El Primer Ministro británico Keir Starmer anunció su renuncia la semana pasada tan solo dos años después de obtener una victoria aplastante en las elecciones parlamentarias de 2024. Podría no ser la última víctima de lo que algunos analistas consideran es la nueva amenaza que acecha a la mayoría de los líderes de las democracias occidentales: la incapacidad para llevar a cabo los cambios votados por la mayoría de los electores, a consecuencia de lo cual éstos comienzan a perder la confianza en la política democrática para mejorar sus vidas y alcanzar mayores niveles de bienestar.
El ciclo -maldición lo han llamado algunos- comienza en tiempos de elecciones cuando los líderes políticos más avezados capitalizan del descontento de los ciudadanos prometiendo restaurar una prosperidad cada vez más esquiva. Pero una vez en el poder les resulta imposible cumplir esa promesa. El ciclo se cierra con una pérdida de confianza ya no en el líder de turno, sino que, lo que es peor, en el propio sistema democrático.
A la luz de este fenómeno, que amenaza con tornarse endémico, cabe preguntarse si acaso las sociedades occidentales se están volviendo ingobernables. Si los políticos no pueden implementar el programa que ofrecen durante la campaña electoral, ¿por qué deberían los votantes seguir confiando en las instituciones democráticas?
La imposibilidad de cumplir las promesas cuando los gobernantes ejercen el cargo para el que fueron elegidos no hace sino exacerbar el descontento respecto al régimen democrático, a consecuencia de lo cual el populismo, tanto de derecha como de izquierda, se convierte en una alternativa atractiva para el electorado.
Sin embargo, a contracorriente con el sentimiento imperante, hay muy buenas razones para seguir confiando en la democracia. O, a la inversa, hay pocas -casi ninguna- para creer que el populismo es la solución de los problemas que enfrenta la sociedad del siglo 21. De hecho, el rendimiento de la promesa populista ha sido, una y otra vez, extraordinariamente pobre. Los resultados de gobiernos reconocidamente populistas no pueden ser más elocuentes: ninguno ha producido otra cosa que retroceso económico, inflación, desempleo y polarización, usualmente al precio de una severa regresión del proceso democrático. Una vez que el electorado opta por el populismo la recuperación de la democracia como la conocemos -y del orden institucional que le es consustancial- se convierte en una tarea prácticamente imposible. Los casos abundan y en la región latinoamericana los conocemos de cerca. Demasiado cerca.
Por nuestra parte, los chilenos conocemos bien las virtudes de la democracia representativa y más vale apreciarlas en todo lo que valen sin reservas. Las mejores décadas de la República, referidas comúnmente como los “30 años”, dieron origen a un salto de prosperidad como ninguno en nuestra historia, poniendo a Chile a las puertas del desarrollo pleno. Ninguna experiencia populista ha producido ni cercanamente un resultado de tal envergadura. Quienes responsabilizan con ligereza a la democracia de incapacidad crónica para enfrentar con eficacia los nuevos problemas de la modernidad harán bien en recordarlo sin falta. La opción populista, que suele ir acompañada de algún nivel de autoritarismo, es la más de las veces un callejón sin salida que no ha puesto a nación alguna en la senda del desarrollo.
Es cierto, la maldición de la democracia en el siglo 21 es un problema serio que pone en entredicho la eficacia del sistema democrático. Para enfrentarlo la democracia requiere corregir sus falencias, agudizadas por el creciente sesgo identitario y la polarización. En algunos casos se trata de reformas políticas de gran calado. Pero el inmovilismo y la pasividad en esta materia le abre un generoso espacio político al populismo. La convicción democrática supone realizar los esfuerzos oportunos y necesarios para evitar semejante trance.
