servicio público

Tras estos convulsionados años, parecía que el plebiscito de septiembre pasado había comenzado a mitigar nuestra crisis. Y, en algún sentido, lo hizo: nos alejamos del precipicio del que estuvimos cerca, de abrir el camino a una concentración del poder que no podía pintar bien. Pero si atendemos a la que parece una de las causas de la crisis, la distancia brutal entre los políticos y la gente de la calle, la cosa es menos clara.

Porque, para ser sinceros, la dañada confianza en la clase política tiene pocos visos de recuperarse con casos de corrupción de los que ostentaban pureza, con escándalos de computadores, con acusaciones opositoras revanchistas, con la obsesión por la desinformación o con todo ese ruido sordo del que no pueden salir palabras reales para los chilenos.

El hastío ciudadano es obvio: ¿qué hay de la educación, quizás nuestra mayor catástrofe? ¿Qué del trabajo y de las condiciones mínimas para que todos puedan llevar una vida digna, criar en paz a sus hijos, tomarse vacaciones? ¿Qué hay de la protección de los viejos, de sus maltrechas pensiones, de su convicción de que todavía cuentan? ¿Qué hay de las ciudades, del espacio público que permite encontrarse y actualizar la conciencia de un arraigo compartido?

Es cierto que hay políticos para los que todo esto cuenta, pero no tienen voz ni articulación visible. Los indicios de un nuevo comienzo, por ejemplo en el tono del Consejo Constitucional, pueden tardar mucho en cristalizar, en la medida en que lo que ahí se discute está lejos de las prioridades ciudadanas. Nuestro famélico y fragmentado sistema de partidos se ha quedado hace mucho tiempo sin lenguaje, sin proyecto, sin belleza, sin un modo real de hablarle a los chilenos, sin nada sustantivo que ofrecer.

El cansancio y el desencanto parecen generalizados. Quienes venían a renovar la política han mostrado demasiado pronto su rostro anodino, su vejez prematura. Persiste el abismo entre los chilenos y sus representantes, pero tampoco ahora se acaba el mundo. Seguiremos por un tiempo a la espera de algo nuevo: de una voz sobria y creíble, que sintonice con los dolores de Chile; de una palabra articulada capaz de hablar con la verdad, aunque sea dura, y de hacerse escuchar.

Es posible que aún no esté preparado el terreno para que esto ocurra. No es cuestión de alcanzar mayorías, sino de restaurar confianzas. En el intertanto, habrá que lidiar con el riesgo de eventuales figuras mesiánicas que capitalicen la frustración ciudadana. Y asumir con fuerza la tarea colectiva -desde las universidades, los medios de comunicación, los centros de estudios, los viejos partidos- de formar una nueva generación que esté en condiciones de conducir un país zarandeado y en algún sentido, exhausto. Esa generación puede configurarse de modos muy distintos, pero necesita al menos conocer (y querer) lo que busca gobernar.

La crisis sigue viva, aunque permanece abierta la posibilidad de lo nuevo, de lo que siempre puede acontecer.

Investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

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