresista” (PRO y PH); la “Izquierda purista” (Igualdad, UPA y PRT); y la unión de tres micro-partidos conservadores, a los que hemos llamado “El Porvenir de Chile”, en recuerdo de aquella inolvidable fundación noventera. Eso sí, hay que señalar que los dos primero quedan muy cerca de alcanzar el 5%, y si lograsen ponerse todos bajo un mismo paraguas (algo así como la “Izquierda Unida”), bien podrían acceder a la Cámara, y se constituirían como el onceavo partido.
De esta manera, queda en evidencia que una medida como la del umbral podría contribuir decisivamente a reducir la cantidad de partidos en Chile, y evitar la proliferación de partidos-pymes, con uno o dos caudillos, pero sin una real representación a nivel nacional. No obstante, la idea de los partidos compartidos no está exenta de riesgos: las tiendas políticas funcionan de alguna forma como clubes o tribus, cada uno con una cultura organizacional propia. No es llegar y mezclar a quienes provienen de distintas tradiciones. Quizás sería más fácil para partidos como el PS o el PPD, que provienen de un tronco común, pero esto podría implicar altísimos costos de transacción, o reabrir experiencias traumáticas en algunos casos (es cosa de recordar que la UDI, alguna vez, fue parte de RN). Luego, tendremos menos partidos, pero con más lotes, y por lo mismo, extremadamente difíciles de manejar.
Pese a lo anterior, la Comisión Experta ha dado un buen paso al poner este tema en la agenda pública y permitir así una discusión honesta y desapegada sobre el tipo de partidos que debemos tener en Chile. No ha corrido la misma suerte, empero, la propuesta de quitar el escaño ipso facto al parlamentario que abandona un partido o que -incluso- es expulsado. Esta es una medida que le otorga un poder inusitado a las cúpulas de los partidos, y que mal utilizada puede ser motivo de amenazas y matonaje.
No dudo que haya que avanzar a una mayor lealtad partidaria y a tener mecanismos que eviten el discolaje, problema que se ha convertido casi en un deporte nacional. Pero de ahí a caer en la pérdida anticipada de un escaño, por un simple hecho político, es algo que no le hace bien al sistema de partidos. Sean estos repartidos, o compartidos.
