¿Qué tienen que ver la Torre de Babel y la inteligencia artificial (IA)? A primera vista, nada. Una pertenece al mundo bíblico; la otra, al de los algoritmos y los modelos computacionales. Sin embargo, la reciente encíclica Magnifica Humanitas del Santo Padre León XIV “Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial” propone una comparación tan inesperada como iluminadora. Frente a la célebre Torre de Babel, la encíclica contrapone la reconstrucción de los muros de Jerusalén. Babel simboliza una humanidad fascinada por su propio poder, “sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización”. En cambio, los muros de la ciudad, bajo el liderazgo de Nehemías, son una obra colectiva destinada a proteger una comunidad y fortalecer sus vínculos. Tal como señala la encíclica, “el relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo”. La diferencia no está en los ladrillos ni en la magnitud de las construcciones. Está en la pregunta que las inspira. ¿Para qué construimos? ¿Al servicio de quién ponemos nuestra creatividad, nuestro conocimiento y nuestra capacidad técnica?
La pregunta no podría ser más actual. Cada día aparecen nuevas aplicaciones de IA capaces de redactar textos, diagnosticar enfermedades, traducir idiomas o generar imágenes indistinguibles de la realidad. La velocidad del cambio es tan vertiginosa que muchas veces la discusión pública se centra en lo que estas herramientas pueden hacer, olvidando una cuestión más importante: qué estamos haciendo nosotros con ellas.
No es casualidad que el debate sobre la IA suela oscilar entre el entusiasmo y el miedo. Algunos anuncian una revolución capaz de resolver problemas que nos han acompañado durante siglos. Otros anticipan escenarios distópicos en los que las máquinas terminan reemplazando a las personas. Ambas posiciones tienen algo en común: simplifican una discusión que es, en el fondo, profundamente humana.
Desde una perspectiva ética, el principal riesgo no es que los algoritmos desarrollen voluntad propia. El riesgo es que los seres humanos renunciemos progresivamente a ejercer nuestra autonomía. Aquello ocurre cuando delegamos el juicio crítico en sistemas cuya lógica desconocemos o cuando aceptamos respuestas sin examinarlas. Cuando confundimos información con conocimiento o velocidad con sabiduría. Cuando comenzamos a valorar la eficiencia por sobre la deliberación y la productividad por sobre el encuentro humano.
Como médica y docente, observo este desafío con especial interés. La IA puede ayudar a un clínico a identificar patrones invisibles para el ojo humano o a un estudiante a acceder a fuentes que antes estaban fuera de su alcance. Pero ninguna herramienta puede reemplazar la responsabilidad de quien debe decidir, ni la empatía de quien acompaña a una persona que sufre. Un algoritmo puede sugerir un diagnóstico, pero no puede asumir la responsabilidad moral de comunicarlo. Puede procesar datos, mas no comprender el significado de una vida humana concreta.
Por eso resulta especialmente pertinente una advertencia presente en la encíclica: el progreso tecnológico no siempre coincide con el progreso humano. La historia ofrece ejemplos de sociedades extraordinariamente avanzadas desde el punto de vista técnico que, al mismo tiempo, fueron incapaces de reconocer la dignidad de todas las personas.
La pregunta ética de nuestro tiempo no es si la IA seguirá avanzando —lo hará— ni si transformará nuestras profesiones o nuestra vida cotidiana. La verdadera pregunta es si seremos capaces de orientar ese desarrollo hacia fines genuinamente humanos. La IA abre oportunidades inéditas para aliviar sufrimientos, ampliar el acceso al conocimiento y fortalecer la investigación científica. Ignorarlas sería un error, pero también lo sería creer que la tecnología, por sí sola, resolverá problemas que tienen que ver con los fines que perseguimos como sociedad.
La alternativa planteada por la encíclica sigue plenamente vigente: podemos levantar nuevas torres que alimenten la ilusión de autosuficiencia, o construir espacios que favorezcan el encuentro, la solidaridad y el bien común.
La esperanza no está en los algoritmos, sino en nuestra capacidad de decidir qué humanidad queremos construir con ellos.
