Para José Antonio Kast, esta ha sido una semana excelente: asumió como Presidente de la República, la derecha ganó la presidencia en las dos cámaras, hay un ambiente de optimismo en Chile, las expectativas sobre el nuevo gobierno son altas y el cambio de mando ha dejado una estela positiva y estimulante. Las personas y las familias esperan, efectivamente, mayor seguridad y mejores condiciones económicas, como lo manifestaron de manera consistente en noviembre y diciembre del 2025. Kast ha llegado al final de un largo camino, pero seguramente está consciente de que sólo es el comienzo de otro, igual o más escarpado, con adversarios al acecho, problemas previstos y otros impensados, que tendrá momentos de avance, de retrocesos, de cambio de ritmo, pero seguramente muy poco descanso.
Lo anterior no es novedad: así ha sido la vida de José Antonio Kast, desde sus años universitarios en adelante. Desarrolló cierto liderazgo en las elecciones estudiantiles de la Universidad Católica de Chile, donde fue un importante dirigente gremialista, que tuvo victorias y derrotas electorales en los comicios de la FEUC. Lo mismo ocurrió después en la política, como militante de la Unión Demócrata Independiente (UDI), desde los tiempos de concejal hasta abandonar la colectividad en 2016, para emprender nuevos rumbos, tras haberse distanciado de esa UDI a la que ingresó y donde fue dos veces derrotado como candidato a presidirla. Finalmente, en el Partido Republicano, su propio proyecto político, que comenzó a desplegarse como idea en la campaña presidencial de 2017, aunque solo se formó legalmente tiempo después. Participó en dos elecciones presidenciales en las que fue derrotado, se le acusó de ultraderechista, de ser un candidato marginal y con techo bajo, por lo cual nunca llegaría a La Moneda.
Así llegó el 2025 y la victoria en los comicios presidenciales. Además, el Partido Republicano llegó a ser el más votado de Chile y con la bancada de diputados más grande, mostrando una de las características más propias y muchas veces olvidadas de la política, como es el factor sorpresa, la ocurrencia de lo impensable. En el caso de Kast suma otra cualidad más: muestra que ha corrido una carrera de largo plazo, una maratón, y no simplemente una vía rápida o corta, aunque haya elecciones que prueben lo contrario, aunque habitualmente no terminan bien.
El 11 de marzo el esfuerzo fue coronado, al asumir como Presidente de la República. En esa ocasión, salvo por algunos gestos de la oposición más dura –que comenzó de inmediato a ver las cosas mal o a criticar lo que sea que les moleste– la verdad es que el ambiente hacia el gobierno es positivo, expectante, favorable y con genuina esperanza de que las cosas irán mejor en temas relevantes para la ciudadanía, como son la seguridad y la situación económica de los chilenos, así como los temas sociales más acuciantes y en los cuales las soluciones postergadas parecen ser la regla. Ha llegado la hora de la verdad: Kast y sus ministros, los equipos a nivel nacional y regional, deberán realizar una tarea ardua, un trabajo bien hecho y con resultados visibles a la hora de mejorar la calidad de vida de los chilenos.
Se podría pensar que esa es la idea y que así ocurrirá efectivamente. Me parece bien y en principio debería haber avances en algunos ámbitos. Pero la historia demuestra que la realidad es mucho más compleja y que, así como existen logros y avances, también hay fracasos y retrocesos. Cuando José Manuel Balmaceda llegó a La Moneda tenía una inmensa mayoría parlamentaria y la prensa celebró el momento auspicioso que vivía Chile: tres años después se inició “el crudo y riguroso invierno de su quinquenio”, como le llamó un periódico y todo terminó con la guerra civil, la derrota y el suicidio de Balmaceda. Otro caso análogo es el del Presidente Salvador Allende, que comenzó con grandes expectativas, numerosas delegaciones internacionales visitando el país que inauguraría una nueva vía al socialismo, un Estadio Nacional repleto para escuchar el primer discurso del gobernante, donde Allende reivindicó su camino, citó a Engels y dijo que la Unidad Popular contaba con los requisitos para avanzar en el camino no armado hacia el socialismo. Sabemos cómo terminó esa historia. Por cierto, son casos excepcionales, extremos y dramáticos, pero la complejidad de las tareas de gobierno es permanente.
Desde el regreso a la democracia hemos visto varios casos interesantes. Michelle Bachelet llegó al gobierno y fue saludada en las calles y en diversos lugares como quien era: la primera mujer Presidente de la República, aunque cuatro años después entregó el mando a la oposición, un hecho inédito desde 1990. Lo mismo le ocurrió a Sebastián Piñera en sus dos administraciones: su capacidad ejecutiva era el símbolo de lo bueno que vendría, pero fue acosado por el movimiento estudiantil del 2011 y luego sufrió la revolución de octubre de 2019. El propio Gabriel Boric experimentó las veleidades del poder: “Boric lo va a cambiar todo”, dijo una entusiasta partidaria cuando el frenteamplista llegó a La Moneda, pero después su administración cosechó derrota tras derrota, no pudo realizar las transformaciones estructurales prometidas y el miércoles 11 de marzo entregó la banda presidencial a su adversario de 2021: José Antonio Kast.
La historia no se repite, pero es necesario tener claras algunos criterios claros. Primero, que el momento en que un líder político asume el mando es excepcional, se repiten las felicitaciones y los likes, diríamos hoy. Es una fiesta, un momento histórico y una hora dulce dentro de una vida política que generalmente ha estado rodeada de problemas diversos para quienes llegan a la primera magistratura: exilio, incomprensiones, escándalos, descalificaciones, amenazas, rupturas, fracasos y soledad. Segundo, que los afectos políticos –en realidad la mayoría de los “compromisos” y decisiones humanas– son débiles y cambiantes. Las adhesiones se basan muchas veces en convicciones profundas, pero en otras hay oportunismo y amor por los cargos y los beneficios y recursos que los acompañan; otras veces la preferencia es por rechazo a las alternativas, a lo que se suma la indiferencia de muchos. Finalmente, que la hora de la calma y las celebraciones es esencialmente transitoria y que gobernar no sólo es una gran oportunidad, sino también un tremendo problema. Así lo hemos apreciado cuando los equipos fallan, los ministros desconocen la realidad social, los funcionarios más altos se instalan en sus oficinas y se olvidan vitalmente de la gente común y corriente, o cuando no hay dinero en la caja fiscal, como hemos visto en las últimas semanas. En los gobiernos de derecha se suman otros asuntos: cuando la tecnocracia se olvida de la política, cuando surgen las protestas sociales postergadas durante las administraciones de izquierda, cuando las divisiones partidistas tienen más fuerza que el profundo sentido de unidad que se requiere para llevar adelante un proyecto político. A todo lo anterior se puede agregar una circunstancia clave: que los cuadros que se suman a la administración –muchas veces estudiantes talentosos en buenas universidades– se convierten en verdaderos oficinistas del poder, carecen de “calle” y olvidan o nunca supieron que gobernar es una tarea política y no una actividad empresarial o propia del sector privado.
Chile ha vivido una semana histórica. El Presidente Kast y sus partidarios, además, han experimentado la hora de la alegría y de las sonrisas, los aplausos y las felicitaciones. Los crueles atentados contra los carabineros seguramente nos han vuelto a la realidad, al igual que las noticias de balaceras y muertes después del 11 de marzo: el gobierno será difícil y complejo. Ciertamente, Kast contará con adversarios leales y patriotas, pero que simplemente piensan distinto, todo lo cual forma parte de la vida en democracia. Sin embargo, también habrá al frente otros políticos desleales, mal intencionados y contrarios “a todo”, a quienes se sumarán los enemigos de Chile, como son el crimen organizado, el narcotráfico y otras diversas expresiones antisociales.
En la hora de los aplausos, nada más sabio que recibirlos con humildad y agradecimiento, y también con sabiduría para comprender su relatividad y transitoriedad. La clave del proceso es estar preparados para la hora dura, los momentos de soledad, los fracasos y defecciones, los errores propios o ajenos y la incapacidad personal o estructural de mejorar algunas cosas. Después de todo, el triunfo y la derrota –como decía Kipling– son sólo dos impostores: comprender eso no sólo es signo de sabiduría, sino un paso necesario para gobernar mejor.

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Siempre es interesante leer la pluma de Alejandro San Francisco, con quien coincido en varios de los puntos que plantea sobre el inicio de un nuevo gobierno.
Los aplausos iniciales son comprensibles en política. Sin embargo, desde la perspectiva de la ética pública, el verdadero examen de un gobierno no ocurre en el momento del entusiasmo inicial, sino cuando el poder comienza a ejercer sus decisiones.
Algo de esta reflexión intenté anticipar semanas antes del cambio de mando en esta carta publicada el 13 de enero en El Líbero:
https://ellibero.cl/carta/el-caracter-del-poder-y-la-prueba-etica-que-viene/