“Ministro, usted en tres meses se convirtió en el ministro que más ha perjudicado a los chilenos desde 1990”, le dijo el senador comunista Daniel Núñez a Jorge Quiroz en medio del debate sobre el proyecto de megarreforma. Basta con pensar en el estado de las finanzas tras la gestión del gobierno pasado para sentir la pesadumbre que provocan los delirios macondianos grandilocuentes que glorifican con palabras fantasiosas la falsedad, la destrucción y la miseria. Profundicemos desde otra vereda.
Existe en la lucha política un aspecto que pasa desapercibido y es clave para comprender lo desigual de la contienda entre demócratas y totalitarios, libertadores e igualadores, soberanistas y globalistas: mientras los primeros logran beneficios para amigos y adversarios, los segundos, desde la violencia política, el robo vía impuestos y la destrucción de los límites a la injerencia estatal en la vida privada logran beneficiarse a sí mismos.
Y es que son ellos, sólo ellos -los elegidos por el tirano, el planificador estatal o los organismos internacionales- quienes, tras la imposición de su proyecto, integrarán la burocracia, casta privilegiada en todos los países comunistas y socialistas. Ellos son los más iguales entre los igualados. En simple, la batalla de unos se traduce en el bien de todos, mientras la de los otros no sólo es en beneficio propio, sino, además, hipócrita, puesto que se viste con los ropajes del amor por la humanidad. ¿Puede imaginarse algo aún peor? Por supuesto, no contentos con engañar a partir del uso y abuso de una sofística macondiana, acusan de explotadores, autoritarios y violadores a los DD.HH. a esos enemigos políticos que los benefician. ¿Enemigos? Sí, en palabras de Carl Schmitt, intelectual de cabecera de la izquierda caviar: “Los conceptos de amigo, enemigo y combate adquieren su significado real por el hecho de que se refieren y vinculan de modo especial a la posibilidad real de la eliminación física. La guerra procede de la enemistad, ya que ésta es la negación ontológica de otro ser”.
Quizás había usted notado este modus operandi en la izquierda antidemocrática. Pero poner el énfasis en el hecho de que esa misma izquierda se beneficia de los logros de la derecha, es clave. Mayor crecimiento, mayor recaudación de impuestos, más trabajo para los operadores políticos, mayor número de empresas para capturar a través de los sindicatos y ríos de plata para la basura que ellos llaman cultura. ¿Hay algo más que agregar?
¡Por supuesto! Al carácter macondiano propio de la sofística totalitaria es necesario sumarle un tipo criollo de ideología: el octubrismo. Analicemos en qué consiste a partir de la exposición del exdirector del Servicio Nacional de Migraciones, Luis Thayer, en la sesión de la Comisión de Gobierno Interior de la Cámara Alta: “Vamos a defender nuestros argumentos que no sólo están en la defensa del interés superior del niño, en la obligación de defenderlos, sino también en las facultades que otorga el estatuto administrativo, a las jefaturas de servicio”, Si contrastamos esas declaraciones con el informe de la Contraloría respecto a la legalidad del Memorándum N° 1.886 firmado por Thayer, podremos develar la quintaesencia del octubrismo. Es de público conocimiento que en dicho informe se establece que Thayer excedió sus facultades al flexibilizar los requisitos de documentos para la reunificación familiar de menores haitianos. Asimismo, la auditoría detectó la validación de certificados vencidos o sin apostillar y ordenó sumarios administrativos por actuar al margen de la ley.
Thayer dio muestra de un rasgo de nuestra izquierda caviar criolla, cual es que no importan la realidad, la verdad fáctica, lo hecho incluso con intenciones de las que la ciudadanía tiene certeza no sólo intuitiva sino que basada en la evidencia; si el redset afirma ser moralmente superior, haber dejado las arcas fiscales llenas, tener facultades legales inexistentes, no ser parte de casos de corrupción ni tener aliados criminales o una estrategia para horadar la gobernabilidad del país, entonces los demás debemos someternos a su microfísica del poder y agachar el moño.
Quisiera aclarar los rasgos del tipo psíquico octubrista analizando a un personaje representativo que marcó un hito en las salas de cine, curiosamente, justo en el momento de mayor apogeo del octubrismo, el Joker. Muchos expertos en psicología forense indican que encaja en el perfil de un psicópata con un alto grado de sadismo, frialdad y encanto superficial para manipular. Su discurso no expresa creencias, ideas o emociones genuinas puesto que es efecto de un espasmo ofensivo. No acepta las reglas que se da el pueblo soberano; él es el soberano en la medida que tiene el poder de suspender las reglas y dejar al Estado sin derecho. En su mente afiebrada por el narcisismo que asfixia la magia y la maravilla del pensamiento macondiano, el poder y la soberanía no emanan de una norma jurídica previa, sino de una decisión política absoluta que crea el orden desde la nada. Y, en el colmo del paroxismo, el creador del mundo es… ¡adivinó! Él mismo.
Buena es la noticia de un socialismo democrático que poco a poco empieza a despertar de la intoxicación octubrista desmarcándose de la estrategia de Thayer en su apuesta por defender sus atribuciones y gestión. Y es que incluso los macondianos debiesen alejarse de su sonrisa quebrada y tono estridente, reflejo de una psique fragmentada que sólo conoce la manipulación psíquica en el ejercicio de la microfísica del poder y el disfrute que le provoca la genuflexión de sus enemigos. Volviendo a nuestro ejemplo (que podríamos multiplicar en varias fojas) pareciera que la contralora no supiese cómo arrodillarse frente a la mentira, la corrupción, el descaro y la manipulación. En su gestión, el octubrismo macondiano se ha encontrado a una de sus mayores enemigas. Dios quiera que su ejemplo sirva a muchos hoy arrodillados, para que vuelvan a ponerse de pie.
