La reciente ola de protestas migratorias en California ha sido interpretada por algunos como una legítima demanda por derechos. Pero cuando el desorden se convierte en herramienta política, el mensaje es otro: si bloqueas las calles o haces suficiente ruido, puedes cambiar las reglas. Es el síntoma de un fenómeno más profundo: la erosión de las instituciones a manos del populismo emocional, sea en migración, comercio o relaciones internacionales.
Esto no solo está asociado al fenómeno migratorio. Daniel Gros lo ha dicho con claridad: la geoeconomía -cuando la lógica del conflicto se mezcla con la gramática del comercio- está siendo malinterpretada por líderes que confunden estrategia con castigo. Aranceles, licencias de exportación, protecciones disfrazadas de moralidad ambiental o social, se están usando como instrumentos de poder, pero sus efectos son ineficaces o incluso contraproducentes. En el fondo, se daña al consumidor nacional, no al adversario externo.
Europa, por su parte, como advierte The Economist, se ha refugiado en su inercia. Incapaz de reformarse a tiempo, posterga decisiones claves, se enreda en debates internos, impone estándares al resto del mundo y vive de regulaciones que no puede financiar. Y, mientras tanto, su defensa tambalea y sus aliados disminuyen. Las élites se aferran a lujos normativos como si aún dominaran el tablero global.
Frente a este escenario, se hace urgente una diplomacia profesional, bien preparada y con sangre fría. No basta con reaccionar al último titular ni construir relaciones internacionales a partir de gestos simbólicos. Los tiempos actuales exigen pragmatismo, claridad estratégica y la capacidad de negociar con firmeza en medio de tensiones crecientes. La emocionalidad podrá ganar clics, pero no acuerdos duraderos.
En América Latina también vivimos algo similar. Se relativiza el cumplimiento de normas -desde el ingreso migratorio hasta el gasto público- mientras se premia el relato por sobre la evidencia. La “flexibilización presupuestaria” que permitió el caso Convenios en Chile, las regularizaciones masivas propuestas en la política migratoria, o la resistencia a expulsar a quienes violan nuestras leyes, son síntomas de una dirigencia sin rumbo.
Snyder advierte que los regímenes autoritarios usan el caos como coartada para el control. En las democracias, el riesgo es otro: que se use la emoción para desarmar el Estado de Derecho desde dentro, y que los liderazgos teman más al hashtag que al vacío institucional.
Ganar el aplauso inmediato a costa de la legalidad puede parecer astuto. Pero como con los aranceles o las licencias de exportación chinas, los costos son internos. Gobernar no es complacer: es sostener el orden, incluso cuando no es popular.
