El próximo 11 de septiembre el Presidente José Antonio Kast cumplirá seis meses de gobierno. Es imprescindible que afiance su gabinete y mejore la coordinación interna. Debe liderar, tener iniciativa y ocuparse de las políticas de Estado. Es el responsable del gobierno. La coincidencia con esa fecha, que en Chile nunca es cualquiera, obliga a escribir con más cuidado del habitual. Y conviene decir algo de entrada. La oposición también cumple seis meses en ese lugar de la democracia que exige acuerdos con los adversarios y no revanchas electorales. Los balances de medio año suelen escribirse como si el gobierno actuara solo en el escenario. No es así. Lo que se juega en estos meses es una obra a dos manos.

A esta altura del gobierno de Gabriel Boric, dos días después del triunfo del Rechazo, a 179 días de haber asumido, llevó a cabo un profundo cambio de gabinete. Tocó seis carteras. Izkia Siches salió de Interior y llegó Carolina Tohá; Giorgio Jackson dejó la Segpres, reemplazado por Ana Lya Uriarte, y se fue a Desarrollo Social; en Salud, Begoña Yarza fue sustituida por Ximena Aguilera; y Diego Pardow llegó a Energía en lugar de Claudio Huepe. En Ciencia salió Flavio Salazar y entró Silvia Díaz.

Max Weber distinguió la ética de la convicción de la ética de la responsabilidad. La primera se pregunta si uno tiene razón. La segunda, qué le ocurrirá al país si uno actúa según esa razón. Seis meses es exactamente el plazo en que un gobierno debe migrar de la primera a la segunda, porque ya se le acabaron las excusas del recién llegado y todavía le sobra tiempo para corregir. Ese tránsito es inexorable.

No nos podemos hacer los tontos ni andar dando cátedra sobre las ideologías incompatibles de cada uno, que frenan la convivencia política y cívica, con impacto negativo en el país. Mientras repetimos ese ejercicio, el mundo atraviesa situaciones complejas que nos afectan directamente. Nadie desconoce el problema entre Estados Unidos y China, y a Chile lo golpea más que a otros por nuestra política abierta, que ha sido la base fundamental de nuestro desarrollo.

Desde fines de julio rige un arancel de 12,5% sobre parte de nuestros envíos a Estados Unidos, fundado en una investigación sobre trabajo forzoso que alcanzó a sesenta economías. El cobre y el litio quedaron exentos, y eso ha servido para tranquilizar a quienes miran solamente la macro. Pero cerca del 40% de lo que le vendemos a ese mercado quedó afecto, y detrás de esa cifra hay empleo en regiones que no tienen otra industria a la mano. Este arancel es dañino para Chile, y no se debe perder de vista. Era previsible a mi modo de ver por lo que ya viene ocurriendo con los aranceles. ¿Se pudo hacer mejor? Yo creo que sí. Sobre todo en materia de anticipación de un riesgo posible dada la guerra arancelaria.

La política de Relaciones Exteriores es una política de Estado. La relación con Estados Unidos ya estaba averiada cuando este gobierno asumió, y a este gobierno le tocaba recomponer el equilibrio con todos los países. Los países no son amigos. Tienen intereses y los defienden en beneficio de sus ciudadanos. Todo aquello que actúe en contrario es negativo para Chile. Una foto no es una política exterior, y una afinidad ideológica no exime a nadie de negociar duro cuando el interés del otro se impone sobre el nuestro.

A esto se suma la guerra en Medio Oriente, con su impacto en los costos internos y en los fletes internacionales, que nadie puede desconocer.

Y por debajo de todo esto, avanza una transformación que va a reordenar el trabajo, la educación y el propio Estado más rápido de lo que nuestra política es capaz de procesar. La revolución de la inteligencia artificial no es un asunto solo de tecnólogos. Es un asunto de convivencia. Hannah Arendt advirtió hace más de medio siglo sobre el peligro de disponer de poderes cuyos efectos ya no somos capaces de pensar ni de deshacer. No escribía sobre algoritmos. Escribía sobre nosotros.

Ortega y Gasset lo dijo de manera más simple. No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa. Chile va a tener que decidir cómo tributan las plataformas, qué hacemos con los datos de las personas, cómo protegemos la propiedad intelectual de nuestros creadores, qué le enseñamos a un niño que llega a la sala con una máquina que responde mejor que su profesor. ¿Quiénes van desde ahora a dialogar acerca de esto? ¿Y tomar las decisiones que hagan falta? ¿O se seguirá en los ataques desde las tribunas entre propios y también con los adversarios?

Otro punto importante es analizar cómo funcionó y cómo funciona la Alta Dirección Pública. Profesionales independientes, probos y con experiencia deben ocupar cargos como el Servicio de Impuestos Internos, Aduanas y las superintendencias. La política y los cupos no dan el ancho, y está demasiado claro como para seguir insistiendo. Un Estado que no logra poner a su mejor gente al frente de sus servicios técnicos no va a regular nada de lo que viene. Va a llegar tarde, y lo que viene es muy complejo. La crisis de desempleo no admite demoras.

Por cierto, celebro la auditoría que se está llevando a cabo y que ha detectado miles de millones de pesos transferidos a fundaciones sin rendición acreditada. Que se aclare qué pasó con esos recursos y que las responsabilidades se establezcan donde corresponde, que es en los tribunales y no en las redes sociales. ¿Somos conscientes de que ese dinero se le quita a la seguridad, a la salud y a la educación? Y aquí sí que conviene ser precisos. Los hechos que hoy se revisan pertenecen a un período determinado. Lo transversal es otra cosa, y es peor. Es la costumbre instalada de tratar el Estado como un espacio de reparto. De eso no se salva ningún color político.

Sería injusto exigirle todo eso al gobierno y nada a quienes lo enfrentan. Hay una tentación que en la oposición nunca se nombra en voz alta y que cualquiera reconoce cuando la ve, la de administrar el desgaste ajeno. Es una tentación barata, porque no cuesta nada, y carísima, porque el tiempo que se le gana a la próxima elección se le quita al país en esta. Y la prueba ya está sobre la mesa. La agenda contra el crimen organizado reúne más de treinta iniciativas, diez de ellas en discusión inmediata, y el oficialismo no tiene mayoría propia en ninguna de las dos cámaras. La suerte de esos proyectos no depende solo del Presidente. Depende de quienes hoy pueden elegir entre mejorarlos y mirar cómo se les hace tarde. Ahí, y no en los foros ni en las redes, se va a saber quién vino a corregir.

Rescato, porque hay que rescatarlo cuando ocurre, que la directiva del Partido Socialista le haya anunciado a la Segpres una propuesta propia para enfrentar el crimen organizado. Eso es oficio. Eso es exactamente lo que falta, en un lado y en el otro.

Tocqueville describió el riesgo de las democracias con una lucidez que incomoda. Que cada cual se repliegue en su pequeño círculo y le entregue lo demás a la administración, hasta que el espacio común deje de sentirse propio. Es la mejor descripción que conozco del desorden cívico que hoy se percibe en Chile. El monumento a Gabriela Mistral fue inaugurado en marzo y a los 40 días ya tenía fracturas y rayaduras en su base, provocadas por quienes lo usan como pista de entrenamiento. Es un detalle menor al lado de la delincuencia o del desempleo. Pero los detalles menores son los que revelan el estado de un país. Y nadie lo detiene. Ni hablar de la violencia en la educación.

La tribuna para los políticos ya está cancelada por los ciudadanos, que en su mayoría no respetan ni a los partidos ni al Parlamento. Los egos ganaron la última década. Chile la perdió.

Ya no se puede seguir hablando de lo recibido, que es un hecho sin lugar a dudas. Es momento de tomar decisiones. Y el Presidente Kast tiene que tomar en serio varias. Primero, a pesar suyo y de su partido, armar una coalición amplia que garantice gobernabilidad y que deje de pelear consigo misma en público. Segundo, revisar su gabinete, no para castigar a nadie, sino porque un equipo que se contradice en público le resta autoridad al Presidente y le quita al país la sensación de que alguien conduce. Tercero, sacar los cargos técnicos del Estado de la lógica del cupo, aunque eso le cueste con los suyos. Esa sería la señal más potente de que este gobierno vino a gobernar y no a administrar una victoria.

A la oposición le corresponde una decisión de la misma envergadura. Definir si va a ser una oposición que corrige o una que espera su turno. La seguridad, el empleo y la calidad de la educación no admiten esa espera. Un país no se levanta desde la vereda del frente.

La amistad cívica no consiste en querernos. Consiste en reconocer que el otro, con el que discrepo en casi todo, tiene tanto derecho como yo a este país y tanta responsabilidad como yo sobre su suerte. Aprendí esa idea en mi casa, y hoy suena casi ingenua. Sospecho que es lo único que nos queda por probar.

Por eso no pido unidad, que es una palabra gastada de tanto usarla en los discursos. Pido una mesa, con nombres, con temario y con plazo, donde se sienten los que estén dispuestos a decidir y quede en evidencia quién no quiso llegar. Al Presidente le toca convocarla aunque le cueste con los suyos. A la oposición le toca asistir aunque le convenga más el fracaso ajeno. El mundo no nos va a esperar. Y la cuenta, cuando llegue, la pagamos todos.

Economista. Ex embajadora de Chile en Uruguay

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