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Cambiar de reglas para no cambiar de comportamiento

Existen dos consensos que son distintos, pero que se pueden confundir, uno es fácil de asumir y el otro es muy exigente. El acuerdo fácil es que hay que cambiar nuestro sistema político a fin de que sea posible conformar mayorías estables, lo difícil es cambiar los comportamientos disruptivos que hoy son muy usuales.

El consenso sencillo consiste en hacer cambios al sistema electoral para que disminuyan los partidos, modificando las reglas que permiten salir electo por una tienda, luego abandonarla y mantener el escaño en el Parlamento.

Los más astutos hacen un sinónimo de ambos acuerdos transversales, porque los deja cómodamente instalados manteniendo sus viejas costumbres, mientras dan muestras de estar muy interesados en perfeccionar nuestra democracia.

Hay una forma egoísta de aportar al bien común que consiste en procurar que los demás cambien para seguir como siempre, incluyendo, por supuesto, los defectos.

Si se quiere perfeccionar el diálogo democrático no importan sólo las reglas que se usan sino lo que se dice, la capacidad de escuchar y la voluntad de establecer acuerdos con efectos perdurables. No se puede tener una mejor democracia sin tener mejores demócratas.

Una parte del problema es eliminar interlocutores innecesarios que distorsionan las negociaciones. No fueron los actores pequeños los que han impedido los acercamientos entre bloques, sino su debilidad interna para salir a negociar con respaldo. Eso no va a desaparecer porque otros actores salgan de la escena.

No se soluciona nada al tener los mismos problemas que antes teníamos entre muchos, ahora entre menos involucrados.

Si el número de partidos disminuye en el Congreso, ¿dejará por ello Chile Vamos de permitir que los republicanos los arrastre hacia derrotas innecesarias, por temor a perder base de apoyo? ¿Dejarán de existir las diferencias estratégicas entre izquierda moderada y radical que hace de este un gobierno indeciso por definición?

Cambiando reglas sólo cambiaremos el escenario del conflicto, pero no su naturaleza. No vaya a suceder que llenemos la agenda de reformas políticas para evitar el ascenso de un diálogo público de mejor calidad.

Ahora tenemos una gran cantidad de pequeños electores centrados en pequeños intereses. No sea que eliminemos excusas para terminar con grandes electores, pero igualmente concentrados en pequeños intereses. ¿Qué nos falta, entonces, para lograr la estabilidad del país?

Tenemos problemas con dos tipos de minorías

Quienes asesinan carabineros tienen una agenda y, siendo minoría, quieren imponerla. Si el resto de nosotros mantenemos altas dosis de conflicto no vamos a conseguir que la normalidad prevalezca. La unidad de los demócratas ante violentos y sectarios tiene que manifestarse junto con la expresión de las diferencias.

Al final el asunto es simple: el gobierno no tiene ninguna capacidad de instalar y aprobar una agenda de crecimiento y de perfeccionamiento democrático, pero sin el gobierno tampoco las agendas son posibles. Concentrándose en criticar al Ejecutivo el empresariado no va a lograr que el país crezca, ni que el tiempo empiece a correr a favor de las soluciones.

Hasta ahora se ha decidido poner fin al tóxico ambiente de las recriminaciones cruzadas, lo que ya es algo. Boric retiró su condicionamiento de apoyo a la reforma política al tratamiento de la reforma previsional; la derecha está contribuyendo al despacho de la agenda de seguridad, pero son pasos muy tímidos.

Por el lado del oficialismo, hay que decir que tiene mucha gracia superar un problema, pero tiene mucho menos gracia superar un problema que uno mismo ha creado. Por el lado de la derecha, aun se puede ver en Kast una apuesta por escalar la confrontación con La Moneda, pero ampliar el conflicto es lo que sirve a una candidatura, no lo que puede serle útil al país.

Estamos anulando esfuerzos. Hay minorías en ambos lados del espectro que dificultan los acuerdos, como si dispusiéramos de mucho tiempo para demostrar resolución y efectividad. No se trata de cambiar un precipicio por otro por el cual nos desbarranquemos. Interesa mantenernos en una ruta ascendente y compartida.

Un consenso amplio no significa unanimidad, y eso explica por qué será necesario, en ambos lados del espectro, la superación de los vetos de hecho a los acuerdos.

El oficialismo no ha podido asumir la iniciativa en el Congreso porque las diferencias de opiniones internas le han impedido adoptar una posición definida con lo cual la negociación se empantana. En la derecha ocurre algo bastante similar.

Nos necesitamos unos a otros y reconocerlo es el inicio de la solución. Aprovechar esta coyuntura no es baladí. Si no se usa esta oportunidad, con la izquierda en el poder, luego vendrá la vuelta de mano. Puede que los asientos de los interlocutores se intercambien, pero lo que se mantendrá es el desacuerdo en lo importante.

Sabemos cómo hay que proceder

Los países no desaparecen, pero si se comportan como insignificantes llegan a serlo en los hechos. Podemos llegar a ser un lugar donde se extraen productos de exportación, dirigido por personas que no importan en representación de una comunidad que ha dejado de existir.

Este es el camino a la que una política liliputiense nos está llevando. Somos un país que duda de su voluntad de ser. Por eso hay que reaccionar ahora. Pocas veces ha sido más cierto que dependemos de que se confluya en un entendimiento de demócratas de variados signos para que tenga sentido discrepar en todo lo demás.

Hace 34 años recuperamos la democracia. En todo este tiempo siempre hemos creído saber quién ganará la próxima elección presidencial y nunca hemos podido adivinar quién ganará la elección que sigue. Reconocer esta ignorancia hace que la prudencia nos permita imaginarnos dentro y fuera del poder.

Lo que sí podemos saber, desde ya, es que los acuerdos que ahora alcancemos o los desacuerdos que dejemos que nos dominen, se proyectarán más allá del futuro que podemos vislumbrar. La implementación de reformas parciales, pero continuas, sostenidas en consensos transversales, vuelven a tener respaldo.

Las soluciones imperfectas posibles han de ser preferidas por sobre las pretensiones de llegar a soluciones perfectas imposibles, como nos recordaba Benedetti entre otros. El único tiempo disponible para lograrlo es ahora.

Hace poco, el arzobispo de Santiago, Fernando Chomali, escribía que urge un gran acuerdo nacional porque, en caso contrario, “mañana será tarde”. No creo que haya exagerado en nada, es una descripción exacta del punto en el que estamos.

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