AGENCIAUNO

El dramatismo y la trascendencia global de la intervención  del gobierno de los  Estados Unidos en Venezuela el fin de semana pasado, casi logran hacer pasar desapercibida una circunstancia nacional de enorme significado: la decisión de José Antonio Kast de invitar a todos los partidos políticos legalmente constituidos a la ceremonia con que el Tribunal Calificador de Elecciones certificó oficialmente su calidad de Presidente electo y la aceptación -con una sola excepción- de tal invitación por parte de esos partidos.

En sus versiones anteriores más recientes, ese acto había sido asumido como un acontecimiento personal, casi como el momento único de reconocimiento al máximo logro individual que un ciudadano o ciudadana puede alcanzar. Un momento para ser vivido en compañía de la familia o los amigos más próximos. Por contraste, José Antonio Kast volvió a convertir ese acto en un momento de convivencia republicana y democrática. Y no sólo eso, sino también en un momento de inclusión política, casi una isla solitaria en medio del mar de polarización y acrimonia que hemos vivido durante los últimos años.

La respuesta fue igualmente reveladora. Todos los partidos aceptaron la invitación, con la sola excepción del Partido Comunista. La ausencia del PC pudo haber sido utilizada como un flanco para profundizar la confrontación. La tentación estaba a la vista: subrayar el vacío, cuestionar la vocación democrática del ausente o convertir el gesto en una prueba de fuerza. Sin embargo, el Presidente electo optó por un camino distinto: en lugar de desacreditar o criticar al Partido Comunista por no asistir, adoptó una postura conciliadora y empática, la justificó como una opción política legítima y declaró su intención de dialogar más adelante y de buscar acuerdos en aquellas materias que lo permitan. Esta actitud contribuye a desactivar una lógica binaria -los que están conmigo y los que están en mi contra- que ha alimentado durante años la polarización política. Al hacerlo, trasladó el eje del debate desde la descalificación moral hacia la responsabilidad política compartida.

El gesto de José Antonio Kast ya no debería sorprender pues, desde el día mismo de su elección, no ha dejado de ofrecer una imagen poco habitual en el período reciente: una apertura explícita al diálogo y a la inclusión de amplios sectores, incluso de antiguos adversarios. Alguna prensa y el gobierno trataron de opacar esa actitud interpretando como “ataque” su crítica al gesto del gobierno saliente de tratar de pasar una ley que “amarra” en sus puestos a funcionarios incorporados durante su mandato, aunque el tono con que fue expresada la crítica no escapa al tono general con que el futuro Presidente se ha venido expresando: “Eso no es jugar con las reglas que la sociedad necesita”. De ahí que, en un país que comenzaba a acostumbrarse a que las victorias electorales se tradujeran en gestos de reafirmación identitaria, las señales emitidas por el Presidente electo en los días posteriores a su triunfo merecen una observación detenida.

También es justo reconocer que esas señales parecen no haber pasado desapercibidas a partidos del actual oficialismo. El pasado domingo, desde esta página de opinión, plantee que la pérdida de identidad de los partidos del Socialismo Democrático, iniciada con la desaparición de la Concertación de Partidos por la Democracia y acentuada con el apoyo a la opción Apruebo en el plebiscito de 2022 -o tal vez con el apoyo a una candidata comunista en la pasada elección presidencial- amparada en el principio de “unidad de la izquierda”, tenía efectos que se expresaban en la merma abrumadora de votos tanto del PPD como del PS en los últimos veinte años. Sin embargo, la edición de El Mercurio de ese mismo día traía una entrevista a Paulina Vodanovic en la que el concepto de “unidad de la izquierda» era substituido por la presidenta del PS por el de “unidad del progresismo”, mucho más adecuado a la identidad social demócrata que debiera expresar ese partido en su práctica política. Del mismo modo, en otras declaraciones de Vodanovic, de otros dirigentes del Socialismo Democrático e incluso desde el propio PC, se ha planteado la disposición a una oposición “constructiva”, esto es abierta a apoyar iniciativas que consideren positivas. Todo esto marca una diferencia con la oposición en bloque que ha predominado en otros momentos de la historia reciente y que fue sostenida en el documento presentado por el PC al Pleno reciente de su Comité Central.

Esa actitud contrasta con quienes insisten en caracterizar a Kast con etiquetas extremas -“nazi”, “autoritario”, “enemigo de la democracia”- y anuncian una oposición sin matices ni condiciones. Epítetos y actitud que contrastan tan vivamente con los planteamientos y la actitud de inclusión y diálogo del Presidente electo y sus seguidores más cercanos, que hacen aparecer a quienes insisten en sostenerlos como un inspector Javert de Los Miserables en versión contemporánea, empecinados en encontrar en un Jean Valjean-Kast los rasgos de maldad que justifiquen su odio. Tal vez sea conveniente recordarles que el Javert de Los miserables, enfrentado a la contradicción entre su odio y la realidad, termina suicidándose.

Nada de esto implica ingenuidad. El diálogo no garantiza acuerdos automáticos ni diluye las diferencias ideológicas que existen en la sociedad chilena. Tampoco exime al futuro gobierno de rendir cuentas ni a la oposición de ejercer control. Pero sí modifica el punto de partida. En vez de una política organizada en torno a la exclusión del adversario, se abre la posibilidad de una competencia verdaderamente democrática y de una colaboración en aquello que es esencial para Chile.

Si esta disposición al diálogo se sostiene en el tiempo, Chile puede empezar a abandonar la lógica del empate catastrófico y recuperar espacios de unidad política orientados al futuro. La historia chilena ofrece antecedentes elocuentes de lo que ocurre cuando, tras momentos de alta confrontación, se opta por la búsqueda de acuerdos mínimos. El gobierno de Patricio Aylwin, por ejemplo, entendió que la legitimidad democrática recién recuperada exigía integrar a sectores que hasta poco antes habían sido adversarios irreconciliables, y que la estabilidad del país dependía más de la construcción de confianzas que de la imposición de mayorías circunstanciales. Generar ese clima de confianzas, diálogo y competencia leal, no será fácil. Una actitud de ese tipo debe ser mantenida en el tiempo por los partidos democráticos de izquierda sufriendo la crítica de quienes quieran sostener una oposición ciega y sorda a las verdaderas necesidades del país. Y el gobierno deberá afrontar una crítica semejante de parte de quienes, en su propio sector, creen que democracia es imponer los puntos de vista o los intereses propios sin consideración de las visiones, necesidades o intereses de los demás.

Los gestos iniciales importan. No determinan por sí solos el curso de un gobierno, pero sí fijan un marco de expectativas. Y la apertura mostrada en estos primeros días sugiere que, al menos, existe la voluntad de tratar los conflictos dentro de la casa común de la democracia.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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3 Comments

  1. Vamos avanzando. Para el autor, pareciera ser que Kast repentinamente dejó de ser el temible y despreciable candidato de ultraderecha, y más rápido de lo que un repugnante invertebrado se transforma en mariposa, sus gestos actuales empezaron a ser de un estadista como los que no se veían hace mucho tiempo.
    Buen cambio, aunque yo lo interpreto más bien como un milagro: hay ciegos que recuperan la vista. Me alegro mucho por usted Sr. Briones. Felicitaciones; muy buena columna. Y ojalá todos podamos ir despojándonos de las escamas que no nos dejan ver.
    El problema es que más de la mitad de los chilenos cargamos con muchos años de rabia, por todo el daño que el otro lado le ha hecho a nuestro país, desde Bachelet I en adelante, que nos va a costar mucho reconocer que las escamas que los ciegan a ellos podrían no ser tan gruesas y definitivas.
    Ojalá más columnas como ésta, y más gestos de nuestro presidente, puedan poco a poco quitarnos esa rabia, al menos con algunos de los del otro lado.

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