Es temporada alta en un pueblo turístico. Un viajero entra a un hotel, deja un billete de 100 dólares sobre el mostrador como garantía y sube a revisar la habitación. Apenas desaparece en la escalera, la dueña del hotel toma el billete y corre a pagarle al carnicero, con quien tenía una deuda pendiente. El carnicero corre donde su proveedor de ganado para saldar la suya. Este, con el mismo billete, corre al hotel de su hermana para pagar una vieja cuenta que los tenía distanciados, y lo deja sobre el mostrador. En ese momento baja el viajero, dice que la habitación no lo convenció, toma sus 100 dólares y se va.
Nadie ganó un peso. Pero el pueblo entero saldó sus deudas.
Esta parábola ilustra la ecuación de intercambio que Irving Fisher formalizó en The Purchasing Power of Money (1911):
M x V = P x Q
Donde M es el stock de dinero en circulación; V es la velocidad del dinero (el número de veces que una unidad monetaria se transa en bienes y servicios finales durante un período); P es el nivel general de precios; y Q es el volumen de transacciones o producto real. El lado izquierdo mide el flujo de gasto agregado; el derecho, el valor nominal de lo transado. Es, en esencia, una identidad contable: no describe causalidad, pero sí impone una restricción que toda economía debe cumplir. Su utilidad no está en predecir, sino en obligarnos a mirar la variable que solemos ignorar.
En Chile, el debate político-económico se concentra casi exclusivamente en la M (gasto fiscal, facilidades de crédito, Tasa de Política Monetaria), pero poco se habla de la V, pese a su enorme poder para dinamizar la economía. La Gran Depresión, las “décadas perdidas” de Japón o la Europa post-subprime muestran episodios donde M creció con fuerza mientras el PIB nominal se estancaba, porque la Velocidad colapsó: el dinero quedó atrapado en balances, sin circular hacia el gasto real.
Hoy probablemente necesitemos una política monetaria más expansiva para apuntalar la M. Pero hay otra variable que puede reactivar la economía con mayor rapidez: aumentar su Velocidad.
¿Cómo? La vía más inmediata es que el Estado pague oportunamente lo que adeuda a sus proveedores. La burocracia pública mantiene miles de facturas impagas, asfixiando especialmente a salud, educación y construcción. A nivel central y comunal. Cada peso retenido en el Fisco es un peso que no paga sueldos, no compra insumos ni financia nuevas inversiones. (El gobierno actual lo tiene claro. USD 1.500 mm de los USD 6.000mm solicitados al Congreso por el ministro Quiroz van a pagar proveedores. Ahora bien, si la Corfo en la administración anterior le hubiese hecho caso al economista Quiroz cuando estimó el perjuicio para Chile de entre USD 5.000 y USD 10.000MM por no licitar el litio como debía en vez de asignárselo directamente a Codelco y SQM, el ministro podría haber saldado la deuda completa con sus proveedores sin necesidad de aumentar la deuda pública. Todavía queda un trámite pendiente en Contraloría. Vamos que se puede).
También acelera la velocidad del dinero reducir los plazos de pago entre empresas; facilitar el crédito para capital de trabajo; disminuir la permisología que inmoviliza recursos antes de que se transformen en inversión; agilizar la devolución de impuestos; modernizar los sistemas de pago; y entregar mayor certeza regulatoria, porque cuando familias y empresas dejan de postergar decisiones por incertidumbre, el dinero vuelve a circular.
La parábola del pueblo turístico recuerda que un mismo billete puede generar un enorme impacto cuando cambia rápido de manos. No siempre se necesita imprimir más dinero para mover una economía; muchas veces basta con liberar el que ya existe. Quizá ha llegado el momento de preguntarnos, con la misma seriedad que discutimos el gasto y la tasa, qué tan rápido hacemos circular cada peso.
