exportaciones

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Mi columna anterior sobre el crecimiento de las exportaciones chilenas -este año su volumen total superará por primera vez los US$100 mil millones- y la noción que se constituyen en el “sueldo de Chile”, ahora mucho más diversificado que hace décadas cuando las del cobre eran su casi único nutriente, suscitó un sugerente comentario de algunos lectores. “¿Lo sabrán en el gobierno?”, se preguntaban, justo en el momento cuando tenía lugar una gira del Presidente Boric en Europa -que, todo hay que decirlo, dejó un saldo favorable para el país y, por consecuencia, para el propio Mandatario que la condujo sin mayores contratiempos.

Que pueda albergarse la duda si acaso el gobierno tendría un acabado conocimiento sobre las exportaciones y su importancia para nuestro desarrollo no carece de asidero, tomando en cuenta que no hace tanto tiempo un impetuoso subsecretario de Relaciones Económicas Internacionales -José Miguel Ahumada, que hace algunos meses dejó el cargo- mostraba escepticismo, cuando no una franca distancia, respecto a los tratados de libre comercio suscritos por Chile a lo largo de los últimos 30 años, acuerdos comerciales fundamentales para cualquier actividad exportadora.

En Europa el Presidente Boric visitó cuatro países desarrollados -Bélgica, España, Francia y Suiza-, naciones que se cuentan entre las veinte economías que más exportan en el mundo. De hecho, lo exportado en 2022 por cada uno de esos cuatro países fue varias veces mayor que lo exportado por Chile. A modo de ejemplo, imagine el lector que los US$100 mil millones que nuestro país se apresta a exportar este año se multiplicara por cinco, alcanzando el nivel de las exportaciones anuales de Bélgica. ¿Cómo cree usted que sería Chile en ese caso hipotético? La respuesta con toda seguridad sería esta: Chile sería un país desarrollado como Bélgica. Incluso si tan sólo se duplicará el volumen actual a US$200 mil millones -el nivel de las exportaciones de un país como Austria- el impacto sobre nuestro desarrollo sería de magnitud relevante.

Como se puede apreciar, la interrogante planteada antes -¿lo sabrán en el gobierno?- tiene un sentido que no cabe ignorar. Casi no hay otra vía al desarrollo para naciones como la nuestra que el crecimiento de sus exportaciones. Debe considerarse que el aporte al “sueldo nacional” de componentes como el ahorro externo -del que se compone casi completamente nuestra deuda pública- es mucho menor que en el caso de los países antes mencionados (la deuda pública de España equivale al 110% de su PIB, mientras que la nuestra se sitúa en el 40%). Esto es así entre otras cosas porque la tasa de interés que nosotros pagamos por el ahorro externo prestado es significativamente mayor al que pagan naciones europeas. Por otra parte, tampoco el turismo -que inunda de dólares a sus economías- tiene aquí la intensidad que se observa en el viejo continente.

En consecuencia, la meta del desarrollo está indisolublemente condicionada por el comportamiento de nuestras exportaciones -y de las inversiones que se requieren para generarlas y sostenerlas. Cabe preguntarse entonces si el objetivo de alcanzar esa ambiciosa meta se cumpliría plenamente cuando para escalar la explotación del litio -una de las exportaciones más prometedoras del último tiempo- se ha propuesto la creación de una empresa pública, la Empresa Nacional del Litio, otorgando también un rol preponderante a Codelco y Enami. ¿Por qué tomar el riesgo de desaprovechar la ventana de oportunidad que ofrece el llamado “oro blanco” para incrementar significativamente el volumen de nuestras exportaciones confiando la tarea a empresas públicas? La razón seguramente la sabrán bien en el gobierno. Pero no vaya a ser que entretanto otros nos tomen la delantera y perdamos una preciosa oportunidad.

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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