El enésimo colapso que vive Haití por estos días está siendo tomado como ejemplo de lo que podría pasar en el resto de la región si continúa el aumento exponencial de la criminalidad organizada. Se vislumbra -con fundado miedo- la posible haitización de varias zonas del continente. Sin embargo, hay algunos elementos a considerar y que sugieren establecer un par de diferenciaciones. Los países de la región, pese a su deteriorado estado, han desarrollado durante 200 años un sustrato cultural abierto, que los distingue de los haitianos. Estos, a su vez, al carecer de un mínimo de affectio societatis, constituyen un caso especial, y quizás único, de inviabilización de cualquier institución estatal.
Los peligros que subyacen a partir de esta constatación son de otra naturaleza. Por ejemplo, la posible estampida migratoria haitiana. Tal posibilidad, junto al inminente colapso cubano, transformaría el actual drama migratorio caribeño en un espectáculo dantesco. Provisionalmente, los funcionarios de la ONU ya integraron a Cuba a sus programas de asistencia alimentaria, pero se quiebran la cabeza con Haití. Allí, nada ha resultado y nada resultará en el futuro. Se ha generalizado la opinión de que se convirtió en un no-país.
Respecto a este punto, surge una duda práctica muy interesante. ¿Cómo puede desaparecer un país?
En los asuntos internacionales ninguna hipótesis es descartable a priori. Sin embargo, nadie imagina cómo podría ocurrir en este caso, salvo un vaciamiento poblacional por mar y aire. Por tierra se ve imposible. Comparte la isla con República Dominicana y ésta ha construido una red zanjas, alambres púas, vallas y puntos militares con órdenes perentorias. La frontera debe ser impenetrable y el ingreso de haitianos evitado al precio que sea. En esta materia, los dominicanos no desean fronteras high tech, con drones, sensores, ni menos ingresos regulados.
Por lo tanto, cualquier cavilación sobre Haití, que aspire a entender y resolver el problema más allá de soluciones-parche, debe asumir con franqueza tres asuntos.
Primero: la sociedad haitiana es tribal. Basta ver la historia del país. Quien mejor entendió esto fue Francois Duvalier, alias Papa doc, el único que logró ejercer un mínimo aceptable de autoritas. Como era un médico rural, aprendió que la única manera de mantener cierto control era transformando el vudú en una suerte de religión nacional y argamasa identitaria. A las clases más ilustradas del país, los invitó a abrazar una idea algo amorfa de identidad africana, llamada negritude. Duvalier desarrolló intuitivamente una jerarquía de poder clánico –basado en los clanes locales- un derivado de las sociedades africanas, donde la identificación es justamente étnica tribal.
Desde luego que no es posible negar las fuertes dosis de represión aplicadas por su cuerpo policíaco, los tonton macoutes. Pero la represión fuerte también es algo usual en las sociedades africanas. Basta ver la realidad política de ese continente el día de hoy.
Duvalier gobernó desde 1957 hasta 1971, cuando falleció, y su hijo de 19 años, Jean Claude, le sucedió. Sin embargo, Baby doc no tenía las habilidades del padre. La situación se descontroló y debió arrancar. Desde entonces la violencia y anarquía se apoderaron de manera absoluta del país, salvo breves interrupciones cuando se ha intervenido con operaciones de paz.
Años después se intentó otro experimento. Tratar de generar una argamasa identitaria católica, encabezada por el cura salesiano, Jean-Bertrand Aristide (alias Titide). Fue dos veces presidente y apuntó a crear redes de comunidades católicas de base, con fuerte apoyo internacional. Su destino quedó sellado cuando creó una propia banda de pistoleros para reprimir y mantener el orden. Fueron los temibles Chimeres. Al poco tiempo, dos bandas de delincuentes (el llamado Nuevo Ejército y el Ejército Caníbal – el nombre lo dice todo), dieron cuenta de Titide, quien repitió la escena de Baby doc saliendo raudo al exilio. Corría 2004 y Chile participó junto a Francia, EE.UU. y Canadá en la operación militar que tomó el control del país.
El fracaso de las sucesivas misiones revela la necesidad de entender esa realidad clánica. Pero aparte de verlo como una incrustación africana, se debe asumir que aquella sociedad quedó congelada en el siglo 19. Hay una cierta renuencia a aceptar que Haití aún no sale de una cotidianeidad hobbesiana, mientras el contexto regional, pese a todo, ha seguido avanzando. El mejor ejemplo es la evolución de sus vecinos al otro de la isla.
El naufragio principal es de la lógica ONU. Esta privilegia una aproximación llamémosle microbiológica, que entiende la democracia como un germen o un virus que se puede inocular en cualquier organismo.
Segundo: Haití no es un Estado fallido. Ello supondría que alguna vez hubo allí un Estado medianamente en forma. Para encontrar ciertos trazos de aquello hay que remontarse a los albores del siglo 19 y es evidente que los actuales haitianos perdieron memoria histórica. El punto entonces es cómo encontrar un método que incentive a esas personas a cambiar, a generar capital social y despertar ese imprescindible sentido de comunidad. Por eso, otra visión paternalista fracasada corresponde a aquello que el progresismo gusta denominar “reforzamiento de la sociedad civil”. El resultado es la extinción de eso que Andrés Malamud designa como recursos duros de la autoridad (militares, económicos) y blandos (valores, capacidad para generar atracción y apego entre los ciudadanos),
Tercero: la criminalidad organizada que deambula por el país no es una fuerza insurgente. En realidad, ninguna banda delictiva lo es. En ningún lugar. La razón es obvia. No aspiran al poder político. Asesinan políticos, destruyen edificios asociados a la política, pero no tienen intenciones de instalarse a gobernar. Si lo fueran, estaríamos en presencia de una insurgencia política, de un foco insurreccional o de una fuerza guerrillera.
Para que así sea, a los grupos alzados los debe traccionar una utopía. Sea ideológica o religiosa. Un ligero tinte mesiánico e impersonal, también es imprescindible. Hasta ahora, los grupos haitianos sólo muestran bandolerismo, vandalismo y violencia.
Históricamente, para que un grupo sea reconocido como un foco beligerante insurgente, debe cumplir con dos condiciones, como mínimo. Una, enfrentarse a una contraparte, o un oponente, que medianamente se articule (en los hechos) en torno a la idea de weberiana de Estado. Y, dos, exteriorizar una cierta convicción (por elemental que sea) de la idea del poder en cualquiera de sus formas. Esta última intersecta con ese cierto impersonalismo mesiánico tan necesario.
Es verdad que el principal líder, J. Cherizier ataca refinerías, edificios gubernativos, la cárcel de la capital y amenaza con guerra civil. Incluso, que podría llegar a ocupar técnicas terroristas sofisticadas, como atentados y secuestros extorsivos. Mas eso no lo transforma en un líder insurgente.
Cherizier es únicamente cabecilla de pandilleros deambulando, con todos los horrores imaginables por supuesto, pero no abocado a controlar el país, ni a establecerse como nueva autoridad, más allá de ordenar a quién se asesina o qué se destruye. Por lo mismo, su destino será el mismo que tuvo el llamado Ejército Caníbal y todas las otras bandas que han existido. Será absorbido por otros grupos.
La presencia o ausencia de intenciones políticas detrás de un levantamiento armado está ampliamente documentada. Quizás el caso más famoso es ese dramático momento de la Revolución Mexicana, en diciembre de 1914, cuando Pancho Villa y Emiliano Zapata, llegan victoriosos a la localidad de Xochimilco en la Ciudad de México, como culminación de su lucha (con marcado acento social) y se preguntan a sí mismos en voz alta, “¿… pues y ahora qué?”. Al no encontrar respuestas, tomaron sus caballos y volvieron a lo único que sabían, a seguir en armas contra lo que fuere. Como diría Enrique Krauze, no estaban “imantados” al poder.
Y, si bien la historia carece de libreto, lo más probable es que no existan en el futuro inmediato pandillas mutando a una columna insurgente. En cambio, en el sentido inverso sí seguirán registrándose ejemplos. Fuerzas guerrilleras han devenido en simples (pero peligrosos) pandilleros, al fracasar su objetivo político. Muchos grupos guerrilleros de países tercermundistas terminan asociados al crimen organizado o cometiendo actos delictivos individuales. Es su única forma de sobrevivencia material.
En síntesis, las plagas que azotan a Haití son demasiado específicas y difícilmente trasladables. Esto no significa minimizar el principal problema que emana de ese avispero, cual es la migración fuera de control.
La verdad es que se trata de un enorme desafío para los países de destino. No sólo por el número de quienes llegan. El economista alemán, Thilo Sarrazin, quien ha estudiado profundamente este tema, sostiene que, cuando las migraciones se desatan y empiezan a llevarse a cabo sin selección, generan fricciones desagradables en materia de convivencia, pero éstas, tarde o temprano, terminan siendo solucionadas por vía policial. Lo realmente grave es la importación de mentalidades refractarias a la idea de prosperidad. El impacto hacia el mediano plazo es muy nocivo, advierte Sarrazin.
En definitiva, la nueva ola de violencia en Haití sólo deja al descubierto esos ya demasiado frecuentes errores de aproximación paternalista. Mientras eso no cambie, nuevas y sucesivas olas de violencia y migración seguirán sacudiendo a la región.
