AGENCIAUNO

Una idea que me ha acompañado -y guiado- desde hace mucho, fue planteada por Albert Camus en El Hombre Rebelde. Es aquella que señala que romper con una lógica asfixiante y específicamente con una ideología que pretenda explicarlo todo y para siempre o con una fe política hermética es el primer acto verdaderamente vital. Separarse en ese caso, nos dice Camus, no es traición, es respiración moral. Ese cambio, que es liberación, puede ser angustioso y puede ser vivido como lo vive la mariposa de Lao Tse “aquello que la oruga llama el fin del mundo, el resto del mundo lo llama mariposa”. Una experiencia que están viviendo estos días los partidos del Socialismo Democrático.

Hace un par de semanas comenté en este espacio de opinión que “aquello que estaba esperando ocurrir” parecía finalmente haber comenzado a ocurrir. El Socialismo Democrático se separaba del eje Partido Comunista-Frente Amplio a raíz de las diferencias frente a la Ley Nain Retamal. Un episodio que podía parecer menor pero que tenía la virtud de mostrar la divergencia de visiones de la sociedad y de la democracia que separan a esos dos bloques. El fin de la semana pasada trajo el hecho definitivo que marca esa separación: la primera reunión en la que los partidos del Socialismo Democrático deliberaron sin el Partido Comunista y el Frente Amplio. No se trata todavía de una ruptura formal, pero sí del primer paso consciente en esa dirección.

El Socialismo Democrático ahora se enfrenta sólo a sí mismo y comienza a hablarse a sí mismo, a mirarse sin intermediarios, a asumir que su crisis no se resuelve mimetizándose con proyectos ajenos sino recuperando su propia voz. Durante años, ese Socialismo Democrático aceptó -a veces con resignación, a veces con ingenuidad- una convivencia incómoda con fuerzas que conciben la democracia como un instrumento y no como un valor en sí mismo, o que entienden la política más como manifestación generacional que como construcción institucional. Esa convivencia tuvo costos evidentes: pérdida de identidad, confusión programática, desvanecimiento del verdadero legado histórico y, finalmente, un severo castigo electoral. Se trataba de una relación tóxica y persistir en ella habría sido no solo un error estratégico, sino una forma de autodestrucción.

La conducción de Paulina Vodanovic, a la cabeza del Partido Socialista, ha sido clave en este giro. No por estridencias ni por gestos refundacionales, sino precisamente por lo contrario: por la sobriedad y la valentía con que ha insistido en que el Partido Socialista -y el Socialismo Democrático en general- no pueden seguir definiéndose por su cercanía o distancia respecto de otros, sino por lo que efectivamente son y proponen. El temple de Vodanovic recuerda los liderazgos socialistas que supieron combinar la firmeza de convicciones con la apertura al debate y dieron a Chile la Concertación de Partidos por la Democracia y los mejores años de su historia republicana. Ahora su conducción ha permitido que el Partido Socialista recupere voz propia, algo esencial en un momento donde la política sufre, muchas veces, la disolución de la ideología y pactos con dos almas… o sin ninguna.

El camino propio que comienza a emprender el Socialismo Democrático lo va a llevar a enfrentar dos enormes tareas. La primera es la de definir y practicar una oposición constructiva frente al futuro gobierno de José Antonio Kast. Constructiva no significa complaciente ni subordinada, sino responsable, rigurosa y anclada en la defensa del Estado de Derecho, los derechos sociales y las libertades públicas. Frente a un gobierno de derecha, la tentación de la oposición meramente obstructiva -la negación “de la sal y el agua” como una vez planteó el Partido Socialista al gobierno de Eduardo Frei Monalva- puede resultar atractiva para algunos, pero sería políticamente estéril y moralmente irresponsable. El país no necesita una izquierda que sabotee, sino una que fiscalice, proponga y delimite con claridad los márgenes de lo aceptable en democracia. El Socialismo Democrático debe, en suma, definir las formas concretas de una oposición basada en propuestas, en fiscalización fundada y en el aporte de ideas renovadoras.

La segunda tarea es más exigente y, al mismo tiempo, más decisiva: definir la ideología del Socialismo Democrático en el Chile del siglo XXI y explicar con honestidad qué le ofrece al país. No será fácil, durante los últimos años esa definición ha sido sustituida por consignas que quedaron ya muy atrás en el pasado (“la unidad de la izquierda” quizás la principal de ellas) o por adaptaciones a discursos ajenos. El Socialismo Democrático debe decir, sin ambigüedades, que cree en la democracia liberal como marco irrenunciable; que concibe la igualdad como ampliación de oportunidades reales y no como homogeneización forzada; que valora el crecimiento económico como condición para la justicia social; que entiende al Estado no como botín, sino como instrumento al servicio de la ciudadanía; que cree en el Chile que somos, el que hemos forjado juntos en nuestra diversidad y no en la mescolanza de identidades que se nos trató de imponer con el proyecto de Constitución rechazado en 2022; y que repudia el asalto violento al espacio público disfrazado de “manifestación”  o “protesta”, esa “privatización del espacio público” por un  “fascismo de izquierda” que tan bien describe Cristián Warken en sus Confesiones de un Apóstata.

Y lo más importante: desde esa cima democrática, mostrarle al país lo que puede ofrecerle un Socialismo Democrático. Un mensaje claro que deje atrás la letanía del “es necesario reconectar con los sectores populares”, para mostrar una verdadera comprensión de qué significa “popular” en esta tercera década del siglo XXI y de qué están hechos hoy aquellos que el socialismo sigue llamando “pueblo” y “trabajadores”. Demostrar que entiende que un trabajador o trabajadora contemporáneo es alguien mucho más complejo que el obrero industrial decimonónico que vendía su fuerza de trabajo por un salario que proveía de plusvalía a su explotador y que sabe que lo que ese trabajador o trabajadora entiende por igualdad es algo diferente a “bajar de sus patines” a estudiantes privilegiados.

Ninuna de esas tareas es fácil. Ni la de corto plazo de definir una oposición constructiva ni la de reencontrar una ideología reformista y democrática en sintonía con la realidad de hoy. Son tareas que deberán enfrentar los cantos de sirena que entonen sus antiguos aliados, desde cuyas filas ya comienzan a escucharse mensajes que buscan minimizar las diferencias. Y también, y probablemente lo más difícil, deberá enfrentar el fuego amigo, tanto de quienes tienen intereses visibles y no tan visibles que defender (alguno probablemente se disparará desde trincheras parlamentarias), como de los nostálgicos de episodios y teorías del pasado que, en ciertos casos, por su edad, ni siquiera tuvieron la oportunidad de conocer de cerca.

Ya está dicho: el camino que lleva a liberarse de ataduras puede ser traumático, pero es el primer acto vital… el que permite a la oruga ser mariposa.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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3 Comments

  1. El socialismo no lleva a ninguna parte. Aunque le llamen democrático. Sus militantes son seguidores de Salvador Allende, quien casi nos transforma en una segunda Cuba.

  2. Me parece un muy buen planteamiento del autor y me parece que es genuino y auténtico. Dios quiera por Chile, que les resulte su rompimiento con aliados espureos y puedan renacer fortalecidos

  3. El socialismo indefectiblemente conduce a la limitación de las libertades del individuo y a las discriminaciones que marcan la diferencia de trato ante la ley. Así comienza el camino a la pérdida de la democracia y al principio de los regímenes autoritarios, donde el individuo va perdiendo su dignidad porque el estado es el que toma las decisiones.

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