28 DE ENERO DE 2021/VALPARAISO La senadora Adriana Munoz ofrece un punto de prensa, tras la ultima sesion del Senado en el año legislativo 2020. FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO

Hace unos años, caminando por una céntrica avenida de Buenos Aires, un tipo me asaltó y me robó impunemente el dinero que llevaba en el bolsillo. Lo que sentí fue algo que jamás había experimentado. Un deseo de rebelión con una fuerza desconocida. Una rebelión contra el ultraje a la privacidad, a la integridad personal, al esfuerzo personal. Eso que yo sentí, lo deben estar sintiendo los cientos de víctimas de los violentistas que destruyeron, saquearon y quemaron a su antojo lo que se les pusiera por delante, partiendo por el Metro.

El robo descarado, como lo es el saqueo, es una violación a nuestra intimidad, a nuestro espacio vital, a nuestra dignidad como individuos. Sentir una mano extraña hurgando en nuestros bolsillos o mirar impotentes la acción de violentistas desatados quemando, destruyendo y saqueando el esfuerzo de toda una vida, con violencia primitiva, es algo muy grotesco, que genera todo tipo de sentimientos negativos.

Porque esa mano artera, lo que busca, es despojarte de tu esfuerzo; despojarte de algo que él quiere tener pero su humanidad no se lo permite. Y lo obtiene con violencia, cobardemente. El robo, el incendio o el saqueo es un acto de cobardía profunda porque ataca por la espalda, es artero, sin previo aviso, sin espacio para ejercer defensa alguna.

Algunos de los que actuaron con violencia indiscriminada, quemando el Metro, saqueando supermercados, farmacias, pequeños negocios, almacenes, edificios, hoteles, etc., fueron detenidos y esperan ser juzgados. No tienen sentencia aún, pero los quieren liberar bajo la figura del indulto, cuando verdaderamente se trata de una amnistía, porque ni siquiera tienen una sentencia.

Me pregunto qué sentirán por las víctimas de estos violentistas que pretenden liberar las senadoras Muñoz, Allende y Provoste y los senadores Latorre y Navarro, auspiciadores de este proyecto. Me pregunto también por qué lo hacen, qué es lo que quieren demostrar, a quiénes están protegiendo.

Si eso ocurre, si logran liberarlos, las víctimas sentirán que la justicia tampoco los defiende; entonces no hay defensa, no hay sanción, no hay reparación. La víctima se siente desamparada, inerme, ineficaz, violada, denigrada, totalmente sola; porque uno lucha por lo que cree justo, uno paga los impuestos, uno ayuda a que otros puedan surgir, pero cuando se necesita ayuda, nadie la brinda, no existe, no está en el lugar que debiera estar.

Es la lacra de la impunidad, y de llegar a legalizarse por obra y gracia de este proyecto, las consecuencias serían nefastas. La policía se sentirá superada y pensará: «para qué tanto esfuerzo arriesgando el trabajo y la vida, si los detenidos quedarán libres, riéndose  de nosotros». La gente sentirá temor, porque la impunidad es un aviso a los delincuentes y violentistas a no preocuparse porque nadie los perseguirá. Y éstos se sentirán empoderados para seguir haciendo de las suyas, sin temor alguno a ser detenidos y juzgados.

Es de esperar que prime la sensatez y este proyecto termine no siendo aprobado, por razones de mínima justicia y respeto hacia las víctimas de la violencia; por un mínimo de sentido común; porque el mensaje sería funesto, y sobre todo, para evitarle al país un grave problema de insospechadas consecuencias.

No al indulto, no a la impunidad.

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