Familia para todos. Así se llamó el Congreso que se realizó en la Universidad Católica este jueves 9 de octubre para pensar en los retos y posibilidades de las familias chilenas. Es un dolor nacional que permanece oculto en esta época de elecciones. Para muchos, la experiencia de familia parece haberse deteriorado: el solo aumento de los jóvenes que entran al narco nos habla de una precariedad familiar que no sale a la superficie. En los hechos, no hay familia para todos.
Pensar en las familias en los tiempos que corren puede parecer una preocupación boutique, pero afecta el corazón de la vida social. ¿Con qué fuerza se podrían impulsar cambios a otros niveles desde la debilidad de las configuraciones sociales más primarias? En contraste con el pragmatismo irreflexivo que sostiene que “ya basta de diagnósticos”, la erosión que presenciamos reclama una comprensión pública del fenómeno familiar en Chile capaz de contribuir a crear las condiciones para su despliegue saludable.
En primer lugar, parece necesario entender mejor el contexto social y cultural en que crecen las familias, con sus influencias intelectuales y sus transformaciones. Por ejemplo, poco podría hacerse sin calibrar el alcance de la noción moderna de autonomía individual, que ha permeado amplios ámbitos de la vida social. Esta idea particular de libertad, emancipada de cualquier condicionamiento o límite, tiene en la vida de las familias inmensas repercusiones: desde el efecto en la visión de la autoridad y los vínculos (la sospecha de que serían estructuralmente opresivos), la actitud ante la paternidad (¿no limita un hijo los proyectos individuales?), la conformación de la identidad propia, o la aceptación del cuerpo como sexuado. Todo está conectado, y rastrear las raíces de las transformaciones visibles no es en absoluto vano de cara a lo que viene.
Por otra parte, necesitamos entender de un modo más fino la situación concreta en que se encuentran las familias chilenas. La masificación del trabajo femenino, la corresponsabilidad y el cuidado, o las condiciones para el desarrollo de la vida familiar (desde la estabilidad de las uniones, la vivienda, o el soporte de la familia extendida y otras redes) abren múltiples ámbitos de estudio para un apoyo público efectivo. Fenómenos como la crisis de natalidad, de la que recién comenzamos a tomar conciencia, solo parecen susceptibles de ser abordados desde una reflexión en muy distintos niveles que se haga cargo de su complejidad multicausal y que lleve a decisiones políticas distintas del voluntarismo estéril.
Finalmente, en este contexto cambiante, haría falta volver a pensar qué define positivamente a la familia, esto es, qué es exactamente aquello que se quiere resguardar. En este punto, conviene resistir la tentación de comprenderla como un mero conjunto de funciones, una asociación orientada a satisfacer necesidades elementales cuya atención alternativa por parte del Estado sería demasiado costosa. La familia es, a todas luces, la primera red de protección social, pero es también, en palabras de la socióloga Consuelo Araos, el lugar donde “somos hechos”: no solo en la materialidad más física, sino también donde se aprende qué quiere decir ser persona. Captar que vivir es más que la existencia fáctica, que entraña abrirse al drama de la libertad frente al propio destino, supone una comunidad donde se acoja la propia vida y se experimente lo incondicionado. Cuando esto falta, el riesgo es la pasividad y el desapego, y es difícil obviar el modo fuerte en que la vida pública de un país pende de esta disyuntiva.
En fin, la posibilidad de proyectar un marco político e institucional que haga posible la familia no puede prescindir de ese esfuerzo de comprensión compartida. La promoción de viviendas y barrios populares en que sea posible una auténtica vida familiar; los horarios de trabajo y vacaciones que permitan a padres y madres coincidir con sus hijos y criarlos; los incentivos a la consolidación de redes locales e instituciones -escuelas, parroquias, clubes- que apoyen en su misión a la inevitablemente frágil familia nuclear… todo esto supone un trabajo colectivo desde muchos ámbitos y disciplinas. El camino es largo, a veces indirecto, y es mucho lo que depende de la decisión de recorrerlo.
