En 1954 Alberto Moravia publicó la novela El Desprecio (Il Disprezzo), que fue traducida al castellano y publicada por Editorial Losada en 1956. Su trama se centra en la situación de Riccardo, un guionista de películas casado con Emilia, que ve conflictuada su relación casi por un malentendido que lleva a ella a sentir un profundo desprecio por él. Pero la relación continúa porque ella depende económicamente de él y él cree que la convivencia puede arreglarse o en el peor de los casos administrarse civilizadamente. La novela tiene un final trágico que no voy a comentar, sino llamar la atención al hecho que un caso como ese no es extraño: una unión que es tóxica para las dos partes, pero que ninguna cree poder terminar y más bien parecen esperar una circunstancia especial -quizás dramática- para justificar la ruptura.
La razón indica que es preferible evitar esa circunstancia dramática, aunque es probable que los sentimientos tiendan a llevar a las parejas a tales extremos. Quizás no haya nada que hacer: así son las pasiones humanas y es mejor leerlas en novelas que vivirlas. Pero, ¿y en la política? Eso es otra cosa y ahí sí debería regir la racionalidad.
Sin embargo, ante nuestros ojos se está desarrollando una tragedia semejante en el ámbito político y uno de los protagonistas parece, hasta ahora, no querer hacer nada racional para solucionarlo. Y, sí, me estoy refiriendo a la relación entre la izquierda expresada por el socialismo democrático -particularmente el Partido Socialista (PS)- y la izquierda representada por el Partido Comunista (PC) y el Frente Amplio (FA).
El tema central que justifica el vínculo del socialismo democrático con el PC y el FA es la “unidad de la izquierda”, lo que obliga a preguntarse, ¿qué izquierda? Y, ¿qué unidad? Porque lo cierto es que en Chile siempre ha habido dos izquierdas, al grado que el Partido Socialista nació como una alternativa al Partido Comunista. Como ha señalado Ricardo Núñez refiriéndose a la fundación del PS, frente a las posiciones “restrictivas y extremas” que mostraba el PC de la época “Los socialistas… levantaron otras alternativas más propias de la realidad nacional… Ambas políticas eran expresivas de las diferentes lecturas que los dos partidos de izquierda hacían de la realidad nacional, así como los distintos enfoques ideológicos que los animaban” (El gran desencuentro, Fondo de Cultura Económica 2017, p.97).
Y en cuanto a su unidad, la historia de ambos partidos registra más episodios de competencia y aún de enfrentamiento que de relación fraterna. El gobierno del Frente Popular no logró reunirlos pues, mientras el PS participó en él con ministros y subsecretarios, el PC prefirió mantener una actitud retraída y sólo se allanó a ocupar cargos menores. Los gobiernos de Juan Antonio Ríos y de Gabriel González tampoco lograron conciliarlos pues esta vez fue el PS el que tuvo una actitud más bien refractaria mientras el PC se integraba a ellos con entusiasmo.
Cuando en 1948 se aprobó la Ley de Defensa Permanente de la Democracia que ilegalizaba al Partido Comunista, algunos parlamentarios socialistas la votaron favorablemente. Y en 1952, mientras el Partido Comunista (entonces en la ilegalidad) apoyó la candidatura de Salvador Allende, una parte del socialismo, agrupada en el Partido Socialista Popular, apoyó a Carlos Ibáñez del Campo que resultó vencedor, con socialistas como Felipe Herrera, Carlos Altamirano y Clodomiro Almeyda integrándose a su gobierno. Una unidad más efectiva sólo se logró en 1956 con la creación del Frente de Acción Popular en el que, sin embargo, se mantuvieron las diferencias pues el PS siempre concibió esa coalición como un “frente de trabajadores” (coalición exclusiva de partidos de la clase obrera) y para los comunistas fue un “frente de liberación nacional” (vía electoral de acceder al poder, en coalición con partidos “burgueses”).
Ni siquiera el gobierno de la Unidad Popular logró superar la rivalidad y el conflicto. Así, Ricardo Núñez nos recuerda que en medio de ese proceso se conoció un documento de la Comisión Nacional Agraria Socialista titulado “El PC retarda enfrentamiento decisivo de las clases sociales”, en el que se denunciaban como antagónicas la posición del PS que trataba de movilizar al pueblo y las del PC, que trataba de dominar la superestructura del gobierno para, desde allí, imponer sus ideas.
La gran diferencia con los episodios anteriores, sin embargo, fue el trágico desenlace de la experiencia de la Unidad Popular: la muerte del presidente Allende y la persecución tortura y asesinato de que fueron víctimas militantes de ambos partidos. Porque esa terrible situación creó una mística que ni siquiera fue rota por una nueva separación política, cuando el PC optó por el enfrentamiento armado en contra de la dictadura y el PS, en plena renovación, optó por una vía política.
Esa mística política es la que se ha mantenido y fue, probablemente, la que motivó a Michelle Bachelet a incorporar al PC al frente político que sostuvo su segunda candidatura presidencial, destruyendo así la Concertación de Partidos por la Democracia, quizás la coalición política más exitosa de la historia del país. Y también es la que ha estado detrás de la emoción con que los militantes más jóvenes de los partidos de la ex Concertación -y también algunos viejos militantes nostálgicos- claman hoy por la “unidad de la izquierda”, aquella que nunca tuvo una realidad sólida, pero que muchos ven reflejada en el martirio de las víctimas de la dictadura.
Se trata de una realidad cuya fuerza emocional no se puede negar, pero que, como la actitud del Riccardo de Moravia, sólo sirve para ocultar otra: la mantención del vínculo entre dos fuerzas políticas con identidades totalmente distintas y que está arrastrando a una de ellas, el Partido Socialista y el socialismo democrático, a su destrucción.
Los datos de la realidad demuestran esa afirmación: en 2005 luego de quince años de gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia, ésta obtenía el 51,76% de los votos en la elección de diputados, mientras que la derecha, coaligada en la Alianza por Chile, obtenía 38,73%. En la elección de diputados de 2025, los partidos de derecha obtuvieron un 44,06% de votos, mientras que toda la izquierda oficialista, incluyendo en ella a la Democracia Cristiana, después de cuatro años de gobierno se conformaba con un 30,6% (otros 7 partidos pequeños de izquierda obtuvieron en conjunto 11.2% de votos). Pero lo que deberían considerar con mayor seriedad es que los partidos identificados con el socialismo democrático (PS, PPD, PR) obtuvieron sólo un 11,58%. Un solo partido de derecha, Republicanos, obtuvo más votos que todos ellos juntos (13,28%). Los dos partidos de la derecha tradicional (UDI y Renovación Nacional) obtuvieron más votos que cualquiera de los partidos del socialismo democrático considerados por separado.
Pero, más importante aún, el Partido Socialista en 2005 obtuvo el 10,05% de los votos y en 2025 el 5,06: en 20 años de decisiones políticas equivocadas, el PS se ha reducido a la mitad; y el PPD disminuyó sus votos de 15,42% en 2005 a 4,02% en 2025: hoy es menos de la tercera parte de lo que era 20 años atrás. El Partido Comunista, en cambio, ha logrado mantener su presencia electoral presumiblemente porque, a diferencia del socialismo democrático, ha mantenido su identidad: en 2005 alcanzó el 5,14% de los votos y en 2025 el 5,01%. Aunque lo que verdaderamente debe interesar es que -en un escenario que pasó de 7.207.351 electores en 2005 a 13.256.428 en 2025- ese partido aumentó el número de sus electores de 339.547 a 531.657, esto es prácticamente los duplicó; el PS en cambio -con un electorado que se duplica- redujo el número de sus electores de 663.561 a 579.378 y el PPD lo redujo de 1.017.956 a 425.826.
Además, en esta trágica unión que haría las delicias de Moravia, ha surgido un tercer protagonista que es el que se lleva los votos que el socialismo democrático pierde: el Frente Amplio, que en la última elección obtuvo un cómodo 7.54% de los votos, lo que lo convierte en el partido más importante de las izquierdas. Después de estos datos de la realidad ¿es posible que los partidos del socialismo democrático no se den cuenta de que su unión con el PC y el FA, como la de los personajes de Moravia, sólo los lleva a un final trágico mientras la otra parte se mantiene vigente con sus políticas?
En el Informe al reciente Pleno de su Comité Central, el Partido Comunista anunció que su desafío principal hoy no dice relación con la solución de los problemas del país, sino “impedir que la tendencia de derechización y autoritarismo que hoy se expresa electoralmente se proyecte en el tiempo.” Y que impedir esa proyección significa “crear en el corto plazo… todas las condiciones políticas, sociales y culturales para articular un pueblo organizado, movilizado y consciente de sus intereses”, esto es actuar en todos los frentes -no sólo el electoral- en contra del gobierno que asumirá en marzo. En ese contexto el Socialismo Democrático debe decidir si se mantiene, como ha hecho en los últimos años, vinculado al FA y al PC en esa política opositora al gobierno de José Antonio Kast o si es capaz de definir en sus propios términos su oposición, contemplando la posibilidad del diálogo y la disposición de contribuir a la aprobación de leyes en beneficio del país. De mantener la actitud que han tenido hasta ahora, su futuro está trazado: terminar subsumidos en las estrategias que delinee el PC y quizás el FA y a las cuales no van a poder sustraerse desde una oposición que exprese la “unidad de la izquierda”. Así, sin hacer oír su voz van a terminar por no tener voz propia. Sin mostrar su verdadera identidad van a dejar de tener identidad.
Y también tienen una obligación mayor: realizar una revisión profunda de las ideas que deben guiar al socialismo democrático en la tercera década del siglo XXI. Resolver de una vez y para siempre el dilema entre una visión racionalmente reformista de su relación con el orden capitalista y el impulso melancólico que los lleva a adherir a una inexistente “unidad de la izquierda” y a las aventuras “refundacionales” a la que esta “unidad” los arrastró en el pasado reciente.
Para que un vínculo tóxico no termine transformándose en una relación letal.

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