A raíz de las declaraciones del Presidente José Antonio Kast en una entrevista radial esta semana la pobreza ha regresado al foro público después de años de haber sido relegada a una preocupación secundaria del sistema político, desplazada por la superación de la desigualdad, que fue proclamada sin ambages como el eje del segundo gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet y que ha sido el leit motiv del progresismo -y para qué decir de la nueva izquierda- desde entonces.
La extraordinaria reducción de la pobreza en nuestro país, no puede caber duda, fue el resultado por excelencia de los “30 años” y del modelo político y económico de modernización capitalista con el que gobernó sin tapujos la Concertación y el Presidente Sebastián Piñera. El crecimiento a las tasas más elevadas que haya conocido el país, sostenido por más de dos décadas, expandió el empleo -por momentos rozando niveles de pleno empleo- a la vez que engrosaba generosamente las arcas fiscales, lo que a su vez posibilitó la puesta en marcha y financiación de una variedad de programas sociales, algunos de ellos notoriamente onerosos. Quizás no haya un período más virtuoso en nuestra historia y lo fue principalmente por el acceso que tuvieron de pronto millones de chilenos, que hasta entonces se debatían en la pobreza, a los niveles de bienestar propios de la modernidad.
Cabe señalar, porque todo hay que decirlo, que este resultado incomoda a la izquierda anticapitalista. De hecho, casi no se recuerda que sus dirigentes hayan celebrado en alguna ocasión los extraordinarios resultados de la encuesta Casen, que una y otra vez han dado cuenta de la magnitud de ese enorme progreso social, que ha puesto a Chile a la cabeza de los países de América Latina en la materia. Pero aunque la reducción de la pobreza estaba a la vista para quien quisiera verla desde hace tiempo, semejante logro se alcanzó por la vía de la modernización capitalista, la madre de todas las instituciones desde 1990 -intensamente neoliberal para el gusto de la izquierda-, en las antípodas del modelo peronista/kirchnerista que entusiasmó al progresismo local en la década pasada, para no hablar del chavismo, que hizo lo propio en la izquierda.
Por cierto, ninguno de esos modelos logró reducir un ápice la pobreza en los países donde se implementaron y, en cambio, la incrementaron significativamente como sucedió en Argentina y Venezuela.
Si la reducción de la pobreza era un logro indiscutible, la disminución de la desigualdad no había seguido un ritmo similar ni mucho menos y se mantenía en niveles que eran elevados para un país que estaba a las puertas del desarrollo. A ese blanco dirigió su foco el progresismo. “Abordar la desigualdad para mirar al futuro con confianza”, proclamó la Presidenta Bachelet el día que fue elegida para gobernar por segunda vez en diciembre de 2013. Durante ese mandato la encuesta Casen, publicada en enero de 2015, mostró que la pobreza se había reducido a su valor más bajo hasta entonces, un loable 14,4%, sin que ello despertara mayor entusiasmo -más bien ninguno- en la Nueva Mayoría gobernante. Por su parte, el documento «Desiguales» del PNUD, publicado en 2017 (era el último año de ese segundo mandato), mostró una reducción relevante de la desigualdad del ingreso en el país entre el año 2000 y 2015, periodo durante el cual el coeficiente gini disminuyó en 7,3 puntos. Tampoco este resultado recibió la atención que se merecía, mientras se repetía hasta la saciedad que en Chile había hecho patria la «desigualdad más alta del mundo».
No deja de ser paradojal que ese mismo progresismo, que se fue volviendo indiferente ante los extraordinarios resultados de reducción de la pobreza en el país -incluso adhiriendo pasivamente al disparate de “no son $30, son 30 años”-, se muestre ahora sensible respecto al tema. En buena hora, sobre todo si esa sensibilidad se materializa en un apoyo activo para impulsar el crecimiento económico, toda vez que las deficitarias arcas fiscales están requiriendo de su indispensable aporte para financiar la extendida agenda social que permite reducir la pobreza y desigualdad.

Por fin se va despejando la neblina y verdades indesmentibles, van saliendo a luz.
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Excelente columna, gracias