Presidente Boric

Fin de año y el Presidente mira por la ventana de su oficina en el segundo piso de La Moneda. Frunce el ceño y se acomoda los anteojos. Recuerda el suspiro luego de su primer discurso, y ojea el que le prepararon para Navidad, junto a la nota que dice “no improvisar”. Se pregunta si alguien le regalará un libro de poesías.

Vibra el celular y llueven mensajes sobre el mismo tema: el nuevo proceso constitucional. Ibáñez preguntándole hasta dónde se puede estirar el chicle con indicaciones a la reforma; Teillier recomendándole que la única forma de terminar con la ya no tan silenciosa guerra civil en el PC es regalando nuevos puestos; Tohá apurándolo por una definición sobre un pacto para las elecciones de consejeros constitucionales. Meza-Lopehandía le pregunta si quiere que se los responda. Llega un WhatsApp de Pato Fernández invitándolo a tomar una cerveza y conversar por la conmemoración de los 50 años del 11 de septiembre. Las cejas casi se juntan. No sabe cómo decirle al exconvencional que será muchísimo más moderado de lo que hubiera querido, igual que con la nueva Constitución que llevará su firma.

Se sienta mirando la foto de su árbol magallánico. El mismo que sus twitteros adherentes ocupan, aunque algunos le agregaron una bandera chilena. Sirvió para la campaña y no resiste la tentación de intentar unos versos con referencias a un otoño que lo ha dejado sin hojas y un verano que lo sofoca, así como su Gobierno se va quedando con menos puntos de aprobación y el 62% asfixia sus intentos de sacar adelante el programa.

Vuelve a la ventana y a pensar en la Constitución. Su visita a la Convención hace casi un año, la elevación sacramental del texto en la ceremonia de salida y los dos frenéticos meses jugando a promocionar un texto -como olvidar a Camila en el kiosco-, a prepararse para resistir el golpe de la derrota y a una vía para tener una nueva Constitución, para terminar prometiendo que se abstendría de intervenir, mas no de monitorear el nuevo Acuerdo. La derecha le ganó. Es mejor un acuerdo imperfecto que no tener acuerdo. Pero ¿será mejor una Constitución de derecha aprobada en democracia a esperar un nuevo momento para tener una más afín a sus ideales?

Tampoco tenía opciones. Aunque el discurso del 3 de septiembre eliminaba la posibilidad de una tercera vía, el 5 de septiembre ya la estaba impulsando. No llegar a un Acuerdo significaría ser acusado de inmovilista y protector del legado de Pinochet. Una sonrisa irónica fugaz le separa un poco las cejas.

Angustiado piensa sobre el futuro y las tres firmas de su carrera política: la del 15-N, la del día que asumió como Presidente y eventualmente, la de su nueva Constitución.

Jamás imaginó que la primera sería una de las razones por las que llegó a la segunda, pero no le gustaría llegar a la tercera. A no ser que la rueda de la fortuna le sea favorable. Escuchó el audio que le mandó Crispi y se resigna. Le advierte de los tres factores que incidirán en el plebiscito de salida: su gestión, el comportamiento de los órganos constituyentes y la inclinación política del nuevo texto. La combinación de estas tres opciones genera distintos resultados, pero la conclusión implícita está ahí: las transformaciones no serán constitucionales sino ejecutivas.

Eidelstein, Ávila y Orellana son los encargados de implantarlas. No puede arriesgar por segunda vez el poco capital político que le queda. Pero se siente atrapado. Sea cual sea el nuevo texto constitucional, la razón para firmarlo será la misma que la ocupada para promover el acuerdo del 12 de diciembre: “Chile necesita una nueva Constitución”. No hay una tercera oportunidad. Ya no será histórico.

Le llega un WhatsApp del Grupo de Puebla, riéndose de Meloni y su video sobre la revolución de los pesebres. Aparece Giorgio para preguntarle si está listo. El Presidente asiente, guarda el celular, toma su casco cletero y antes de salir, revisa la oficina por última vez. No hay ningún pesebre.

*Roberto Astaburuaga es abogado de Comunidad y Justicia

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