Cuando sólo falta un día para que asuma el cargo, todavía no sabemos si el Presidente José Antonio Kast aspira ser un presidente que gobierne para la barra brava de la extrema derecha o para entrar a los libros de historia como un líder que trabajó incansablemente para el ser el presidente de todos los chilenos. Desde las primeras horas de su gobierno se irá dilucidando esa incógnita. Si Kast aprende de los exitosos gobiernos de Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Ricardo Lagos, que supieron privilegiar los intereses del país por sobre las presiones de sus bases más radicales y que además siempre buscaron fortalecer las instituciones sobre los liderazgos personales, Kast será un presidente exitoso que llevará a Chile por el buen camino. Pero si Kast replica la actitud partisana y personalista de Gabriel Boric o se inclina por tomar decisiones que debiliten las instituciones, como lamentablemente lo hizo más de una vez Sebastián Piñera, pronto se desvanecerán las expectativas de que Chile enmiende el rumbo y retome el camino del desarrollo económico y el fortalecimiento institucional.
Los presidentes siempre enfrentan ese difícil momento en que deben decidir si van a gobernar para su base más dura, buscando cumplir todas sus promesas de campaña (incluso aquellas más polémicas y controversiales), o si en cambio buscarán gobernar para todo el país, incluso velando por los intereses de aquellos que votaron por la alternativa perdedora.
Naturalmente, los partisanos aspiran a que los presidentes cumplan sus promesas de campaña más radicales y den un golpe de timón que cambie rápida y decididamente la dirección en la que va el país. Pero los presidentes son evaluados por qué tan bien reflejan el sentir de una mayoría de la población durante los cuatro años de su mandato, no por qué tan fielmente buscaron cumplir cada una de las promesas de su programa de gobierno. Muchas veces, el incumplimiento de alguna promesa controversial produce un beneficio mucho mayor que pretender avanzar por un camino que alimenta la polarización y genera legítimas dudas en sectores mayoritarios del país. Incluso cuando una promesa fue parte central de la campaña o fue incluida en el programa de gobierno, los presidentes, cuando gobiernan con sabiduría, optan por esperar hasta que se construya una mayoría amplia antes de intentar cumplir una promesa que genera un rechazo amplio.
En los 36 años de democracia que ha tenido el país desde la transición en 1990, ha habido presidentes que buscaron gobernar para las grandes mayorías y otros que nunca entendieron que su mandato implicaba renunciar a algunas de las promesas de campaña para construir mayorías más amplias y permanentes. Mientras Gabriel Boric representa el mejor ejemplo de un presidente que nunca se sacó la camiseta partidista para ponerse la camiseta de todo el país (en alguna medida, Michelle Bachelet, en su segundo periodo tuvo el mismo problema), los presidentes Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Ricardo Lagos supieron estar a la altura de las circunstancias en momentos especialmente complejos. Aunque dejaron en claro cuáles eran los valores y principios que los inspiraban, Aylwin, Frei y Lagos siempre entendieron que debían construir mayorías más amplias buscando el apoyo de aquellos que votaron por otros candidatos en la elección.
A su vez, en estos 36 años, ha habido presidentes que buscaron fortalecer las instituciones y otros que pecaron de personalismos excesivos y terminaron debilitando el aparato institucional. A pocos meses de asumido su primer gobierno, ante la aparente impopularidad de un proyecto para una central termoeléctrica en Barrancones, Piñera se saltó la institucionalidad y solicitó personalmente a la empresa Suez, que había cumplido con todos los requisitos para realizar el proyecto, reubicar el proyecto para, presumiblemente, proteger el ecosistema de la bahía de Punta de Choros. El proyecto nunca se construyó. Piñera mejoró un poco su aprobación, pero la institucionalidad del país se debilitó. En vez de fortalecer la institucionalidad (dejar que las instituciones funcionen, como solía decir Lagos), Piñera privilegió fortalecer su liderazgo personal. En este último periodo, Boric convirtió las relaciones internacionales en un espacio para avanzar sus posiciones ideológicas en vez de proteger y promover los intereses del país.
Los grandes presidentes que ha tenido Chile en estas cuatro décadas han entendido que, para gobernar exitosamente, deben privilegiar los intereses del país y no sólo las preferencias de la mayoría que los llevó al poder. A su vez, los mandatarios que han entrado por la puerta ancha de la historia han sabido fortalecer las instituciones en vez de darse gustos personales y promover sus agendas partisanas. José Antonio Kast asumirá el poder dentro de unas pocas horas. Pronto sabremos si los próximos cuatro años se caracterizarán por tener un presidente que gobierna para su base más dura o por el bien de todos, buscando fortalecer las instituciones en vez de ejercer el poder para avanzar una agenda más bien partisana.

El análisis es realizado desde un punto de vista teórico. Las prioridades del nuevo gobierno son derrotar la delincuencia y el crimen organizado; reforzar el estado de derecho; crecimiento, empleo y ajustar las cuentas fiscales; disminuir o terminar con listas de espera médicas y en educación mejorar el sistema de admisión, el aprendizaje y la libertad de educación garantizada en la CPR. Hay algo partisano, extremista???? Esas prioridades la aprobó 7.5 millones de chilenos y ciudadanos. Y finalmente, de tanto leer las columnas de tan distinguido columnista, muchos chilenos jóvenes pueden imaginar que Chile se Independizó en 1990. Nunca cita época de los Decenios, gobiernos Radicales, Carlos Ibañez, Jorge Alessandri, Freí Montalva, Gobierno Militar, etc. Hay buenos libros de historia muy profundos y generosos en generar sustentos históricos.