A medida que avanza esta década, y especialmente este año, los cambios globales y regionales son cada vez más sorprendentes. ¿Quién habría imaginado que el Papa esté evaluando una visita a la hermética Corea del Norte, donde ni siquiera se sabe cuántos católicos hay? Otro tanto se puede decir del giro estratégico que está tomando la guerra ruso-ucraniana con inimaginables ataques sobre Moscú y San Petersburgo. O las cataclísmicas dimensiones de los mutuos bombardeos entre israelíes e iraníes. 

Todo muy sorprendente, sin duda. Por ahora, sabemos que se trata de una nueva Guerra Fría, aunque los gladiadores y las arenas donde se llevan a cabo los espectáculos son muy diferentes. Resultaría aventurado afirmar que estemos ante un escenario signado por violencia que décadas anteriores. Lo ríspido de cada ambiente internacional responde a épocas concretas.

Pese a todo, es imposible negar que, en un plano más local -por ejemplo, el hemisférico-, se están observando cambios muy sorprendentes. ¿Quién habría imaginado las dimensiones del repliegue electoral del progresismo y el rechazo ambiental a sus banderas woke?

Igualmente, sorpresivos son los escénicos giros del colapso cubano y venezolano. Las generaciones mayores jamás habrían soñado con asistir a todo esto; espectáculos que algunos ven como utopía, otros como pesadilla. Hay evidentes trazos de dramatismo, de tragedia y de comicidad en cada uno de ellos.

En el caso de Venezuela, el colapso del régimen madurista está dando paso a una inédita transición, caracterizada por un tutelaje inimaginable por parte de EE.UU. El consiguiente cambio inter-élites está siendo igualmente sorprendente. Allí se ha iniciado una transición que partió con una operación militar y de inteligencia ejecutada por el “imperialismo”. Una maniobra disruptiva de tal origen, pocos o nadie habría pensado hasta hace escasos meses.

El mundo progre no sale aún de su asombro al observar cómo una operación de esa naturaleza terminó gatillando el final de un régimen considerado oprobioso y perturbador en muchos ámbitos de la vida regional, así como ineficiente en la administración de los recursos.

Esta es la primera vez en el plano regional, que una transición comienza sin ser el resultado de la culminación de un proceso liderado por alguna coalición antidictadura –whatever it means-, como tampoco de un plebiscito en busca de caminos pacíficos y negociados. Ni siquiera producto de una guerra civil o de descomunales desórdenes internos, generadores de vacíos políticos.

Esta secuencia transicional venezolana ha sumido en incomodidades a las numerosas expresiones democráticas liberales, albergadas por años en torno a ideas opositoras demasiado generalistas respecto a lo que allí sucedía. Poco prácticas. Condenaba el oprobio y la ineficiencia del chavismo-madurismo, sin elaborar momentos negociadores reales. 

Es cierto, los contendientes parecían condenados al no-diálogo. Era como si tuviesen enfrente a un antagonista mortal. Sin embargo, la política no se configura sólo a partir de los deseos de una de las partes. Requiere de esa difícil capacidad de hacerle justicia al enemigo, como dice A. Finkielkraut.

Por eso, los opositores a Chávez y Maduro nunca llegaron a identificar -ni menos urdir- un mecanismo para destrabar tal enfrentamiento. Inmersos en descalificaciones y rencillas internas terminaron dibujando una especie de anomia opositora. Desorden, desmoralización interminable. 

Algo similar se desprende del colapso cubano, en torno al cual se ha generado un clima expectante. Muchos indicios apuntan a que, nuevamente, el “pitazo inicial” será una operación disruptiva.

Por ahora, en los momentos previos, se aprecia una suerte de carrera adivinatoria al interior de las diversas expresiones opositoras, de medios de comunicación y redes sociales, tratando de imaginar posibles escenarios. Algunos lo hacen de manera estentórea; otros sottovoce.

Sin embargo, hay dos cuestiones indiciarias para observadores interesados. 

Por un lado, la visita del director de la CIA a La Habana el 14 de mayo, quien se entrevistó con altos personeros de inteligencia y del Ministerio del Interior, así como con “el cangrejo”, ese influyente nieto y escolta de Raúl Castro. Por otro lado, la inesperada reunión entre el jefe del Comando Sur, James Donovan y el comandante en jefe del Ejército cubano, general Roberto Legrá, en Guantánamo, el 28 de mayo.

No fueron encuentros casuales. Menos aún, señales de amistad. Es evidente la búsqueda de una gobernabilidad refundacional. Algo así como buscando a una Delcy.

La gran lección venezolana es que la maniobra disruptiva debe ir acompañada de un mínimo de gobernabilidad, con tinte refundacional y -especialmente en el caso cubano- de un necesario sello de simbolismo.

Estos últimos días se han divisado más luces a este respecto. A diferencia de lo que se pensaba hasta hace pocas semanas, los burócratas de la megaempresa militar GAESA parecen ya excluidos de los planes iniciales. El Departamento de Estado aplicó sanciones a tres de sus filiales y a varios individuos de la elite castrista. Eso significa que han salido de la ecuación. 

Este significativo paso se añade al ya conocido “no-liderazgo” del presidente formal, Miguel Díaz-Canel. Como se sabe, “no-liderazgo” se denomina en ciencia política y en otras disciplinas sociales a la ausencia real del ejercicio del cargo. Usando la jerga política chilena de los últimos cuatro años, Díaz-Canel “habita” el cargo. No lo ejerce. Es un administrador de los saldos del postcastrismo.

Son particularidades de la anatomía del poder cubano. Por eso, las entrevistas en La Habana y Guantánamo responden a la pulsión básica de tratar de dilucidar dónde se encuentran las fuentes reales de poder hoy en día allí, y determinar si están disponibles para una maniobra disruptiva.

Estas oscilaciones preparatorias han ido en paralelo a la decisión gubernativa de introducir algunas reformas económicas, aprobadas hace escasos días por el Comité Central, aquel órgano colegiado donde reside la formalidad del poder en Cuba.

Es justamente esa característica colegiada la que podría reunir las condiciones para avalar los términos del otoño revolucionario. Transforma la decisión histórica en un ejercicio algo más colectivo. Son pasos significativos hacia la maniobra disruptiva en ciernes y se convierten en el corazón de la transición tutelada.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.