El régimen chavista-madurista fue inaugurado en 1999 y, al igual que su régimen-espejo, el de Fidel Castro, fue pensado para la eternidad. Armado de una convicción ideológica absoluta, con financiamiento petrolero infinito y alianzas internacionales inquebrantables, creía que le bastaba con ir aprendiendo la techné revolucionaria. Todo de la mano de sus mentores cubanos. El milagro parecía asegurado.
Aquel estentóreo experimento revolucionario, se jactaba de haber creado un relato nuevo, nutrido espiritualmente no sólo en las ideas de Guevara, sino de un indígena local llamado Guaicaipurú y del mismo Cristo de los pobres. Sin embargo, al cabo de algunos años, el panorama comenzó a volverse turbio. El camino se hizo cuesta arriba y el ambiente pasó raudo al pesimismo. Hoy, sus signos de agotamiento son indisimulables.
Mirado con objetividad, el chavismo-madurismo nunca vivió grandes glorias. Sus altibajos lo resumen tres grandes shocks, que lo han hecho crujir hasta sus cimientos.
El primero, fue uno de dimensiones sísmicas. Ocurrió cuando los precios del petróleo se desplomaron al finalizar la primera década de este siglo y comenzó un sostenido e irreversible deterioro, especialmente de la capacidad productiva y empresarial de PdVSA. Como bien decía M. Thatcher, estos experimentos suelen durar mientras hay dinero. En el caso de la revolución bolivariana, su viabilidad estaba fijada en un barril sobre los US$ 100.
A partir de aquel primer shock, Venezuela ha vivido estampidas migratorias. Estudios serios la totalizan en 8 millones de personas. El régimen -empobrecedor a niveles nunca vistos- siguió impertérrito y la oposición empezó a masticar amargura. Sus denuncias sobre atrocidades evidentes, tenía escaso eco internacional. La crisis económica y turbulencia social convirtieron el arte de gobernar en Venezuela en una oprobiosa combinación de administración de pobreza y hostigamiento político de los adversarios.
En 2013 sobrevino otro enorme shock. La enfermedad y muerte del gran profeta de todo aquello, el coronel Hugo Chávez. Pese al terrible golpe, los mentores del modelo no demoraron en encontrar la solución. Entronizaron a Nicolás Maduro, un oscuro chofer de transporte en Caracas. Hombre de verborrea tosca y sumiso a los lineamientos de los hermanos Castro. Se diseñó todo de manera que Chávez siguiera impregnando el proceso. Su estampa era la de un Cid Campeador latinoamericano; muerto seguiría dando batallas.
En todos estos largos años, y dentro de sus posibilidades, el arco opositor participó en 17 conversaciones destinadas a pactar una transición pacífica. Logró levantar candidaturas presidenciales. Todos los esfuerzos chocaron una y otra vez con la obstinación del gobierno de no dar su mano a torcer e insistir en su proyecto bolivariano. La mayor farsa ocurrió en julio del año pasado durante comicios que, todo indica, fueron ganados por el opositor Edmundo González. El resultado fue ignorado por Maduro. Lo hizo de manera escandalosa. Se dieron a conocer unos cómputos finales imaginarios, de corte norcoreano. Este segundo shock derivó en un aislamiento político internacional ya sin retorno. La escasa respetabilidad cayó a nivel cero.
Hace algunos días se produjo un tercer shock. Su más encomiable opositora política, María Corina Machado recibió el Premio Nobel de la Paz.
Ha sido cataclísmico. Probablemente, sea el definitivo.
Ha tenido un fuerte impacto ad intra del régimen. Las autoridades se sumieron en un silencio sepulcral. El malestar se hecho difícil de disimular. Una vez conocida la noticia, hubo dos reacciones. Ambas viscerales. “Es un bruja demoníaca”, se verbalizó desde el palacio presidencial. La cancillería anunció su propio trauma. Cerró de inmediato la embajada en Oslo.
El impacto ad extra de este premio ha sido igualmente fuerte. Los círculos de la izquierda regional y mundial no ocultan su tremendo malestar. Uno dijo que prefería aquellos Nobel otorgados a gente como Mandela. Otra fue más sincera al decir que el Nobel a Trump habría sido peor. Todo indica que deberá esperar al próximo año.
Son reacciones lamentosas son reveladoras del fuerte peso geopolítico que tiene el Nobel.
Con fundamento puede decirse que el reconocimiento a Machado tiene un gran equivalente histórico. Especialmente, por lo admonitorio. Se trató del Nobel a Lech Walesa en 1983. Fue el shock final que sufrió el régimen comunista polaco. Aquel episodio desató una ola de malestar en las izquierdas mundiales de entonces; algo muy semejante a lo de ahora con Machado.
Con Walesa se reconoció el valor y audacia de los obreros portuarios de Gdansk, en el norte de Polonia, que por ese entonces estaban desafiando el régimen. Querían democracia. Fue un reconocimiento de trascendencia histórica, pues, al desplomarse Polonia, se abrió una grieta en todo el llamado “campo socialista”. Fue el inicio del fin. La grieta polaca fue profundizándose, carcomiendo a sus vecinos. Muy poco después de aquel Nobel, el “campo socialista” desapareció.
De modo similar, con Machado se ha vuelto a sacudir el tablero internacional. Ella es el símbolo de un tipo de resistencia democrática que goza de admiración bastante extendida en el mundo occidental. Es un mensaje. Es un reconocimiento que subraya algo muy gravitante. Que la lucha pacífica por la democracia es un camino considerado legítimo y admirable. Al igual que en el caso de Walesa, supera la dimensión personal.
Machado fue elegida diputada en 2011 y, tres años más tarde, el chavismo-madurismo decidió inhabilitarla. Había estado denunciando violaciones a los DD.HH. ante la OEA. En 2024 fue vetada como candidata presidencial, pese a su triunfo aplastante en las primarias de la oposición.
Aún es prematuro visualizar los siguientes pasos. Pero está claro que se revitaliza la lucha por la democracia en Venezuela y aumenta el aislamiento de la dictadura; asuntos que irán marcando una línea divisoria entre quienes propugnan la democracia y los que prefieren esconder la cabeza como las avestruces.
Necesariamente se profundizará el resquebrajamiento de ese variopinto arco de fuerzas que se auto-designan como socialdemócratas. El ejemplo de España es muy elocuente. El líder histórico, Felipe González, llenó de elogios a Machado, mientras que la progenie sanchista (proclive a Pedro Sánchez) guarda silencio. Gran diferencia respecto a cuando lo ganó el colombiano Juan Manuel Santos. Sánchez fue efusivo. Le transmitió todo su “cariño y respeto”.
Finalmente, hay un shock adicional. El Nobel a Machado también obligará a los países latinoamericanos y europeos a revisar su relación con Venezuela. El galardón pone sobre la mesa el inevitable tema de la coherencia de los discursos políticos de cada gobierno de la región. Se abre ahora una etapa de escrutinio moral ante las democracias del mundo. Además, expone la necesidad de evitar confusiones. Paz no significa pasividad.
Resulta curioso que ni siquiera los siempre ruidosos movimientos de género, especialmente de aquellos feministas, hayan levantado palabras de felicitación. Un silencio atronador, en palabras del novelista checo B. Hrabal.

Que Dios la ayude y también proteja al pueblo de Venezuela en su lucha por la libertad. Que honor haber sido parte de los 540 chilenos que – junto al Profesor Witker – pusimos nuestro granito de arena para que el Nobel fuera una realidad