Jeannette Jara se ha llenado de loas desde que fuera elegida para competir en la próxima elección presidencial. Sebastián Edwards ve en ella una “magnífica” candidata. Por su parte, Joaquín Lavín estima que es “tan buena o mejor candidata que Bachelet». En la misma línea, Pepe Auth escribe que “el oficialismo encontró en Jara la mejor candidata imaginable, incluso con mejores resultados de los que habría podido conseguir Bachelet”. Definitivamente, la militante comunista fue capaz de sorprender positivamente a una pléyade de analistas políticos, arrobados por su innegable simpatía y, todavía más, por el triunfo aplastante que alcanzó en la primaria del oficialismo.
Pero, sin embargo, todo indica que perdería con cualquiera que sea el candidato de la derecha que inscriba su nombre en la segunda vuelta de diciembre. ¿Cómo se explica que una aspirante que ha irrumpido en la contienda electoral liderando en la mayoría de las encuestas recientes no tenga mayores opciones para triunfar en diciembre?
Una parte de la respuesta estaría en el voto obligatorio, que establece la obligación legal de votar en la próxima elección presidencial -y en todas las que la sucedan- por primera vez en más de una década. Ello implica que en un padrón de unos 15 millones y medio de electores, con una participación del 85% -la del plebiscito de 2022-, para ganar la competencia electoral un candidato requeriría sumar poco más de seis millones y medio de sufragios.
Como referencia, en ese plebiscito -cuando debutó el voto obligatorio- el “Apruebo” no alcanzó a los 4.900.000 votos. Si Jeannette Jara asegurara esa misma votación en la segunda vuelta, todavía le faltaría poco más de un millón y medio de votos para triunfar en la elección, los que debería capturar del universo de votantes obligados. Y lo que se sabe de ese universo de electores es que no parecen favorecer a los incumbentes -una exministra del gobierno en ejercicio lo es casi por definición-, ni a los extremos del sistema político -y una militante del Partido Comunista no podría escapar fácilmente a esa clasificación-. Se trata de personas que, obligadas a votar -de otra forma no concurren a las urnas- votarían más contra lo que temen que a favor de lo que quieren.
En un contexto eleccionario de tales características, las posibilidades de Jara de resultar elegida para ocupar el sillón de O´Higgins son objetivamente limitadas.
Una segunda causa para la que sería una derrota previsible en diciembre es lo que algunos han denominado el “efecto Kamala”, referido a la candidatura de Kamala Harris en la última contienda electoral de Estados Unidos. Luego asumir en reemplazo del entonces candidato Joe Biden, convirtiéndose de pronto en una contendora competitiva para enfrentar a Donald Trump -o eso parecía-, Harris terminó perdiendo la elección por un amplio margen.
La ocurrencia de este fenómeno, cuando de la noche a la mañana un candidato o candidata se alza a las alturas de la batalla electoral, pero que no es capaz de sostener esa ventajosa posición en el tiempo, se facilitaría por los rendimientos decrecientes de una candidatura como la de Jara a la que no le faltan inconsistencias y vacíos, que sus contrincantes no se han demorado en resaltar, y que no descansarán en sacarlos a colación durante el tiempo largo que resta para los actos electorales de noviembre y diciembre.
En consecuencia, la duda no es tanto de qué lado del espectro político emergerá el ganador de la elección presidencial, sino que de cuál de las sensibilidades de la derecha, si acaso de la “nueva derecha” de republicanos o, en cambio, de la centroderecha de Chile Vamos. La que consiga inscribir el nombre de su candidato en el voto del balotaje -lo que a tres meses y medio de la primera vuelta resulta todavía incierto- conseguirá casi con toda seguridad que uno de sus militantes se transforme en el noveno gobernante en asumir la más alta magistratura de la nación desde marzo de 1990.

Así parece que será. Otro factor que influye para inflar por un corto periodo a la candidata comunista son esos comentarios híbridos de personas como Edwards, Lavin, Auth, y similares, bailan con todo tipo de música