Mientras las encuestas siguen mostrando al presidente Kast con una aprobación en torno al 40%, consolidando una fuerte caída desde el 57% del comienzo de su mandato, aparecen las primeras críticas internas al gobierno y disputas en la derecha. Las encuestas, sin elecciones cercanas por delante, alientan a populistas en su crítica y eso potencia el fuego amigo y las pasadas de cuenta.

Para hacer un análisis objetivo conviene distinguir entre factores exógenos al gobierno que pueden explicar esta baja y errores propios de la gestión que podrían hacerlo. Entre los últimos, hay algunos no forzados y otros que ocurren como reacción a los factores externos.

El acontecimiento exógeno más relevante es, sin discusión, el incremento en torno a 50% de los precios de los combustibles derivados del petróleo. El Banco Mundial lo calificó como el mayor shock energético de la historia. Es imposible para gobiernos de países no productores de petróleo sortear esta crisis sin bajas en su popularidad. Es válida la discusión sobre el traspaso a los consumidores del alza de precios. A medida que pasa el tiempo y se prolonga la guerra en el estrecho de Ormuz, los expertos han coincidido en que un traspaso inmediato fue una mejor idea que un tratamiento gradual, básicamente por la señal de precios que, por definición, disminuye la magnitud del problema.

Otra cosa es la evaluación sobre la forma de anunciar el alza por parte del gobierno. Es inevitable la caída en popularidad frente a un incremento de esta magnitud, pero la población pudo ser menos severa con el gobierno con mayores explicaciones sobre el origen del shock (algunos afirmando que el gobierno es culpable del mayor precio y políticos mentirosos los avalan). También pudo abundarse respecto a las pocas opciones que había. Con todo, el problema energético es estructural y poco podía hacer el gobierno para mitigarlo. Lo que hizo, favorecer a los de menores ingresos, va en la dirección correcta y es consistente con su pensamiento y programa.

Otro problema estructural, heredado de la administración Boric, es el relajo de la disciplina fiscal. La necesidad de recortar el gasto público, más allá del 3% incluso, es ineludible. De no hacerse, seguirá aumentando el pago de intereses de la deuda externa, mermando recursos para programas sociales. Es cierto que los ministros sectoriales pueden tener un rol más activo en la determinación precisa de qué gastos reducir, pero no es leal ni honesto dejar toda la carga al ministro de Hacienda. Al contrario, los ministros debieran ser activos en encontrar centros de gastos que son nidos de operadores políticos que hace ya tiempo se han enquistado en la administración pública. A mi edad y con mi experiencia, nadie logrará convencerme de que un hogar, una empresa o institución (menos un gobierno con un presupuesto de 90.000 millones de dólares), no son capaces de rebajar en un 3% los gastos y funcionar bien.

Más difícil es explicar que es necesario rebajar el gasto público mientras al mismo tiempo se disminuyen impuestos. Pero debe hacerse, porque está claro que la receta de seguir subiendo los impuestos y el gasto público ha fracasado, no genera más beneficios a las personas sino menos, y favorece a quienes abusan de cargos públicos, cobran remuneraciones desmedidas para su calificación, transfieren recursos a correligionarios y amigos escondidos tras máscaras diversas y consolidan así posiciones de poder en el Estado medrando a costa de los ciudadanos.

Es usual que en política los baches de popularidad se achaquen a las comunicaciones y los asesores (esto es más antiguo que el “segundo piso”: en el gobierno de Frei Montalva se despotricaba contra los asesores). Por supuesto se pueden mejorar las comunicaciones involucrando más a los ministros en la tarea de convencer a la ciudadanía que hacer más de lo mismo nos llevará al fracaso. También puede optimizarse la asesoría respetando principios de gestión, como que estructuras paralelas difícilmente reemplazan a orgánicas institucionales.

Lo cierto es que los períodos exitosos desde la vuelta a la democracia (e incluso antes) coincidieron con gabinetes que lograron una complementación virtuosa entre una conducción política estratégica y una estricta administración de la economía. Los ministros Alvarado, García y Quiroz son perfectamente capaces de hacerlo y lo han demostrado ya en un par de gestiones en el orden de la política y están ad-portas de hacerlo en el de la economía.

El mérito del triunfo electoral es de José Antonio Kast. Ningún ministro, político, o asesor puede disputarle el mérito de haber ganado la presidencia para la derecha. Su equipo debe ser leal, trabajar sin pausa y ser eficaz en el logro de los objetivos que se han propuesto. A Kast le ha llegado la hora de la política: debe asignar responsabilidades y límites y sujetar el timón con firmeza.

Prescindir de la política nunca será una opción en tareas de gobierno, pero este gobierno tiene el derecho de plantearse cómo concebir la política. ¿Será cuestión de darle al pueblo pan y circo, es decir populismo, o seremos capaces de gobernarnos mejor que hace 2.000 años y encontrar una combinación entre orden público y economía de mercado donde lo civilizatorio sea respetar la fila, esperar el turno y no reclamar supuestos derechos sociales que no son tales sino fruto de la expoliación de los honestos y los humildes, que no logran hacer oír su voz en medio del griterío de los violentos?

Hay acuerdo en que debe haber más presencia de ministros comunicando el sentido de las medidas del gobierno. El desafío es hacerlo con realismo, pero también con compromiso y lealtad, sin rendirse a la primera crítica porque si nada cambia, el gobierno del Presidente Kast no habrá cumplido su promesa.

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