¿Por qué el centro político chileno ha encantado tanto a la derecha (véase presidenciables Lavín, Briones y Sichel) y, tangencialmente, al PdG de Parisi? Simplemente porque está vacío, porque es un territorio para ocupar.

En Chile el centro ha sido habitado por diversos signos y fuerzas políticas, desde el liberalismo del siglo XIX, pasando por el radicalismo del siglo XX y luego por la DC de hasta hace poco años, que le puso su timbre de centro a la coalición gobernante, la Concertación.

En una atmósfera política donde han campeado los extremos, naturalmente se mira al centro no como una categoría abstracta o un simple punto geométrico, sino con ansia de mesura, de equilibrio, o bien con ambición electoral por aquellos votos que claman por superar el muro contra muro, de izquierda y derecha, ambas atrincheradas, incapaces de superar el enfrentamiento duro, infructuoso para el país.

Sin embargo, queda en pie la pregunta: ¿qué es el centrismo? Alguno dirá que es el lugar de la moderación, pero en política los intereses no son moderados, a menudo son radicales. Lo que los modera es precisamente la política. El centro, pues, no es un lugar físico, sino el espacio político donde los intereses contrapuestos se concilian en provecho de la sociedad toda. Pero el centro no es algo indistinto. Norberto Bobbio hablaba de un “crepúsculo” que puede ser breve o largo, mirar al día o a la noche. Es innegable que la DC, cuando fue el centro de la política chilena, miraba a la izquierda sin dejar el medio. Allí están sus ideas comunitarias, las reformas de Frei Montalva, el programa de Tomic y su prolongada experiencia de gobierno junto a la izquierda democrática en los años posdictadura. Distinta a las DC de otros países, que miraban (miran) hacia derecha.

Hoy la DC se subsume en la izquierda que se ha compactado en torno a Boric, la vieja y la nueva izquierda, abandonando el rol mediador de las últimas décadas. Asimismo, el partido Ciudadanos, referente liberal de centro, es una de las doce tiendas que serían declaradas disueltas por el Servel en los próximos meses, luego de los magros resultados obtenidos (un solo diputado y 0,43 de los votos). En suma, el centro político en Chile no existe. En su lugar hay un vacío donde derecha e izquierda, con pocos matices, se enfrentarán en el futuro próximo, con pocas esperanzas de tregua y acuerdos. El centro político estará ausente del debate, sin su natural capacidad y autonomía para pesar en las decisiones del próximo gobierno ni en las opciones y modalidad de quienes serán sus opositores.

En este cuadro se presenta la necesidad de construir un centro plural –con vertientes e identidades políticas y culturales de distintas proveniencias– capaz de estabilizar nuestro sistema democrático a la luz del proceso constituyente, pero también como fuerza de contención, no reaccionaria, del radicalismo ideológico y de quienes continuarán cabalgando “la calle”, en desmedro de la institucionalidad democrática.

Se deben despejar algunos equívocos respecto del centro político. Primeramente, que sea un instrumento solamente táctico y, como tal, de escaso contenido y sin horizontes. Para quienes ven el centro como algo instrumental, como simple “bisagra” del poder, indispensable para cualquier fórmula de gobierno, no son necesarias las ideas ni las doctrinas. Creo que el Partido de la Gente es un buen ejemplo de ello, a diferencia de la DC (socialcristianismo) y Ciudadanos (liberalismo), que han ocupado el centro de la reciente política.

Otra tergiversación del centro político es concebirlo exclusivamente como un espacio parlamentario, donde se lleve a cabo la función de aguja de balanza en el juego de las necesarias negociaciones propias de la democracia (para algunos moralistas, la despreciada “cocina”), y no en sentido político/cultural, o como un área de opinión pública. En esa perspectiva, el centrismo político puede jugar un provechoso rol en la instalación de una mentalidad colectiva de equilibrio y mediación en los conflictos, que apunte esencialmente hacia las capas medias que, tironeadas por ambos extremos, se debaten en la incertidumbre acerca del bienestar logrado en los años de la Concertación.

Justamente porque estamos (no solo en Chile) frente a una creciente radicalización del electorado que conlleva los riesgos de salidas populistas de izquierda o derecha, y porque la demagogia y banalidad de la publicidad política parece “llevarla”, es manifiestamente necesaria la acción de fuerzas capaces de proponer el arte de la mediación y de los acuerdos en pro del bienestar común y de la seguridad social y económica de toda la población.

Chile inicia una etapa inédita, impensada hasta hace poco tiempo atrás: por un lado el recambio generacional que se dará nada menos que en la más alta esfera del poder, el gobierno de la nación; y por otro, la irrupción a La Moneda de la pléyade de jóvenes nacidos y forjados en las luchas estudiantiles, premunidos de nuevos ideólogos (Laclau dixit) que interpretan los movimientos de protesta y que se marginan de los estilos e instituciones de la vieja política, que alzan metas máximas del aquí y ahora, y que arriban al poder a refundar, con escaso aprecio del pasado y de los viejos políticos.

Este ciclo impone, es la palabra justa, un dilema tajante del cual es conveniente escapar: o con Boric o contra Boric, dividiendo aguas entre dos mitades que, a pesar de las palabras de buena crianza de ambas parte, tememos que retornen a sus trincheras una vez que comiencen a aparecer los inevitables nudos y conflictos que resolver.

Por ello, debe ser bienvenida una iniciativa política que esquive ese dilema y se sitúe en forma constructiva y tolerante desde la parte del bien común, y ponga en pie un referente plural y reformista, nutrido por vertientes políticas diversas. Un referente que instale (o reinstale) una firme adhesión a los principios y a las instituciones de la democracia representativa y republicana, pero disponible siempre a los cambios que la enriquezcan y mejoren.

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