Credit: Retrato modificado con IA

El pasado miércoles se cumplieron 120 años del nacimiento de Hannah Arendt, hoy considerada por muchos la filósofa y politóloga más importante del siglo XX. Y es probable que tengan razón. Pocas pensadoras son tan citadas en nuestros días y basta escuchar la expresión «banalidad del mal» para que casi cualquiera sepa de quién se está hablando.

Poco, sin embargo, se conocen las críticas que esta formidable pensadora judía, alemana y universal debió enfrentar durante buena parte de su vida. Críticas por la audacia de sus ideas, por la libertad con que modificaba sus puntos de vista y, sobre todo, por el coraje con que expresaba el resultado de sus reflexiones, incluso, y quizás la mayoría de las veces, cuando esas conclusiones contradecían las convicciones dominantes en los círculos intelectuales de su tiempo. Es decir, cuando se atrevía a contrariar lo que he llamado, en otra ocasión, la «llamada de la tribu». Esa crítica alcanzó grados tales que, al informar sobre el congreso con que la Universidad de Nueva York celebró el 75.º aniversario de su nacimiento, The New York Times tituló su artículo “¿La hostilidad se desvanece?”.

Las razones de aquella hostilidad fueron diversas. En sus trabajos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Arendt recurrió a fuentes y autores vinculados al nacionalsocialismo, entre ellos documentos del Instituto del Reich para el Estudio de la Historia de la Nueva Alemania y escritos de figuras como el historiador Walter Frank y el jurista Carl Schmitt. La utilización de esos materiales provocó críticas porque lo hacía una mujer que en la época previa había abrazado un sionismo militante y que, perseguida por el nazismo, había debido huir de Alemania para encontrar refugio finalmente en Estados Unidos. Otra de sus decisiones intelectuales incómodas fue incluir a la Unión Soviética dentro del concepto de totalitarismo en Los orígenes del totalitarismo: para la intelectualidad progresista europea y norteamericana, establecer una categoría común para el régimen nazi y el comunista soviético resultaba, entonces, inaceptable.

Pero la crítica más devastadora la suscitó en 1963 la publicación de Eichmann en Jerusalén, cuyo subtítulo, Un informe sobre la banalidad del mal, terminaría convirtiéndose en una de las expresiones más conocidas del pensamiento contemporáneo. Un texto escrito a raíz del juicio y posterior ejecución por la justicia de Israel de Adolf Eichmann, antiguo teniente coronel de las SS y responsable de la maquinaria de deportación de los judíos europeos. Para Arendt, Eichmann no actuó motivado por el odio a los judíos, sino por la irreflexión o falta de un pensamiento o moral propias, los que había substituido por las normas del régimen nazi que lo rodeaban; en sus propios términos, «La banalidad del mal viene de la gente normal que deja de pensar». En esas condiciones, describió a Eichmann como un simple operario preocupado únicamente por cumplir de forma eficiente en su carrera profesional dentro del régimen, lo que demostraba que bajo un sistema totalitario personas ordinarias podían cometer los peores crímenes sin remordimientos, simplemente porque «cumplen con su deber». Y tampoco dejó de criticar la actuación de los líderes de los consejos judíos creados por los nazis en los guetos, argumentando que, si se hubieran negado a cooperar, el caos habría obstaculizado la maquinaria nazi. Todas esas ideas provocaron una verdadera ola de condenas públicas en la intelectualidad de la época. Se la acusó de minimizar el Holocausto e incluso de defender a Eichmann y, desde sectores de la comunidad judía, la acusaron de «falta de amor por su propio pueblo» e incluso de «antisemita».   

Sin duda no debió carecer de valor para decir en voz alta lo que pensaba, aún a sabiendas de que, como ocurrió, ello habría de significarle no sólo el rechazo de los “suyos” (de su “tribu”) y la pérdida de amistades de toda una vida, sino también el bloqueo de algunas de sus actividades académicas e intelectuales. Vista hoy, esa vida no puede ser observada más que como la experiencia de un pensamiento siempre en movimiento, abierto a todos los estímulos que la realidad podría mostrarle, sin rechazar ninguno por prejuicios ideológicos ni por consideraciones de corrección política. Un pensamiento que se resistía a dividir el mundo en amigos y enemigos y que sabía que ninguna causa, por noble que sea, puede eximirse de la crítica.

Y eso es algo que necesitamos mucho en Chile hoy, en donde la centroizquierda y la centroderecha si bien pueden reconocerse hoy como espacios diferenciados de los extremos que las rodean, siguen arrastrando ataduras que les dificultan presentarse como alternativas renovadas, capaces de construir una identidad propia; que les impiden terminar de pensarse a sí mismas como realmente son. En la centroderecha representada por Chile Vamos y Evópoli, esas ataduras adoptan la forma de vínculos no resueltos con la dictadura militar y de una especie de complejo de pecado original que parece obligarla, una y otra vez, a definirse como parte de un mismo mundo político con republicanos y nacional libertarios. Para la centroizquierda se trata de la persistencia de un anticapitalismo que ya no orienta efectivamente su acción política, pero que parece conservarse como una marca de fábrica a la que resulta imposible renunciar. Una herencia que inhibe la autocrítica del gobierno de la Unidad Popular y que, al mismo tiempo, la induce a sentirse parte de un mismo universo político con el Partido Comunista y el Frente Amplio.

Por eso, recordar a Hannah Arendt en Chile en el aniversario de su nacimiento, no debería limitarse a rendir homenaje a una pensadora brillante ni a repetir, una vez más, la expresión que la hizo célebre. Debería servirnos para reconocer que la inteligencia sólo permanece viva mientras se mantiene en movimiento, abierta a la posibilidad de revisarse a sí misma. No hay mérito alguno en continuar viendo la vida y el mundo tal como los veíamos hace décadas. Lejos de ser una muestra de lealtad, esa obstinación puede ser apenas una demostración de que hemos dejado de pensar. Por cierto, en nuestro escenario actual en que predomina esa obstinación y se impone la llamada de la tribu, actitudes como las que tuvieron durante la semana la exministra Carolina Tohá y el senador Fidel Espinoza, de reivindicar la humanidad por encima del castigo o la venganza en casos específicos de condenados que agonizan o que han perdido toda noción de sí mismos producto de su senilidad, ha significado una luz de esperanza.

Ellos han tenido la misma actitud que en su momento tuvo Hannah Arendt, tan admirada hoy por quienes, quizás, no habrían aceptado sus conclusiones cuando fueron formuladas: la de nunca dejar de pensar por sí mismos y proclamar en voz alta el resultado de sus reflexiones. Por ello, el mejor homenaje que podemos hacer hoy a Hanna Arendt es seguir su ejemplo como han hecho Tohá y Espinoza: nunca dejar de pensar, incluso cuando hacerlo nos obligue a disentir de los nuestros.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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2 Comments

  1. Dios así lo permita, que no dejen de pensar, incluso aquellos que nunca o rara vez han pensado…….

  2. Buen análisis y ojalá el reasentamiento de la gente de los campos de concentración (entre otros) sea equivalente a la votación del 62 % ….

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