El martes pasado, en Ciudad de México, se volvió a reunir el Grupo de Puebla, cita que dirigió su fundador, nuestro conocido Marco Enríquez-Ominami, y donde participaron Dilma Rousseff, Ernesto Samper, Rafael Correa, Fernando Lugo y en forma remota, Luis Arce, actual presidente boliviano, Lula da Silva y Alberto Fernández.
En dicha reunión se rindió homenaje a la elección de Xiomara Castro como presidente de Honduras, esposa del depuesto Manuel Zelaya en 2009. El homenaje se debe a que ella es chavista y salió elegida prometiéndole a los hondureños “la refundación de la patria y la construcción del estado socialista y democrático”. Pero más importante fue que le brindaron “todo el apoyo al candidato chileno Gabriel Boric, para que Chile no regrese a un pasado que nos duele y nos conmueve”.
La ironía la puso el mandatario argentino, quien hizo un llamado a «trabajar para recuperar la lógica del desarrollo productivo para toda América Latina», mientras el riesgo país de Argentina ardía en llamas, en 1.827 puntos, vs los 80.24 de Chile, y las acciones argentinas se desplomaron en Wall Street, cayendo 29% desde las elecciones.
Bueno, ese es el barrio al que nos quieren invitar a vivir Boric y el PC. El barrio de la mediocridad, el de Correa y Lula, el de Alberto Fernández y de Cristina; el de Maduro y de los Castro; el de Ortega y el de esta señora que va a refundar Honduras para convertirlo en un nuevo polo chavista.
Chile no quiere ni merece transformarse en uno más del lote, ni tampoco ser refundado. Chile no merece volver a la mediocridad y menos llegar a ser un país dominado por el Partido Comunista. Lo que el país quiere y requiere urgentemente es orden, seguridad y volver al desarrollo. Requiere que se respete el Estado de Derecho, vivir en libertad, sin violencia, en paz social.
Chile quiere que se creen puestos de trabajo; que su gente progrese, que puedan cumplir el sueño de la casa propia, que la gran clase media que emergió no vuelva a la pobreza. Chile quiere que el Estado siga financiando la libertad de los padres para educar a sus hijos en los colegios subvencionados que estimen conveniente, y no que sean eliminados, como pretende el Colegio de Profesores que apoya a Boric.
Hasta la primera vuelta, Boric era el revolucionario, el mismo de las protestas de 2011, el que nunca condenó la violencia. Pero después de perder, se maquilló de Gabriel, aparentando ser otro. Ahora promete orden, fin a la violencia, no liberar los presos del 18-O, quiere a los grandes empresarios, se amigó con Lagos, es feminista, pero lo acusaron de acoso, y en Iquique prometió una migración ordenada, habiendo votado en contra de la ley de migraciones.
Pero al rato cambia de nuevo, y retrocede, como el “p´atrás p´aelante”, un antiguo personaje de radioteatro, hecho que se puede comprobar en un artículo de El Líbero del viernes pasado. Si lo único que falta es que ahora diga que comparte las ideas de José Antonio Kast.
La gran pregunta es: ¿alguien le puede creer?
En 14 días más, cada uno de nosotros tendrá la responsabilidad de resolver la encrucijada y elegir el mejor camino para el futuro de Chile. En nuestro voto está la respuesta.
