El miedo es uno de los motores más potentes en la comunicación política. Autores como Nicholas Valentino y Ted Brader (ambos de la Universidad de Michigan precursora el estudio del rol de las emociones en política) han logrado anclar las campañas electorales con la teoría de la inteligencia afectiva. En pocas palabras, esta escuela sostiene que emociones negativas como el miedo o la rabia son claves para movilizar a los electores, ya que alteran la forma en que procesamos la información política y nos hacen estar más atentos y reactivos.

Rabia y miedo son muy similares, y suelen competir por protagonismo en las campañas, pero tienen marcos temporales distintos: la rabia nos conecta con el pasado o el presente; nos hace recordar afrentas, injusticias, dolores vividos. En cambio, el miedo nos proyecta hacia el futuro; nos hace anticipar lo que podría salir mal, y nos previene de riesgos y amenazas.

En la historia reciente de Chile, el miedo ha jugado un rol decisivo en momentos cruciales. En 1988, fue el temor a la perpetuación de la dictadura lo que ayudó a consolidar la opción del No, permitiendo una inédita unión entre la DC y el socialismo, adversarios históricos durante la UP. Años después, en el plebiscito de salida de 2022, el miedo a la refundación del país fue clave para el triunfo del Rechazo, forjando una alianza entre la derecha y sectores de centro e incluso centroizquierda, lo que incluyó al exsenador PPD Felipe Harboe y a quienes luego formarían partidos como Amarillos o Demócratas.

Cuando hay un enemigo claro y poderoso, el miedo es un aglutinador eficaz. Une a quienes, en otros tiempos, difícilmente caminarían juntos. Pero ¿qué ocurre cuando ese enemigo desaparece, y la amenaza deja de ser evidente? Se desatan los cables y surgen las desavenencias. Insistir con la raíz del miedo en esos escenarios puede ser no sólo ineficaz, sino desgastante. Y, sin embargo, muchos siguen aferrados a esa lógica.

Hoy hay miedos, sin duda… pero no logran tener el rol que tuvieron en 1988 o en 2022.

Actualmente, el mayor miedo está centrado en la inseguridad. Pero la delincuencia se ha convertido en un commodity. Todos la denuncian, todos prometen combatirla. No parece ser, por tanto, un factor que, por sí solo, marque diferencias en la elección de 2025. Habrá, sin duda, una subasta por quién es más duro, quién ofrece más garantías, pero no se tratará de un miedo que logre reconfigurar el paisaje político.

El desafío entonces es otro: salir de la trinchera del miedo y reconectar desde lo positivo. No se trata de ser ingenuos; es obvio que las emociones negativas movilizan más. Pero la política necesita recuperar su legitimidad. Y para eso, emociones positivas como entusiasmo, esperanza y orgullo pueden ser aliados más eficaces (en el largo plazo) que el miedo.

Necesitamos volver a construir relatos que inspiren, que convoquen a soñar y a confiar. Porque al final del día, las campañas que logran movilizar desde una visión positiva de país dejan huellas más profundas en la retina. Y eso, al final del día, paga más que simplemente generar miedo.

Director de Administración Pública UNAB

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