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Credit: Twitter María Corina Machado

Venezuela nos ha conmovido a los chilenos estas semanas como pocos eventos externos lo habían hecho en décadas. Son muchos los recuerdos, sensaciones, opiniones y, sobre todo, emociones que nos despiertan. Entre estas últimas, una mezcla de pena, rabia, indignación, desesperanza y otras que se nos aparecen y se van como inmensas olas de un mar tormentoso. Nos aparece por ejemplo angustia sobre el futuro (“qué irá a pasar”), junto con cierta compasión (“pobres venezolanos”) y miedos asociados a los recuerdos de nuestra dictadura y nuestras luchas por recuperar la democracia. Y las inevitables comparaciones, tan subjetivas y frágiles como muchas otras apreciaciones.

Entre lo que más me impresiona de este proceso inédito de esa sociedad tan parecida y relativamente cercana a la nuestra, está la diferencia en las características de sus dos líderes enfrentados entre sí, Maduro y Corina. En particular, sus discursos, en lo verbalmente expresado por cada uno, y muy especialmente en la emocionalidad que está detrás de sus palabras, gestos y formas de moverse. Lo que nos enseñó nuestro maestro Humberto Maturana, en las conferencias que dictó a los líderes democráticos durante nuestra transición a la democracia en el CED en 1987. Les invito a leer las en su libro “Emociones y lenguaje en educación y política”, una visión científica y al mismo tiempo práctica para entender más lo que está en juego en estos procesos tan complejos. Dejo a los lectores observar las emociones detrás de Maduro: por ejemplo, su rabia, aunque hable de “paz”. La inconsistencia entre sus gestos, posturas y palabras. Por eso habla de “paz” con gritos amenazantes. Por eso la gente no le cree. Pero aquí quisiera destacar lo que veo en Corina y su discurso.

Corina me recuerda a Corazón Aquino figura clave en el derrocamiento de Fernando Marcos, el dictador de Filipinas por tantos años, en 1986. Ella también ganó en una elección que el dictador desconoció. Pero la presión no violenta de la gente en las calles llevó al levantamiento de militares y la huida de Marcos. Algunos en Chile viajamos a Manila a conocer esa experiencia, y quedamos muy impresionados por la convocatoria de su discurso de unión y paz.

Para mí, detrás de los actos, movimientos corporales y palabras de Corina se transluce un profundo amor a su patria y a los venezolanos modestos de todo el país. De ese al que se refirió tantas veces nuestro Cardenal Raúl Silva Henríquez, al inspirarnos en nuestros tiempos de dictadura hablando del “El alma de Chile”. Corina sufre como todos los venezolanos de la división de sus familias y la separación de las madres de sus hijos y padres, tanto por la polarización interna como por la emigración. Y llama a todos, incluidos los empleados públicos chavistas, militares y hasta a los paramilitares, a construir juntos una sociedad democrática. Habla desde esa emoción que, en palabras de Maturana, “acepta al otro como un legítimo otro en la convivencia”. “Un espacio de interacciones recurrentes con otro en que su presencia es legítima sin exigencias” (p.74).  Esa emoción es el amor.

En entrevistas más largas, como una del 4 de abril en YouTube (Geniales y Mayores/Caracol), Corina recalca que “esta es una lucha ética; por la dignidad… Es una lucha espiritual; una lucha existencial, por la vida. La gente está clarísima; son las élites las que dudan”. Actúa, dice ella, por responsabilidad con su país, inculcado en ella por su padre desde niña. Su papá, fallecido hace poco más de un año, es su referente ético. Y pide para sí en sus momentos de oración o quietud: “serenidad, pies en la tierra y sabiduría”. Así concluye que de lo que se trata es “de salvar a nuestro país y a nuestras familias” y para esto, “no hay fuerza más poderosa que el amor y eso es lo que nos mueve. El amor a la libertad, el amor a nuestro país y a nuestros hijos”.

Estas últimas son dimensiones que se nos pueden escapar o no observarlas en procesos tan turbulentos y complejos como el de Venezuela: lo que está moviendo interiormente a las personas en uno y otro bando. A la gente en la calle, a los dirigentes y a los líderes principales. Esto solo, y nada aisladamente, va a determinar el devenir futuro (no el resultado final, porque éstos no existen). Esas dimensiones casi no las conocemos y menos su incidencia en futuros más lejanos. ¿Cuánto de los 30 años de progreso reciente de Chile estarían basados en el modo pacífico de su lucha por la democracia?

El amor no siempre triunfa, pero la rabia y defensividad encerrada de una élite tampoco. Hoy aparece como lo más probable que Venezuela termine en la decadencia dictatorial de otra Cuba empobreciéndose año tras año. Pero también puede evolucionar como lo hizo Filipinas después de una dictadura que también parecía inexpugnable. Lo que sí podemos ver es que Venezuela nos muestra en vívidos colores el misterio y complejidad de los seres humanos y las sociedades que formamos más inconscientemente de lo que solemos creer.

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