Una de las características recientes de la esfera política en numerosos países es la proliferación de partidos. Es como si un huracán con fuerza ígnea hubiese comenzado a dar vida a colectividades múltiples y muy variadas; aunque sin grandes utopías re-fundacionales. Es uno de los síntomas del cambio de ciclo que se ha iniciado. En un momento preliminar parece un simple movimiento subterráneo, pero de pronto adquiere un vigor excepcional.
De forma paralela, y principalmente en países occidentales, se observa con esa misma fuerza ígnea el declive de los “partidos de masas” históricos. Aquellos grandes referentes que alguna vez se vertebraron alrededor del aparato estatal, interpretaron al centro político y generaron una élite entroncada con cúpulas sindicales o con comunidades eclesiales, preferentemente jesuitas. Fueron partidos tan poderosos, que parecían inextinguibles. Su sola presencia sobre el escenario parecía ser condición de gobernabilidad.
Sin embargo, fueron los desafíos emergentes, como la desaparición de ese sentimiento de centro y los nuevos imperativos locales y globales (“el peso de los hechos”, como solía decir el ocurrente premier británico, H. MacMillan) los que provocaron este gigantesco cambio.
Más de alguien ha dicho que los “partidos de masas” pasaron de sembradores de expectativas a portadores de frustraciones masivas. Hay motivos para creerlo. No son pocos quienes los ven como los responsables finales cuando todo el sistema de partidos se quiebra. Así fue por ejemplo en Italia, donde la corrupción dio rienda suelta a una crisis total. Allí fueron reemplazados por fuerzas nuevas y muy llamativas, como Hermanos de Italia (de la premier Georgia Meloni), Forza Italia (del fallecido Silvio Berlusconi), o bien por otros algo excéntricos como el Movimiento 5 Estrellas. Sepultados, y quizás para siempre, quedaron los socialistas de De Michelis y Craxi, los demócrata cristianos de De Gasperi, Rumor y Andreotti.
La reciente elección en Chile ofreció movimientos relativamente parecidos. Acordes a la lógica de un saludable cambio de ciclo, han surgido partidos nuevos, aspirando a la hegemonía. Sus resultados sugieren una re-conexión de las élites políticas con las prioridades del país. De confirmarse esta tendencia, se terminará re-configurando un mapa nuevo. En el reparto principal de este escenario estarán colectividades susceptibles de denominar “postliberales”.
Es bastante posible que, si los vencedores consiguen ahora una eficiente gestión, añadirán algo no menor a sus logros. Acabar con esa cadena de miedos atávicos tan perjudiciales y que están entre las causas de fin de ciclo. Son miedos que finalmente atentan contra el libre juego democrático.
La fuerza disruptiva que emana de estos partidos se divide en varios aspectos.
El principal, un imperativo por retornar pronto a un ejecutivo fuerte y, asociado a ello, la generación de una nueva cultura de alianzas, lejos de lo tribal, capaz de superar el miedo señalado y el parlamentarismo de facto. A estos partidos emergentes se les percibe más interesados en cuestiones concretas, como en una nueva visión de gobernabilidad, en el apego al imperio de la ley y pro-activos en materia de “enfrentamiento cultural” con las fuerzas woke.
Para situar adecuadamente su éxito, es necesario señalar que este efecto específico de la ola disruptiva alcanzó a la oposición tradicional; aquella que empezó a verse sumida en una confusión respecto a cómo interpretar la realidad. En ese rincón, no pocos abrazaron incluso la lógica semántico-ideológica del lenguaje inclusivo, la jerga woke y cosas por el estilo. Hubo extremos estéticos. No pocas dirigentas de la oposición alababan hasta la forma de vestir de las “mujeres de la Concertación”.
El huracán electoral dejó también otro tipo de náufragos, cuyo destino bien podría asemejarse a lo vivido en Italia. Afectó a aquellos partidos que alguna vez fueron “de masas”, representaron históricamente al centro, pero que fueron cayendo en un desfase cognitivo que los incapacitaba para comprender los cambios en un país, que ahora poco o nada tiene que ver con los finales del siglo 19 ni con la trayectoria del siglo pasado. Hubo decisiones fatales, asumir como propias historias ajenas (incluidos gustos culturales); una decisión que sólo puede conducir al enajenamiento de sus votantes.
En tanto, la ola disruptiva dejó a medio camino a los auto-denominados partidos “progresistas”; esos soñadores con la idea de un “partido de masas” (intentando encontrar una escurridiza centro-izquierda). Hasta hace muy poco circulaban por el escenario político local portando un escapulario; se sentían los árbitros del curso de la democracia. Debe admitirse, sin embargo, que su bajo desempeño electoral se debió no sólo a alianzas con sectores maximalistas y a percepciones equivocadas acerca de su razón de ser. También es producto del agotamiento ideológico. Es una corriente de pensamiento política que vive una crisis a nivel mundial.
Del mismo modo, resultados electorales también recientes, tanto en Bolivia como en Argentina, provocaron olas con efectos similares. Varios “partidos de masas” han quedado “al garete”.
Por ejemplo, el MAS, esa alabada creación de Evo Morales y considerada otrora un gran partido de nuevo tipo. La elección lo dejó prácticamente extinto. El golpe fue tal calibre que se abre una cierta holgura política para el nuevo presidente. En marzo hay elecciones y deberían abundar los trasvasijes hacia los nuevos centros de poder; algo usual en coyunturas de cambio de hegemonías.
Por su parte, en Argentina se observan pulsiones terminales al interior del Partido Justicialista (o como se haga llamar), tras una larguísima trayectoria como “partido de masas”; tal cual lo quiso el propio Perón.
Como se sabe, este es un partido que procuró monopolizar la “argentinidad” y dio vida a numerosas variantes a lo largo de su historia. La última de ellas, el kirchnerismo, promovió, además, el “pobrismo» y el asistencialismo a niveles inimaginables. En esa tarea, se masificó, pero generó un régimen donde las denuncias de corrupción superan lo verosímil.
Las últimas elecciones dejaron al peronismo probablemente herido de muerte. Se observa una descomposición en sus segmentos más jóvenes y ya es visible ese incontenible trasvasije de líderes. Esta vez hacia el bloque oficialista LLA. La élite peronista ya empezó a migrar hacia donde está el poder.
El peronismo ha llegado a un precipicio similar al de otros “partidos de masas” latinoamericanos. El de esas colectividades variopintas que cubrieron amplios espacios, principalmente dentro de una izquierda esencialmente laica, pero refractaria a la Tercera Internacional. El PRI de México, el APRA de Perú, la AD de Venezuela. Verdaderos cadáveres insepultos.
Desde luego que también se aprecia una proyección bastante incierta en Brasil con el inevitable paso de la biología sobre su incombustible líder, Lula da Silva y con la tremendas fisuras que ya tiene el Partido de los Trabajadores. Lejos están esos momentos de gloria, cuando era un partido sindicato-céntrico; “de masas”. Circunstancias internas movedizas y liderazgos regionales e intermedios demasiado heterogéneos invitan a un futuro lúgubre.
En síntesis, hay una pérdida de esa cosa epidérmica que amalgamaba a los “partidos de masas”. La nueva etapa producirá necesariamente otras químicas y afinidades.

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