Algo curioso ocurre en mi Instagram. En fondos de pantalla que imitan mármol, han comenzado a asomar los rostros del emperador Marco Aurelio y del antiguo esclavo Epicteto, acompañados de frases de dudosa autoría, como “para ofender a un hombre fuerte, dile una mentira. Para ofender a un hombre débil, dile la verdad” o “el hombre que es capaz de alejarse de lo que quiere en nombre de lo que necesita es un hombre que jamás será controlado”. Acumulando miles de likes, un recio estoicismo ha venido colonizando con fuerza las redes (y dicen que también los gimnasios). ¿A qué se debe este renacimiento, después de más de dos mil años? La pérdida de sentido, el repliegue de las religiones, el cansancio de una época que se sabe frágil. Sea cual sea la causa, todos queremos ser estoicos.
Yo incluida. Si promete mejorar la vida y hacernos más fuertes ante ella, no veo razón para quedarme fuera. Así que cuando un buen amigo tradujo la Consolación a Marcia del filósofo estoico Séneca, y me invitó a su presentación, compré el libro y lo abrí con entusiasmo, esperando mi instructivo para ser fuerte y no caer. Bastaron unas pocas páginas para que el entusiasmo se volviera inquietud; en mis manos no había un manual, sino una carta que da por hecha la caída y que exige, para levantarse, un largo y difícil trabajo.
Séneca le escribe a Marcia, una mujer que perdió a su hijo Metilio y que, tres años después, sigue hundida en el luto. No es una mujer frágil. Hija del historiador Cremucio Cordo, cuya obra fue censurada, fue ella quien salvó el legado de su padre. Séneca empieza por recordarle esa entereza antes de exhortarla a salir del estado en que se encuentra: “Si yo no supiera, querida Marcia, que te hallas tan lejos de la típica debilidad del ánimo femenino como de los demás vicios, y que tu carácter es visto como un venerable ejemplo de vida, no me atrevería a enfrentar tu dolor -ese dolor al que también se aferran los varones- (…)”.
A partir de ahí comienza lo que el propio Séneca concibe como una cura. Le concede a Marcia que su luto tiene razón de ser, pero no por eso la trata con delicadeza: “¡Que otros procedan con suavidad y con caricias! Yo he decidido batirme en armas contra tu congoja: secaré tus ojos cansados y extenuados, que lloran más por costumbre que por añoranza, si quieres saber la verdad (…) ¿Cuál será el término de tu luto?”.
Ponerle fin, sin embargo, no esconde un llamado al olvido. Lo que Séneca pide es algo distinto; cambiar la manera de recordar. Así, como un terapeuta flexible y atento a la condición de su paciente, propone un ejercicio sostenido y arduo; anticipar las pérdidas antes de que ocurran, asumir que todo lo que tenemos nos fue prestado y examinar qué parte del sufrimiento es pérdida y qué parte es opinión. Es una ascética en el sentido antiguo de la palabra, un trabajo diario sobre la manera en que juzgamos y queremos. Askesis, en griego, era el entrenamiento del atleta: una práctica que se repite cada día y que se pierde apenas se abandona. No se trata de dominar la conducta, sino el juicio, que actúa antes de que alcancemos a advertirlo y obliga a una vigilancia constante sobre los propios pensamientos. Hay que ejercitarse, además, en tiempos de calma, cuando nada nos empuja: pensar en la muerte de quienes queremos mientras siguen vivos y están sanos. El objeto de este ejercicio es justamente lo que más queremos. Séneca no pide querer menos a los hijos, sino quererlos sabiendo que son un préstamo que puede ser reclamado en cualquier momento. Nada de esto promete sentirse mejor. Promete, a lo sumo, ver las cosas como son.
El estoicismo que circula en mi feed va por otro camino. Por un lado, se presenta como una técnica para rendir más y sufrir menos: domina tus emociones, no reacciones, conserva la calma. Por otro, como una identidad que bastaría con adoptar. Sé estoico, piensa como estoico; ilusionándonos, curiosamente, con aquello que los estoicos consideraban indiferente: éxito, riqueza, fuerza y belleza. Sus consejos pueden resultar útiles para situaciones cotidianas, pero poco pueden hacer ante lo que de verdad nos desarma, que rara vez está en la agenda y casi siempre en los afectos. Séneca empieza justamente por ellos. No le pide a Marcia que deje de sentir, sino que se pregunte si sigue llorando a su hijo o si el dolor se ha vuelto una forma de vivir que ha pasado a ocupar su lugar. Es una pregunta que ningún post motivacional podría responder.
¿Habrá sido capaz Marcia de lo que se le pedía? ¿Lo seremos nosotros, más allá de este ejercicio de abstracción? ¿Podremos entender el duelo y la memoria como lo entendía Séneca, y mirar la salud, el trabajo, el prestigio y todo aquello que creemos asegurado como lo miraban los estoicos? ¿Será posible alcanzar ese grado de libertad?
En mi caso, improbable. Pero me consuela saber que, aún para ellos, esta sabiduría era un camino y no una meta que se alcanza a fuerza de madrugadas y duchas de agua fría. Leí la Consolación a Marcia buscando un manual. Encontré, en cambio, una mirada humanista, un modo de vida que, en palabras del traductor, no se desentiende de lo que nos pesa y que nos devuelve a las preguntas que sobrevivirán a todas las fórmulas para ser feliz.
La traducción, publicada por Herder, es de Patricio Domínguez.
